Invasión, el documental del director, Abner Benaim, hizo su estreno mundial en el Festival Internacional de Cine de Panamá (IFF) el domingo, 6 de abril con las sillas sobrevendidas a un público intensamente interesado en el tema.
La fila afuera de las puertas y las taquillas de oro es un cuento en sí mismo. La muchacha sentada en la taquillera estaba casi de adorno porque no podía vender más, como nos comentó con educación pero con cara de ni modo.
Como prensa busqué una silla en el balcón del segundo piso, pero estaban toditas llenas. Algo que no había visto ni en la apertura del festival.
Subí un piso más con mi acompañante, la actriz Anji Rey, segura que encontraríamos un espacio, pero nada. Ni un plazo. Tuvimos que salir del teatro y subir por el último balcón, que una amiga le puso de apodo "el balcón de las palomas" por ser solitario y donde una que otra ave se ha colado.
Ahí ya se estaba llenando, como si fuera un barco en el mar y un diluvio de personas fluyendo sin orden por todos los huecos.
Nos sentamos en las primeras sillas que encontramos. Cinco minutos más y casi todos los plazos se llenaron y varias parejas prefirieron sentarse en las escaleras entre las sillas para tener mejor vista.
Tal fue el interés.
Varias personas se sentaron en la orilla de su silla, jorobados con una mirada intensa. Otros se recostaron de su espaldar pero con los ojos fijados en la pantalla con atención cortés.
Invasión se enfoca en recopilar los recuerdos de muchos panameños del día 20 de diciembre cuando helicópteros, paracaidistas y soldados sorprendieron a Panamá bajo el mando del presidente estadounidense, George Bush, padre, buscando desplazar al dictador Manuel Noriega.
El director no pretende recrear todas las escenas y en ningún momento hay un disparo, un cañón, una granada que explota en la película.
Pero no hacía falta explosiones de Hollywood para capturar la atención del público.
Ellos querían oir el relato de un hombre que entrevistaron en un bar de billares y cómo su mujer le decía que había invasión, pero que él insistió en salir esa noche del 1989 pensando ¡qué mentira tan imposible que le hechaba su mujer solo con tal de que no gastara su dinero en emborracharse!. Lo cual hizo.
Estaban silenciosos cuando escucharon a Rubén Blades hablar.
Miraban con atención mientras que el director Benaim les pidió a unas personas de humildes recursos acostarse en el suelo, simulando la cantidad de personas que murieron en las calles, especialmente en el barrio de El Chorrillo.
Latía el corazón cuando una administradora de una iglesia muestra las fotos de la catedral intacta sin embargo el 90% de los edificios alrededor habían sido derrotados.
Se rieron con la gracia de un hombre que le ayudó a mostrar cómo los paracaidistas iban caminando por medio del lodo del río del Puente de las Américas y se arrebató al suelo, estilo estrella, lleno de lodo. Alguien le preguntó: "Estás cansado", y el hombre responde, sin moverse: No, es que estoy haciendo como los gringos hicieron.
La tensión subió cuando madre e hija detallaban cómo fueron heridas en una explosión en una cafetería y un hombre que vivía en el barrio tuvo una pequeña discusión con la hija acerca de qué es mejor: ¿los EEUU o Noriega?.
El hombre siguió andando, comentando su punto de vista a voz alta, pero literalmente dando la espalda a la discusión polémica.
Muchos cuentos más surgieron: el del asistente de Noriega que dice ser el único panameño que lo vio entregarse a las tropas norteamericanas.
El del músico que se lo llevó en su carro escondido debajo de una tarpa y lo albergó en la casa de un amigo por cuatro días.
El de la emisora nacional y las mentiras que decían para mantener el ánimo de los panameños.
También el público calló, atontado cuando jóvenes de 18 años admitían que no sabían nada de la invasión.
Pero no parece haber una falta de interés, si uno mira al público que hizo todo lo posible por llegar a ver este estreno.
Si vio el estreno, nos interesa mucho su opinión. Sírvase escribirnos en @PanamaAmerica.