Literalmente uno sobre otro. El capitán Luis Rodríguez, del Cuerpo de Bomberos lo describió como un "empelotamiento de personas".
Lo que vivió ayer ha sido su experiencia más dramática en 25 años de servicio y lo mismo diría más tarde uno de sus compañeros, Luis Jaramillo, quien alcanzó a señalar: "el 23 de octubre no lo olvidaré más nunca".
De lo que Rodríguez contó fueron testigos por más de una hora, autoridades, periodistas y cientos de panameños que permanecieron en el lugar hasta las 5:15 p.m., cuando una grúa de la compañía Salerno retiró el bus del lugar.
En una de las ventanas, la última de la fila de asientos contrarios al puesto del conductor, la pierna de un hombre calcinado, de unos 6 pies de estatura, colgaba.
Abajo, en medio de las imperfecciones de la calle y los restos del bus, huevos de codorniz estaban dispersos, así como las sandalias de tacón de madera y los zapatos negros de un hombre.
Sólo un maletín negro aparentemente de cuero, sobrevivió a la tragedia.
Indira Ureña trabaja en Hosanna Visión y cuando escuchó "que algo explotó", salió a ver de qué se trataba.
No creía lo que estaba viendo, una antorcha humana. Un señor gritaba desesperado, mientras las llamas consumían su cuerpo. No sobrevivió.
Ureña apenas encontraba palabras. Se llevaba las manos a la cara y suspiraba, "yo sólo escuchaba a muchos gritando... qué puedo decirle".
El bombero Rodríguez se resistía a ser atendido en una ambulancia, como le había ocurrido a otro de sus compañeros que necesitó oxígeno.
"Yo estoy bien", decía mientras tomaba agua. El retiro de los cuerpos calcinados que serían llevados a la morgue lo tenían conmocionado.
"Sacamos un cuerpo y debajo hay dos o tres más". Esa faena terminó más de una hora después con el saldo de 18 cuerpos.
Pero, cuando parecía que había narrado lo peor, otro "camisa roja" explicó que las labores se complicaban porque los miembros se desgarraban como las piezas de un rompecabeza.
Rodríguez y al resto de los bomberos coincidieron en que el "olor a quemado" era penetrante, "uno se queda sin respiración".
Sus camisas celestes y pantalones azules tenían las huellas de la ceniza y sus rostros reflejaban tristeza, la misma que en ese momento embargaba a los familiares y presentes.
Pero, ¿qué pudo pasar? Aunque las investigaciones deben continuar hoy, Sergio Molina, un conductor de buses de la ruta de Tocumen, no dejaba de preguntarse que "¿por qué se prendió tan rápido?".
Una situación similar la vivió él hace unos años, razón por la que seguramente estaba tan nervioso.
Dos de sus colegas y él se reunieron a debatir precisamente sobre lo que podría haber pasado, pero mientras lo hacían, no dejaban de insistir en que la suerte de los ocupantes hubiese sido otra si hubiesen viajado en un "diablo rojo".
"Hubieran tenido la puerta de atrás, las ventanas y la puerta de adelante para salir. Acá no podían, esa es una trampa de muerte". A lo que se refieren es al estilo de las ventanas a lo largo y una sola puerta de salida del modelo de bus accidentado.
A eso de las 5:00 de la tarde se retiraron los cordones de seguridad y otro drama entró en escena.
Ovidio Frías permaneció por más de dos horas a la espera de conocer nombres.
"Joven, ¿usted es de la prensa?", preguntó y de inmediato quiso saber la identidad del conductor.
El hermano de Frías, de Santiago de Veraguas, es chófer de un bus de esa ruta y hasta ese momento no había podido localizarlo.
Cuando confirmó que no se trataba de su pariente, agradeció a Dios, pero no dudó en pedir a las autoridades que se haga justicia por todos los panameños inocentes que perdieron la vida probablemente por irresponsabilidad.