Aurelio Moreno, párroco de Curundú y San Miguel puso el dedo en la llaga. Se le acercó al presidente de la República, Martín Torrijos a su llegada al lugar del siniestro y le dijo claramente que el problema de las pandillas es incontrolable en el sector.
Posteriormente hizo una revelación grave a Panamá América "no puede ser que en la multi amarilla le decomisan el arma a un muchacho y el mismo guardia se la vende al de la banda rival más adelante", confió el sacerdote.
El cura aseguró que las bandas en Curundú están mejor armadas que la Policía Nacional, pero respetan mucho a la Iglesia. "Hay 4 bandas de sicarios que matan por B/.20", expresó.
Ante esta denuncia, el mayor Carlos de Icaza, de la Policía Nacional instó al sacerdote a que presente las pruebas de lo dicho, pues la Policía está anuente a cooperar.
Leonila González, maestra de Lauryn, recuerda a una niña muy despierta. Casualmente, un día antes del incendio, ella le había llamado la atención porque borró el tablero antes de que sus compañeros copiaran la tarea.
Más tarde ubicamos a Luis Alberto Ramos, quien con gritos de desesperación, lloraba la muerte de su hermana Kiara Karina Bethancourt, de 14 años y su primo Félix Asprilla de cuatro. Kiara era discapacitada.
Ambos estaban solos porque la mamá de Bethancourt se fue de madrugada a la terminal a llevar a un familiar que viajaría a Darién.
Agripina Asprilla, tía de Kiara y Félix, no aguantó el impacto y en medio de la entrevista con Panamá América se desmayó, por lo que tuvo que ser llevada a una casa cercana para que la atendieran.
Los testimonios de dolor sobraban. Blasina Ortega, de 53 años, dijo sentirse muy triste, pues el esfuerzo de toda una vida se perdió en un instante.
Mencionó que lo único que pudo hacer fue salir corriendo sólo con lo que tenía puest. Todas sus pertenencias, entre éstas lavadoras, estufa, refrigeradora, desaparecieron.
Del mismo modo, Ana Olivardía, otra de los damnificados, dijo que no se había dado cuenta del siniestro, pues estaba dormida y fue despertada por una voz de alerta que gritaba a todo pulmón.
Su esposo vende café y tienen cuatro hijos, dos de ellos en edades escolares.
"Ahora no tengo dinero y no sé que será de nosotros".
Los uniformes, libros y mochilas se quemaron.
En otro punto, María Isabel Herrera estaba nerviosa porque el fuego acabó con los libros de su hijo que estudia Medicina en la Universidad de Panamá.
Llorando y todavía angustiada, indicó que hace unos días había comprado un texto de Química muy caro y "ahora había quedado convertido en cenizas".
Herrera guardaba la esperanza de que pronto llegara la ayuda.