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Náufragos de "Tiburón gris" viven y cuentan la historia

La enorme ola impactó violentamente contra “Tiburón gris” (nombre de la pequeña embarcación de 23 pies de eslora), volteándola y sellando así su naufragio en aquella fría madrugada del sábado, en las traicioneras aguas de la Boca de San Pedro, golfo de Chiriquí.


Un chaleco salvó la vida del amigo de ‘Calicho’ Ruiz
  • Un chaleco salvavidas pudo ser la diferencia entre la vida y la muerte para José Rodríguez. Él relató que al inicio todos portaban salvavidas, pero unas horas antes del accidente sus compañeros se cambiaron la ropa húmeda y no volvieron a ponerse los chalecos. Francisco Santamaría, encargado del Sinaproc en Chiriquí, reiteró que todas las personas que salen a realizar cualquier actividad al mar deben cumplir con el protocolo de seguridad, que exige chalecos salvavidas, para prevenir estas situaciones. José y sus dos amigos agradecieron a todos los que apoyaron la búsqueda, incluyendo al pelotero “Calicho” Ruiz, quien en todo momento estuvo pendiente, y no escatimó recursos para apoyar la búsqueda.
Relatos de sobrevivientes
  • Blas Pitty: Quedé cerca del tanque de combustible, así que procedí a regarlo para usarlo como repelente contra los tiburones. Es funcionario de la CSS. Tiene 54 años y es aficionado a la pesca. Está casado y tiene una hija. El combustible le causó quemaduras.
  • José Rodríguez: Doy gracias a Dios porque pude resistir 36 horas flotando, eso en parte, gracias a que llevaba un chaleco salvavidas. 46 años; casado. Es transportista de carga. También atiende los gallos de pelea del grandes ligas panameño Carlos “Calicho” Ruiz.
  • Walter Dubarrán: Al verme solo, pensé que no podía morir allí, que ese no era mi día; me repetía: no puedes dejarte morir de esta manera. Tiene 38 años. Es gerente de tecnología de la empresa Carta Vieja. Está casado y es padre de una niña de 6 años.

La enorme ola impactó violentamente contra “Tiburón gris” (nombre de la pequeña embarcación de 23 pies de eslora), volteándola y sellando así su naufragio en aquella fría madrugada del sábado, en las traicioneras aguas de la Boca de San Pedro, golfo de Chiriquí.

Antes de la súbita embestida, los tres amigos -Blas Pitty, José Rodríguez y Walter Dubarrán- disfrutaban de los albores de una madrugada que llegaba, tras una noche de cielo despejado y estrellado.

 

Habían estado esperando que amaneciera para iniciar una jornada de pesca deportiva, frente a Isla Sevilla y Bajo Pipón.

Pero su charla apacible ya era asunto del pasado. En medio del infierno de confusión, el capitán Blas Pitty les gritó: “¡Manténganse cerca del bote!”.

 

Todavía estaba oscuro. Confundidos, los hombres intentaban seguir la orden de sujetarse a la lancha volteada, pero lo peor estaba por venir.

En cuestión de segundos el trío de pescadores fue embestido por una segunda ola que los separó definitivamente.

Entonces hubo calma.

 

A la deriva

“Cuando amaneció estaba solo, pero junto al bote. A lo lejos vi la isla, y supe que debía mantenerla en mi horizonte visual; de lo contrario, todo empeoraría”, recuerda Blas.

Después se olvidó de la isla lejana y se concentró en su entorno. Se percató de que estaba cerca del tanque de combustible. Procedió a regarlo sobre la corriente marina, para que cubriera parte de su cuerpo, a manera de repelente contra peces peligrosos, incluyendo los tiburones que transitan por esa área.

 

Estaba convencido de que sus amigos habían corrido mejor suerte que él, y que ya estaban en tierra firme. Así que trazó una ruta hacia la isla, de a ratos flotando, otros nadando.

Seis horas después, al extremo del cansancio y con terribles quemaduras por el efecto del sol sobre la piel rociada de combustible, el primer náufrago llegó a Isla Sevilla.

Allí se enteró que sus amigos seguían perdidos.

Delfines

A José Rodríguez, conocido como el “negro Camarena”, la confusión de las dos olas misteriosas solo le dejaron cerca a un tanque de combustible, pero con la ventaja de que llevaba chaleco salvavidas.

También estaba solo, pero tres delfines lo observaban.

Cerca vio la tapa de la hielera que llevaban en el bote, que inmediatamente convirtió en su barco de esperanza.

Él sabía que debía flotar con los brazos aferrados a esa tapa por muchas horas. “Habíamos dicho a los amigos y a la familia que estaríamos de pesca hasta las 2:00 p.m., así que antes de las 3:00 de la tarde nadie vendría a buscarnos”, recuerda.

Roció su pantalón de combustible y empezó a nadar con la ayuda del chaleco y la pieza de la nevera.

Entonces vio que se acercaban tres peces grandes. Quedó inmóvil, rogando que no fueran tiburones. Pero para su fortuna eran delfines.

“Esos tres delfines nadaron junto a mí por muchas horas. Creo que intuían que algo malo me ocurría”, afirma José.

Su travesía duró 36 horas, pero también logró llegar a tierra. “Es un milagro de Dios. Soy un hombre de fe, y nunca dudé de la protección divina”, confiesa.

Rescate

Cuando Blas y José ya estaban en manos de los médicos y de las autoridades, el temor de los familiares del tercer náufrago se incrementó. ¿Habrá logrado sobrevivir?

Arturo Alvarado, director del Sinaproc tuiteaba: “Falta uno, la búsqueda continúa”. De hecho, todo un contingente del Senan, Sinaproc y de la Autoridad Marítima se ocupaban de una intensa búsqueda.

Walter Dubarrán, el más joven de los 3 náufragos, estaba vivo. En su caso, lo único que tenía era un par de boyas, que colocó como una hamaca, para mantenerse a flote y no desvanecer por el cansancio.

Entonces vio una aeronave (del Senan). Gritó con las pocas fuerzas que le quedaban, pero no fue visto.

En el momento más taciturno de sus 37 horas a la deriva, se durmió. “Escuché una voz que me llamaba. Pensé que estaba soñando. Abrí los ojos y vi que eran los rescatistas, quienes me salvaron la vida a 4 millas náuticas, ya cerca de aguas internacionales”.

 


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929377
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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