Nación

La ciudad en primera persona


Encendí el motor del viejo Toyota Corolla y dejé que me condujera por la City, mientras Bennu Guttman y su orquesta guiaban los sentidos al compás de su música, como si el tiempo se hubiera detenido.
Un domingo luminoso en pleno invierno tropical y la máquina con su adolescencia de casi 18 años, encendida como un fósforo se internó por el asfalto en medio del follaje prohibido hasta 1979: la ex zona del canal partiéndose en su propio laberinto en el camino donde se bifurcan las garitas de lo que fueron las bases militares.
La ciudad dominical se deja apreciar casi en cámara lenta, -los verdes intensos, la espesa vegetación ya extinguida de la memoria para no pocos habitantes del planeta-, un enorme espacio de luz que ciega la arquitectura zoneíta del pasado francés y norteamericano, mixtura del colonialismo ensayado en el Africa tropical.
1,432.2 kilómetros nuevos, donde el espacio y la geografía aun intocada, nos hablan de una ciudad que al cumplir sus 480 años, sigue creciendo, porque la tierra, las aguas, estaban y no estaban, y ahora se expande como si un frasco con vitaminas le hubiesen hecho un efecto retardado.
Magia de la naturaleza en sus estaciones secas y lluviosas, la floración estalla en este paraíso recuperado de la ex zona canalera, la franja que dividió el país para unir el mundo, pero el Toyota Corolla entiende quizás a su manera estas riberas y dolores, que el alma guarda en el rincón para las cosas del alma.
La ciudad es un invento humano, la expresión de las gentes que la habitan, sus sueños y dolores, la ambición desmedida también del dueño del metro cuadrado, el desorden urbano de los gobiernos de turno, y sin duda, el límite de sus propias posibilidades físicas y de su condición, a veces, de inquilina en su propio territorio.
Otro país, me dijo un acompañante checoslovaco, -cuando existía ese país- y no estaba equivocado, porque hasta la geografía fue tratada de manera diferente y las construcciones nos hablan de otra cultura, aunque la geografía semiintacta, define el paisaje, hábitat y nuestro propio espíritu atravesado por vagos recuerdos del paraíso perdido.
Se han caído los muros y las vergüenzas de una gran parte de la humanidad, a cambio se erigen otros pedestales de insanías, patrones morales tanto o más ridículos que los anteriores, comercio absoluto, usura sobre la usura acumulada en los tiempos por un mercader tan desconfiado como el curso de un río.
En este mes conmemoramos la fundación de la primera ciudad: Panamá La Vieja, "Panamá es apenas una mirada de asombro hacia este nuevo océano; es apenas un apoyo de palanca para conquistar ese extraño mar que queda...al sur". "Panamá es a duras penas un sitio en la ribera del océano, apresto detenido en el tiempo", nos dice el arquitecto panameño Raúl Rolando Rodríguez Porcell, en su opúsculo Fundaciones (Crónicas de una ciudad). Sólo quedan las ruinas de la Vieja ciudad asolada por Henry Morgan, que en 1930 se perdió en la selva, como recuerda el arquitecto Raúl Rolando Rodríguez, quien sostiene que muchas piedras de la época hoy engalanan algunas casas capitalinas.
Nació estrujada, la actual ciudad capital, torcida, por una situación anómala, y hoy se requiere otorgarle coherencia con la ex zona del canal, para poner fin a la dispersión, a esta cara trizada, craquelada de la urbe capitalina, nos advierte el arquitecto Rodríguez, ex ministro de Vivienda, quien concluye que la ciudad de Panamá creció hacia el este por yuxtaposición.
La ciudad es la suma de sus fundaciones, de las tecnologías, los nuevos materiales, estilos, corrientes, de los recursos, de la visión empresarial, de las mezquindades y la usura, porque allí se genera el gran espacio de la vida colectiva, donde se desenvuelve la cotidianidad del hombre en sociedad.
Dos ciudades en una, claramente diferenciadas, y otras tantas fundaciones, el paraíso recuperado en la frontera inmediata de la vieja capital, donde el Casco Viejo -la segunda fundación citadina- es hoy hito y sitio emblemático de la arquitectura colonial Patrimonio de la Humanidad por mandato de la UNESCO.
Desde el siglo XIX y las primeras cinco décadas del presente, la ciudad más codiciada para habitarla colindaba con su margen, cuya naturaleza ya había dominado el hombre, pero aun convivía con ella como parte de su hábitat.
La tendencia actual es que los lugares más solicitados para habitarlos quedan fuera de la ciudad, porque ha surgido lo que algunos arquitectos llaman la no ciudad, en sus suburbios, que cada día se hacen menos habitables.
Los problemas de la ciudad moderna, hacinada, a punto de colapsar, se extienden y multiplican, se hacen comunes, como la higiene y la contaminación, que transforma el aire en una toxina de alto riesgo para la salud humana.
La ciudad no sólo es el pasado, la fecha, el recuerdo fresco en la memoria, su conservación, la fiesta del tiempo transcurrido y el regocijo que es celebración, sino el espacio donde todos habitamos, por lo que la arquitectura debiera estar al servicio del ciudadano y ser estéticamente funcional, amistosa, nuestros brazos, piernas, ojos, en constante crecimiento y armonía.
El Toyota Corolla es parte de la ciudad, compite con miles y miles de automóviles, vehículos, que se desplazan por el asfalto urbano, consume su oxígeno, contamina es el fin del segundo milenio, en ciudad de Panamá.
En el centro de la urbe capitalina una tradicional Iglesia Católica, en sus alrededores la Iglesia Evangélica, más allá una Mezquita, a sólo cuadras las Sinagogas judías, enrumbando por la transístmica, el Templo Bahai, y el de la India, en la Tumba Muerto, a las orillas del mar en El Chorrillo, el Templo Masónico.
Símbolos de tolerancia, ciudad de Panamá, en sus primeros 480 años, convive con sus religiones y etnias, en paz, la mayor de las arquitecturas posibles, hacia el siglo XXI.


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66454
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América