Protestas. El cierre de calles se ha convertido en moneda de cambio natural para los grupos de presión que buscan atención a sus necesidades, sean legítimas o espurias.
Distorsión. A veces los gobiernos son responsables de que esta última medida se convierta en la primera y única forma de ser escuchados. Si no se bloquea el tráfico vehicular, nadie pone atención en las alturas.
Gobernabilidad. En caso de reclamación legítima, y hasta cuando el actor busque desorden como fin y no como medio, se requiere del gobernante flexibilidad para el diálogo, astucia e interés por el país. Hacerse el sordo tarde o temprano provoca caos.