Nación

La vida de una desplazada, cinco años después

Este medio se reencontró con Limbana, a quien había entrevistado en 1997, cuando llegó a Panamá huyendo de los paramilitares.


Limbana Acevedo llegó a un poblado indígena en Darién, a tres horas de Yape, el 21 de mayo de 1997. Huía de los paramilitares colombianos y debió sortear los peligros de la selva en la frontera entre Colombia y Panamá durante 15 días.
Ella y su familia se establecieron en territorio panameño, pero eso no fue suficiente para salvar la vida de su padre, el paramédico José Ignacio Acevedo. Lo masacraron los paramilitares estando ya de este lado de la frontera, el 24 de junio de ese año.
Ella logró llegar a Yape junto a su madre y tres hermanos, mientras los restos de su papá yacían en plena selva. En aquella ocasión El Panamá América se trasladó a Darién, donde la entrevistó.
Tenía 14 años. Era hermosa. Su larga cabellera rubia y sus ojos celestes destacaban entre el resto de los desplazados. Eso no ha cambiado después de cinco años. Lo que sí ha cambiado es su estatus y su modo de vida.
Hoy Limbana es toda una mujer que denota seguridad y confianza. El temor ha dado paso a la tranquilidad y su futuro es menos incierto. No logró su meta más preciada: Estudiar. Pero en su lugar, construyó una familia propia y obtuvo su estatus de refugiada permanente.
Aún así, siente que el pueblo es su cárcel, pues no puede movilizarse libremente porque la policía fronteriza no se lo permite. En cinco años sólo ha visitado El Real y Yaviza.
Ahora tiene 19 años de edad y estableció un hogar con el corregidor de Yape, Amílcar Arroyo. Tiene dos hijos: Amílcar, de cuatro años, y Limbana, de seis meses.
¿Se casaron? "Estamos en eso", dice el corregidor, a la vez que explica que son necesarios muchos trámites con los que no habían podido cumplir porque ella vivía en el país con estatus de desplazada.
La madre de Limbana se volvió a casar y vive en el poblado. Su hermana Patricia estudia segundo año de escuela secundaria en El Real, becada por la Oficina Nacional para la Atención al Refugiado (ONPAR), mientras que Luz Elena se casó con un maestro y tiene un niño de un año. Su hermano estudia el cuarto grado en la escuela primaria del lugar.
Limbana y Amílcar viven en una casita de madera, humilde, pero acogedora. El pequeño Amílcar, apodado "Gringo" por su cabellera rubia y sus ojos celestes, acompaña a su padre en las faenas diarias. Es un menor convertido en hombre prematuramente, como casi todos los niños darienitas.
Ambos, como cualquier pareja, se esmeran por sacar adelante a la familia. Cosechan su "monte" (finca), donde han sembrado plátano, mientras asisten a diversos seminarios auspiciados por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la Iglesia, Asistencia Legal Alternativa de Panamá (ALAP) y otras instituciones.
"Cuando mi papá murió, pensé que las cosas iban a ser muy difíciles, pero no fue así", dice Limbana mientras amamanta a su pequeña hija. "Ahora estoy más tranquila, la vida me ha tratado bien y me siento bien", enfatiza. De hecho, es una líder nata. Es muy popular en Yape.
A pesar de que éste es un poblado muy limitado en cuanto a oportunidades de estudio, Limbana mantiene aún las esperanzas de superación personal, y de trabajar para ayudar a su marido.
Por lo pronto, se dedica a las labores propias del hogar, y se afana por mantenerlo limpio y acogedor, al tiempo que se gana "unos reales" realizando labores de costura a mano.
Han sido cinco años de cambios en su vida, y aunque las metas aún están lejos de alcanzar, en el camino ha logrado estabilidad emocional y fortaleza de espíritu, según pudo observar este medio, que la conoció cuando su mundo parecía colapsar.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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