El Panamá América a través de sus editoriales y opiniones, fue un precursor y defensor del cumplimiento del “Convenio de las Banderas” firmado entre Panamá y Estados Unidos en 1963, por los entonces mandatarios Roberto F. Chiari y John F. Kennedy, opinó el historiador Alvaro Menéndez Franco.
La negativa de las autoridades de la antigua “Zona del Canal” de acceder al cumplimiento del acuerdo que permitía la izada de la bandera panameña al lado de la norteamericana en puntos estratégicos del territorio ocupado, fue el detonante de los acontecimientos históricos del 9 de enero de 1964.
Menéndez Franco citó que días antes de la fecha trágica, exactamente el 3 de enero de ese año, El Panamá América publicó en El Pulso de Panamá que “la lucha por el reconocimiento de nuestros derechos soberanos en la Zona del Canal no es posición de un gobierno, sino actitud firme, claramente definida y sólidamente permanente, de toda la nación”.
En ese pulso el diario señala que las “autoridades nacionales, partidos políticos, organismos municipales, entidades profesionales, sociales y culturales, como el pueblo en general, coinciden en sostener el derecho a que la bandera panameña ondee sobre todo el territorio de la República, en simbólica manifestación de la soberanía que nos ha sido reconocida. Incluso por las más altas autoridades de los Estados Unidos”.
Según el reconocido historiador, el diario es “precursor de las jornadas, que con la sangre y la vida de los mártires y de los heridos se logró el cumplimiento del convenio.
Agregó que el rotativo fue el “faro que iluminó esta navegación patriótica” y que sin los editoriales, pulsos y noticias” quizás la lucha panameña de lograr ver ondear la bandera en esta parte del territorio hubiese demorado más tiempo.
Agregó que El Panamá América, bajo la dirección de Jorge Illueca, posteriormente presidente de la República, “siempre le dio a las luchas nacionalistas una gran preeminencia desde los tiempos del doctor Harmodio Arias Madrid”.
Como muestra, Menéndez Franco resaltó que el mismo 9 de enero, en El Pulso de Panamá, El Panamá América, hacía referencia al incumplimiento del convenio de la izada de la bandera y que frente a esa situación “la actitud del gobierno y del país no puede ser otra que la firme decisión de hacer respetar, con dignidad, serenidad y valor, el compromiso contraído por las autoridades estadounidenses”.
El 9 de enero de 1964, el editorial de este diario, pide la cancelación definitiva del Tratado de 1903 y lamenta los resultados de lo que se produjo cuando “un pueblo pacífico e indefenso trató de hacer valer en forma simbólica tan sólo, en un gesto de valor de la conciencia nacionalista de la juventud, nuestro derecho inalienable, irrenunciable y absoluto a que el pendón panameño ondee en todo el territorio de la Nación, todo el caudal bélico de los norteamericanos se levantó a su paso y, en una jornada deshonrosa, pisoteó los más sagrados compromisos”.
Tras relatar las interminables luchas y agresiones de los Estados Unidos contra un pueblo que sólo desea tener la soberanía sobre todo su territorio, el diario planteó hace 40 años que las “demandas sólo podrán ser plenamente satisfechas mediante la cancelación definitiva del ominoso Tratado de 1903 y la fijación de un término perentorio para que la franja canalera vuelva al completo dominio de la República de Panamá, única soberana en ese territorio.
Tras una larga lucha de generaciones, que se coronó con el tratado firmado por el general Omar Torrijos como jefe de Gobierno y James Carter como presidente de los Estados Unidos, finalmente el 31 de diciembre de 1999, los panameños logran un largo anhelo: recuperar su soberanía sobre la totalidad del suelo panameño y la entrega del Canal de Panamá.
Porque es necesario que la América y el mundo tengan conocimiento cabal de los horrendos sucesos que han tenido por escenario un país pequeño y débil. Es necesario que la expresión del caso, la exposición del suceso, la defensa de nuestra integridad territorial ferozmente violada por las bayonetas y las ametralladoras, por los tanques y los aviones militares de los Estados Unidos, sea hecha con la vigorosa energía, con la gráfica convicción, con la profunda indignación que hoy lastima por igual el corazón de todos los panameños.
Panamá tiene que decir al mundo cómo hemos soportado, durante largos decenios, la injusticia de un convenio tramado en la oscuridad de la noche por negociantes internacionales que se aprovecharon malévolamente de la indefensión de una República en ciernes. Panamá tiene que mostrar ante la faz del universo las hondas heridas que durante más de cincuenta años han ofendido la dignidad de la nación. Panamá tiene que exponer en los organismos internacionales la larga serie de medidas antidemocráticas con que los Estados Unidos han venido explotando nuestros recursos naturales y humanos, imponiendo medidas discriminatorias contra los naturales de una tierra que no les pertenece, atropellando en la carne de nuestro pueblo los más elementales principios de libertad y de justicia.
Es toda una historia de mezquinos egoísmos, de intolerancias, de violaciones al derecho internacional la que acaba de desembocar en los trágicos sucesos que han bañado de sangre inocente nuestra tierra. Hay que relatar la triste verdad de las relaciones entre Panamá y los Estados Unidos desde aquel convenio oprobioso, viciado de nulidad absoluta por su letra ilógica, por su espíritu esclavista, por su significado colonialista, por su expresión violatoria de los más elementales principios de humanidad. Solamente en esa forma lograremos mostrar ante la América y el mundo la verdad completa, de la cual la destrucción y la muerte, la sangre y el dolor que hoy abruman a nuestro país, no es más que la lógica conclusión, la inevitable consecuencia.
De allí la necesidad de que nuestra representación ante el Consejo de Seguridad y ante la Organización de los Estados Americanos lleve en el corazón y en la mente el cuadro total de los sucesos que todavía se están desarrollando en esa parte vital de la Patria que es el territorio por donde cruza la vía interoceánica. Panamá tiene que presentar ante esos organismos un retrato fiel de los atropellos contra la enseña patria, del asesinato de los estudiantes, de la masacre de hombres y mujeres, de la invasión de las tropas estadounidenses al territorio nacional. Porque ante esas pruebas y ante esa historia, el mundo entero tendrá que condenar a los Estados Unidos y tendrá que reconocer no solamente la plenitud de nuestros derechos sino también la justicia de nuestras demandas.
Esas demandas sólo podrán ser plenamente satisfechas mediante la cancelación definitiva del ominoso Tratado de 1903 y la fijación de un término perentorio para que la franja canalera vuelva al completo dominio de la República de Panamá, única soberana en ese territorio.
Toca al Ejecutivo, en consulta con los dirigentes cívicos y políticos del país, proclamar oficialmente las aspiraciones integrales del pueblo panameño en relación con la Zona del Canal, a fin de que la lucha por el logró de las reivindicaciones nacionales no se detenga en la simple gestión ante el Consejo de la Organización de Estados Americanos y ante el Consejo de Seguridad.
Nuestra cita con la historia debe concretarse en una demanda oficial dirigida por el Jefe de Estado Panameño al Secretario General de las Naciones Unidas para que en el Programa del próximo período de sesiones de la Asamblea General de esa Organización, se incluya el tema relativo a “la Cuestión de la Zona del Canal de Panamá”.
Nuestros mártires estudiantes, los patriotas que cayeron inmolados por las ráfagas arteras de una soldadesca vengativa, no habrán muerto en vano si la Nación entera, los panameños todos, actuamos unidos en un solo haz para rescatar nuestra soberanía y reclamar justicia para la República, honor para su bandera, respeto para sus instituciones y gloria para los caídos.