Hay un adagio muy sabio y popular que reza "la tercera es la vencida". Cae como anillo al dedo a quienes la tenacidad y perseverancia constituyen el norte en sus vidas.
Una historia de lágrimas, retos, sinsabores, éxitos y satisfacciones han ido de la mano con Mario Ortega, joven estilista que a sus 30 años dice que sus experiencias le han dado forma y estilo, conceptos que maneja muy bien cada día cuando en su salón de belleza los clientes se ponen en sus manos.
Su personalidad está fuera del estereotipo de quienes practican esta profesión. Su porte nos refleja el de un hombre dedicado a labores de mayor esfuerzo, pero las apariencias engañan porque dentro de ese cuerpo está el alma sensible y delicada de un estilista.
Mario Ortega es un fiel ejemplo que en esta vida todo cuesta. Sus intentos para desarrollarse en la peluquería han sido tenaces. Tiene una accidentada historia de tropiezos y dificultades que a cualquier otro lo hubiera hecho desistir. Tropezó tres veces con la misma piedra, pero en cada tropiezo buscó una alternativa y echó manos a la creatividad para volver a empezar.
Pero hubo una losa y no una piedra que cambió su vida.
Fue un día del mes de noviembre de 1998 cuando hizo un alto en sus actividades por un extraño ruido. Fue ese instante, ese alto, el que marcó la diferencia entre la vida y la muerte, pues desde los aires vio cómo una losa de cemento se desprendía y caía en el rincón creativo, en su lugar de trabajo, de sueños y esperanzas que quedaron hechos trizas al igual que la losa.
Fue allí en calle 23 de enero, en Calidonia, donde empezó a brindar sus servicios y luchó por salir en tres ocasiones: por buscar una mejor área, por el accidente y porque ya el negocio no era rentable.
ORIGENES
Mario se considera un soñador y el más preciado sueño era llegar a ser un prestigioso estilista. Desea ser el peluquero de la presidenta Mireya Moscoso.
Cuenta que a los 15 años hizo su primer "blower" y que fue muy difícil iniciarse en esta faena. "Derramé muchas lágrimas y fui burla de quienes me rodeaban, muchos de los cuales luego se convirtieron en mis clientes".
Comenzó su carrera en su residencia de San Miguelito y cuando se sintió listo para la prueba de fuego aplicó en Iparruchieri y fue contratado.
Pero él tenía una meta, ser su propio jefe. Fue así cuando abrió una peluquería en Calidonia en la calle 23 de enero, al lado de donde construían un edificio.
En ese tiempo era un área muy transitada y de buena actividad comercial porque estaba la piquera de los buses de Arraiján, que le proveía de muchos clientes.
Explica Mario que había llamado la atención a las constructoras porque siempre caían a su local pedazos de cemento y otros objetos y él temía un accidente.
Sus denuncias fueron en vano hasta que un estruendo y una lluvia de piedras y desechos de la construcción le hizo salir del salón para investigar.
Relata que como una película antes sus ojos vio cómo la losa se desprendía y caía sobre el salón. Sólo pensó en correr. "Salí por la misericordia de Dios", esa misericordia me alertó y me impulsó a investigar, afirma Mario, cristiano evangélico que se sustenta en la fe y palabra de Dios.
Aunque pareciera contradictorio, el accidente lo hizo muy famoso no sólo porque fue titular en