Lo que pasó en Curundú tocó el alma de propios y extraños. El barrio no fue el mismo desde ayer.
Elixa Yolanda Asprilla está viviendo el dolor de perder a su hija Lauryn Nuñez, de ocho años. El cuerpo fue encontrado en la tarde.
Entre desmayos, lágrimas y desesperación, narró que salió de su casa a eso de las 4: 30 a.m. para matricular a su hermano en el Colegio Ángel Rubio, en San Miguelito.
Dejó a Lauryn a cargo de su tía, quien la enviaría a la escuela cuando despertara. La niña era alumna del segundo grado de la Escuela Fe y Alegría.
Las palabras y gestos de aliento de los vecinos no lograban calmar a Asprilla. Contó que abordó un taxi hasta Calidonia para después tomar un bus hacia el colegio.
Iba ajena a la tragedia cuando de pronto su tía le comunicó por celular que su casa se estaba quemando.
Cuando Elixa llegó allá, la encontró consumida casi en su totalidad y aunque intentó entrar a rescatar a su hija, su hermano la detuvo, pues era demasiado tarde, "las llamas habían acabado con el cuerpo de mi hija".
Elixa tenía en su brazo izquierdo las marcas de su intento por salvar a su niña. Las lesiones eran visibles.
Leonila González, maestra de Lauryn, recuerda a una niña muy despierta. Casualmente, un día antes del incendio, ella le había llamado la atención porque borró el tablero antes de que sus compañeros copiaran la tarea.
Más tarde ubicamos a Luis Alberto Ramos, quien con gritos de desesperación, lloraba la muerte de su hermana Kiara Karina Bethancourt, de 14 años y su primo Félix Asprilla de cuatro. Kiara era discapacitada.
Ambos estaban solos porque la mamá de Bethancourt se fue de madrugada a la terminal a llevar a un familiar que viajaría a Darién.
Agripina Asprilla, tía de Kiara y Félix, no aguantó el impacto y en medio de la entrevista con Panamá América se desmayó, por lo que tuvo que ser llevada a una casa cercana para que la atendieran.
Los testimonios de dolor sobraban. Blasina Ortega, de 53 años, dijo sentirse muy triste, pues el esfuerzo de toda una vida se perdió en un instante.
Mencionó que lo único que pudo hacer fue salir corriendo sólo con lo que tenía puest. Todas sus pertenencias, entre éstas lavadoras, estufa, refrigeradora, desaparecieron.
Del mismo modo, Ana Olivardía, otra de los damnificados, dijo que no se había dado cuenta del siniestro, pues estaba dormida y fue despertada por una voz de alerta que gritaba a todo pulmón.
Su esposo vende café y tienen cuatro hijos, dos de ellos en edades escolares.
"Ahora no tengo dinero y no sé que será de nosotros".
Los uniformes, libros y mochilas se quemaron.
En otro punto, María Isabel Herrera estaba nerviosa porque el fuego acabó con los libros de su hijo que estudia Medicina en la Universidad de Panamá.
Llorando y todavía angustiada, indicó que hace unos días había comprado un texto de Química muy caro y "ahora había quedado convertido en cenizas".
Herrera guardaba la esperanza de que pronto llegara la ayuda.