“En una inmensa pantalla se proyectan las vistas de tamaño natural, las cuales presentan los movimientos de los actores. El efecto es sumamente realista y da prueba de los avances hechos por la ciencia en nuestros días”, así describió un reportero del periódico en inglés The Colon Telegram en abril de 1897, la primera proyección de una película en Panamá.
¿Qué diría este mismo periodista 115 años después, cuando las imágenes se salen de la pantalla con la aplicación de la tecnología en tercera dimensión? ¿Se habría imaginado que los rígidos asientos debajo de una carpa al aire libre pasarían a ser cómodas butacas dentro de un recinto con aire acondicionado?
Definitivamente la redacción de su escrito sería muy diferente. Ahora es imposible ignorar los complejos de cine ubicados dentro de los centros comerciales, pues los enormes cartelones de una película animada, familiar o de acción llenan de forma estratégica cada rincón del “mall”.
Evolución en las pantallas.
Es un hecho, el séptimo arte ha evolucionado mucho, por lo menos así lo percibió Indira, quien hace un par de semanas decidió junto a su esposo e hijos ir al cine, después de un día de compras.
Muy pronto esta familia sacará cuentas y concluirá que ir a una sala de cine se aproxima a los costos que tienen estas salas en los Estados Unidos y supera con creces los 50 centavos que se pagaban en el teatro La Aurora, primer lugar fijo de proyección de películas en Panamá.
Tras aguardar 12 minutos en taquilla, para lograr la compra de los tiquetes, la cuenta previamente era de $15.00 por los tres boletos de adultos y uno de niños.
Pero no todo estaba listo, ahora se aprestaban a formar la fila para comprar las palomitas de maíz y la tradicional soda, fieles acompañantes de una buena película cinematográfica. Transcurrieron otros 10 minutos. El tiempo fue suficiente para que Indira y su esposo recordaran lo diferente que lucían las salas de cine hace 17 años, cuando apenas eran novios y los famosos cines Obarrio, Metro, Aries, Dorado y Alhambra eran sus puntos de referencia. Cines íconos de los años 80 y 90, pero que ahora desaparecieron por la llegada de los complejos de cines.
Ahora la realidad es diferente y sus hijos se la hacen ver al pedir combos en los que las sodas y las palomitas de maíz se piden agrandados y acompañados de “hot dog”, helados o bien de nachos. Para los de gustos más refinados en las vitrinas se promocionan combos de “croissants”, “cappuccino” y crepa dulce.
Llegó la hora de pagar la cuenta de las cosas de picar... no superó los $18.00. Indira se siente victoriosa, logró complacer a sus hijos sin malograr mucho el bolsillo de su esposo.
Mientras se acomoda en su butaca para esperar el inicio de la película, Indira hace un rápido ejercicio matemático que le permite constatar que al entrar a la sala donde se proyectan películas en formato tradicional y no a las de 3D logró un ahorro de $8.50; también tiene tiempo para pensar en los $18.00 invertidos en refrescos y palomitas de maíz.
Atrás quedaron los cines poco iluminados, malolientes, con butacas estrechas, sonidos confusos y pantallas desgastadas. Y qué decir del cine mudo y las imágenes en blanco y negro. Grises imágenes que, aunque históricas, no movería a la hija de seis años de Indira a portarse bien y traer buenas calificaciones por dos semanas hasta lograr que sus padres le retribuyan su esfuerzo con una película animada en la pantalla gigante y un paseo por el centro comercial.
Culminada la película con algunas bolsas de almacenes, la retirada del cine y del centro comercial se tornó algo extenuante. Los casi $50 invertidos entre cine y alimentos le hace comprender a Indira con nostalgia los cambios que han tenido los centros de proyección de filmes cinematográficos.
Los autocines son historia.
La nostalgia de Indira se remonta a la historia que una vez sus abuelos le contaron sobre los autocines y los primeros cines republicanos.
César del Vasto, en su obra “Breve historia del cine panameño”, cuenta que la apertura del primer cine con lugar fijo fue La Aurora; se dio en 1905, seguido en el año 1910 con el teatro Sarah Bernhardt.
Luego la fiebre por el séptimo arte se fijó en los autocines, los cuales se mantuvieron abiertos hasta principios de los noventa, pero “el betamax los mató”, resaltó Vasto.
En la década de los sesentas surgieron las proyecciones en el teatro Bella Vista y en el Lux. La cadena de cines Alhambra inició sus operaciones a finales de los setenta y el cine volvió a cobrar auge con los cines independientes, pero a mediados del año 2002 fueron desplazados por los complejos de cine.
Ahora las multinacionales como Cinemark, Cinépolis y Extreme Planet se pelean el mercado de los amantes de los filmes cinematigráficos con las nuevas modalidades de cine en casa que ofrecen las empresas que brindan el servicio de cable TV, la modalidad de los DVD y los Blu-ray.