Sus vidas naufragan en un paraíso que una vez fue un infierno. Hoy sólo esperan obtener independencia, luego de cumplir más de una década de estar privados de libertad.
Los últimos cuatro reos de la isla Coiba se consideran "olvidados por la justicia", que una vez los condenó a permanecer en un penal lleno de historias horrorosas.
Ellos optaron por permanecer en el penal, para trabajar en un proyecto ganadero y concluir su condena, luego que el 25 de agosto de 2004 fue cerrado el mismo. No obstante, su condición legal fue abandonada.
Ambrosio Rodríguez, es el mayor de ellos, y sueña todas las noches con estar junto a su familia. Las arrugas de su rostro delatan lo difícil que es sobrevivir en medio de la selva y escapar de las garras de la muerte.
"Tengo 52 años y he tirado machete desde que llegué a esta isla", cuenta el hombre con 12 años de estar en la isla.
Una vez trabajando en su campamento lo mordió una víbora y le hizo perder el conocimiento. Despertó en una cama hospitalaria en Santiago de Veraguas, donde estuvo recluido por 22 días.
"El día que regresé a Coiba fui al sitio donde me picó la serpiente y al lugar donde se escondió. Para mi sorpresa me encontré con el reptil y sin pensarlo dos veces la maté", dice Rodríguez, quien no pensó vivir, para contar lo sucedido.
Era el año 1996 cuando ingresó al antiguo centro penal para cumplir una condena por supuesta complicidad en un homicidio. No obstante, cree que ya pagó su deuda con la sociedad.
Frente a Rodríguez está Hilario Guerra, un privado de libertad con una memoria para las fechas como la de muy pocos.
"Llegué a Coiba a las 2:00 p.m. procedente de Chiriquí a los 37 años, culpado por homicidio".
Su subsistencia en esta prisión, como la de muchos reos, también fue complicada. Un domingo 28 de octubre de 1998, entre 11:00 a.m. y 12:00 m.d. estuvo a punto de convertirse en alimento de lagartos, cuando cruzaba el río San Juan de Coiba.
"Yo era el último que pasaba nadando el río y de repente vi que el lagarto estaba a un metro de distancia. Pero en ese instante una bota de caucho que llevaba en mi espalda se soltó y fue lo que se comió el animal", narra todavía sorprendido. Si la bota no se hubiese soltado por accidente, posiblemente no estaría vivo.
Ahora le faltan tres años para concluir su condena y solo pide que le conmuten los años de castigo que le faltan.
En la misma situación está Jaime Chávez. Tiene 11 años de estar detenido y anhela llegar a tierra firme, para trabajar.
Quiere olvidar cómo lo recibieron el primer día en Coiba, cuando pasó por la "calle de honor". Nombre que le daban al camino que hacían los custodios, para apalear a los privados de libertad una vez llegaban al penal.
"A nosotros nos deben dar la condicional, ya que estamos trabajando aquí", agregó.
El último y más joven de los cuatro es Margarito Flores. Él llegó casi a los 17 años a Coiba, pero no quiere hablar del tema.
Su mirada refleja tristeza y lo único que dijo fue: "Mi historia no tiene importancia".
El trabajo de Ambrosio, Hilario, Jaime y Margarito, es fiscalizados por seis custodios. Y aunque no están tras rejas, estos cuatro hombres son el remante de lo que un tiempo fue el lugar de castigo, para los hombres más peligrosos del país.