Para la mayoría de las personas, las palabras solo sirven para expresar lo que en un momento determinado se desea (con el estado de ánimo que nos acompañe y con la intención que le queremos imprimir al mensaje, que siempre está cargado de ideología y de idiosincrasia, esa manera de cada quien y de cada pueblo de ser y de vivir la vida.).
Lo que no sabe esa gran mayoría es que, en esencia, las palabras no tendrían (aunque hoy sí tienen) por qué responder a la realidad que mencionan, sino que todo ha sido convencional, la mayoría de las veces, y casual o causal otras.
La fruta que llamamos "manzana" pudo haberse nombrado de otra forma; el "avión" pudo llevar otro nombre, y cualquier persona pudo llamarse distinto de cómo se llama, por lo que es falso que una persona responda a las características tipificadas en su nombre. Y si así hubiera sido, hoy estaríamos llamándolos de otra manera, y también nos entenderíamos.
Las palabras tienen, sin embargo, su historia. No hay palabras que por ellas mismas, por la ordenación de sus letras o de sus sonidos, sean dulces, buenas, malas o impronunciables. Somos los seres humanos los que les damos esos u otros sentidos, los que las hacemos censurables, los que las hacemos placenteras, dignas o indignas, necesarias, iluminadoras, soeces, traumáticas, temibles, esperanzadoras, bonitas, porque las aprendemos de nuestros antecesores y de la sociedad, y porque como parte de la comunidad hablante contribuimos también a darles nuevos matices, nuevos sentidos, lo que técnicamente se llama carga semántica.
Así dice Rocío Durcal en un estupendo bolero. Y, en relación con el tiempo, las palabras sufren, a veces, metamorfosis de las que casi no nos percatamos como hablantes, porque nos valemos de ellas en el momento y en la época que vivimos, sin importarnos qué ropaje vestían antes.
Una palabra puede variar su significado, y puede modificar su ortografía (membresía>membrecía , como lo propone el Diccionario Panhispánico de dudas; folklore> folclor
folclore; guion/guión) y su pronunciación o fonética (medula/médula; chofer/chófer).
Aunque esto no ocurre todos los días ni con todas las palabras, de hecho ocurre.
La siesta, que hoy se disfruta cada vez menos por el acelerado ritmo de la vida "moderna", era entre los romanos la hora sexta, el tercero de los cuatro periodos de tres horas en que dividían las doce horas que duraba la claridad del día. A la sexta le antecedían seis horas, llamadas la prima y la tercia, cuyo periodo en la Roma antigua, concluía más o menos a las dos de la tarde nuestra. Entonces se estaba en el mediodía, como en España, actualmente.
Era costumbre, primero, solamente tomar el almuerzo al iniciarse la hora sexta. Luego se añadió la costumbre de descansar después de tomar el almuerzo de la hora sexta. Hoy sabemos, que las personas pueden bien tomar un descanso al que llaman siesta sin que necesariamente sea después de la comida del mediodía o sin que esta comida, en el caso de Panamá, tenga que ser necesariamente a las 12 del día.
La grúa empezó siendo solamente un brazo mecánico giratorio que servía para levantar grandes pesos, y que era usada fundamentalmente en las canteras. Posteriormente, apareció la grúa sobre vehículo automóvil, es decir, una grúa móvil, que para los panameños es un carro, aunque también lo es todo aquel que sirve para remolcar a otro. Kinito Méndez, un merenguero dominicano, en la década de los 90 del siglo pasado hizo famoso un merengue llamado La grúa, porque la persona (esposa o esposa, papás, novios, etc. que asedie a otro en un lugar con intenciones de que abandone el sitio, recibe figuradamente el nombre de grúa).
Finalmente, apareció la grúa en el mundo del cine, como el "soporte con plataforma en que se colocan la cámara y el asiento del operador".
Lo mismo podría decirse de la discoteca, que como toda palabra en la que entra el sufijo -teca (colección de ), significó primero colección de discos, así como alguien hace colección de ángeles, de estampillas, etc. Luego, la discoteca fue la sala de baile (hoy resumida a disco, como cinematógrafo se redujo a cinema y luego a cine). También es el equipo personal o con proyecciones de empresa para amenizar una fiesta y es la tienda en la que se venden discos y casetes, como Discoteca Sophy y Discoteca El Puente.
Ciertamente. Algunas palabras tienen tal pasado que difícilmente pueden desprenderse de él, sobre todo porque, en su historia, un nombre ha sido la clave para su nacimiento y evolución.
El condón, el diesel, el papanicolau, el boicot, lo quijotesco, lo maquiavélico, el lesbianismo, la celestina, el cantinflesco, el lazarillo, lo dantesco, estar en babia, el galeno, entre otros vocablos y expresiones, deben sus nombres a personas que hicieron historia (real o ficticia).
En este caso por Mr. Condom (científico inglés de la corte de Carlos I), Rudolf Diesel (ingeniero alemán), George Nicolas Papanicolau (médico griego), Charles Boicot (abusivo terrateniente inglés); El Quijote, de Cervantes; Nicolás Maquiavelo, por su obra El Príncipe (italiano); Safo de Lesbos, poetisa griega de quien se dice tenía inclinaciones homosexuales; La Celestina, obra española; Cantinflas, Mario Moreno (mexicano); Lázaro, personaje de Lazarillo de Tormes que guiaba a un ciego (español); Dante Alighieri (italiano); Babia, región al norte de León, España, donde solían los príncipes descansar y desprenderse de las pesadas faenas diarias, mientras el pueblo actuaba a sus anchas; Galeno, destacado médico de la antigüedad.