Nación

La ARI cuestiona trabajos de Figali


La Autoridad de la Región Interoceánica (ARI), además de otras entidades públicas y privadas, han presentado quejas relacionadas con los proyectos turísticos que desarrolla el empresario Jean Figali en Amador, según documentos a los que tuvo acceso El Panamá América.
Quejas por daños e incumplimiento en la entrega de documentos que presuntamente ha cometido Figali en la construcción del Panama Canal Village, una marina y un boulevard de alta moda, obras obtenidas mediante contratos y addendas suscritos con la ARI, se desprenden de los documentos.
La mayoría de las cartas son dirigidas por la ARI a Figali para emplazarlo en la entrega de la fianza de inversión, arrendamiento y hasta el pago de timbres fiscales de algunos contratos suscritos con la entidad, documentos necesarios para el refrendo del contralor.
Un llamado de atención por la ruptura de una tubería madre de agua del IDAAN, demolición de viviendas sin aviso previo, y construir la cerca fuera de linderos son algunas de las observaciones formuladas al empresario, entre otras.
La concesión para un fondo de mar para construir la marina ha generado quejas por empresas como Cable and Wireless, Cable Crossing y otras por los posibles daños a un vigaducto y a cables submarinos que pasan por el lugar de la concesión.
Figali se defendió de las quejas señalando que ha entregado toda la documentación a la ARI para el refrendo de los contratos.
Según Figali, en Amador no hay planos claros, debido a que las tuberías para el agua, teléfonos y electricidad fueron instaladas hace 100 años, por lo que se han dado algunos daños que ya fueron subsanados.
Manifestó que ha cursado invitación en más de diez ocasiones a Cable and Wireless y a Cable Crossing para tratar el tema del vigaducto y los cables submarinos, “ pero no han dado la cara”.
Lo mismo sucede con las chaquiras. Actualmente son utilizadas por hombres y mujeres, aunque según Caisamo, “todo eso es nuevo”...

Eran más de las 7:00 de la mañana. Doviaza había avisado con anterioridad de la visita de El Panamá América, como parte del protocolo requerido, de lo contrario la disposición de los lugareños no hubiese sido parte del programa.
Desde la casa de Gabriel, uno de los dirigentes, el cacique daba instrucciones en emberá a sus compañeros. Todo debía estar listo a las 9:00, después del desayuno. A esa hora se arrancaría con los puntos dispuestos en la agenda de Doviaza.
El primero en llegar a la Casa de la Cultura fue Emilio. Iba cargando los instrumentos y con su taparrabo muy ajustado.
“Me gusta mucho que se hable de nuestras tradiciones”, precisó, procurando hablar lo más claro posible, “porque apenas estoy aprendiendo español”.
Poco después se fueron acercando los demás. Se alinearon y Emilio comenzó a tocar. Entre una y otra pieza nos hacía saber que en letra emberá estaba invitando a sus hermanos “al baile que es una fiesta”.
Ellos, desde abajo, sólo miraban. Las damas, sin embargo, se escabulleron de momento, cuando volvieron a aparecer estaban maquilladas. Las figuras en el rostro con jagua, un lápiz labial en tono rojo, y sus largos cabellos negros sueltos y bien arreglados.
El pecho al descubierto pero cargado con las chaquiras en varios colores y formas. Mil y un diseño de las parumas y sus niños al hombro, así fueron llegando.
La música no paraba. Y después de unos 15 ó 20 minutos el panorama cambió significativamente. Eran ya decenas de niños, mujeres y hombres que atendían el programa.
Cada uno con su idioma rinde tributo a su terruño, subrayó el presidente de la Cultura de Mogue. Los ritmos, las danzas y la vestimenta no varía.

 
Doviaza había detallado muy bien aquello que quería revelar a la ciudadanía. Lo que dijo “muchas veces lo medios de comunicación no dicen o por el contrario cambian la noticia sobre estos pueblos apartados”.
El cacique de la región de Pusadrua, con varios collares de chaquira y su taparrabo amarillo inició agradeciendo al equipo periodístico la visita y así como él, como parte de un tácito compromiso, cada uno de los presentes, los más de 60, antes de ocupar su espacio en el tambo se acercaban a chocarnos las manos.
Aprovecharían la oportunidad para divulgar las penurias de vivir sumidos en extrema pobreza y a distancias insospechadas, pero con un alto sentido de la autenticidad de sus costumbres.
El congreso es una reunión local a la que son convocados dirigentes de áreas vecinas para que expongan la realidad de sus comunidades.
Son tres los corregimientos que forman parte de Mogue: La India, Mogue y Llano Bonito, precisamente de este último viajó Alcibíades Calderón, vocero.
“Nosotros queremos que se apruebe el proyecto de tierras colectivas para asegurar el futuro de las generaciones próximas”, explicó en el más claro castellano.
Así como Alcibíades el resto de los presentes mostró sumo interés en que este tema fuera tratado con prioridad. “Urgencia notoria”, se diría en la Asamblea Legislativa y es precisamente a este ritmo que se desarrollaba la discusión.
Doviaza no lo dejó por fuera, pero citó además los problemas de agua, salud y educación que atraviesan irremediablemente.


Uno a uno, los miembros del público fueron pidiendo cortesía de sala. Leonardo Teucamo, quien fue cacique general y considerado ahora “botánico” del pueblo, quiso destacar las bondades de la tierra que lo vio nacer.
“Vivimos en una farmacia donde encuentras medicina para el cáncer, mordidas de culebra, dolor de cabeza hasta infertilidad”, dijo. Las plantas son su cura.

Los que hablaban lo hacían convencidos de que la ciudadanía “nacional e internacional”, como sostuvo Doviaza, los apoyarían.
Rogelio Caisamo se apoyó en la historia de terrenos “que nos pertenecen porque aquí hemos vivido desde siempre”. Su narración fue fluida y citaba con precisión años y nombres.
Emilio, el presidente de la Cultura, señaló que para 1968, la población era de apenas unas 40 ó 50 personas. Ahora son 475 en tres corregimientos y no dejaremos “que nos saquen de ti”.

 
Antes de concluir el congreso era necesario volver a danzar. Las mujeres lo hicieron en principio y lo repetirían con un número contagioso en el que la más pequeña, de unos cuatro años, se movía al ritmo del carrizo y la caja del conjunto de Emilio.
El baile, según nos explicó Yazury Teucamo, de la Fundación Dobo Yala y presidenta de la Asociación de Mujeres, se llama “danza del mono”.
Las bailarinas, unas 12, saltaban en hilera y recogían sus cuerpos de arriba abajo, tal como el nombre del número lo sugería. Se llevaban las manos a la cabeza y danzaban en círculo.
Los hombres se les unieron luego. El acto se extendió por casi tres horas y los emberás, que es la única etnia radicada en Mogue, se esmeraron porque todo saliera bien y así fue.


fecha edicion
old id
126620
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América