No habrá regalos, arbolitos navideños, luz eléctrica, agua potable ni mucho menos fuegos artificiales.
Walkiria Tejada es una de las que no contará más que con el abrazo fraterno de los vecinos y la familia. ¡Y ni hablar de cena de navidad!
Se trata de una comunidad de 396 familias de pescadores y al lugar se le conoce popularmente como Kosovo.
Tejada dice que cuando son las 6:00 de la tarde todos tienen que acostarse. Abundan los mosquitos, las chitras y los que tienen hijos pequeños en la escuela deben aprovechar el día porque después la oscuridad no les permite estudiar.
Se trata de una región de azuerenses que emerge de los manglares de Puerto Caimito y donde al subir la marea a su máximo nivel, los lugareños se unen para rezar porque los oleajes no se lleven sus casas de zinc oxidado, pencas y madera vieja.
Estar ubicada a sólo 50 kilómetros del distrito capital, no le ha servido a esta comunidad de nada.
Para llegar a San José hay que cruzar un puente colgante de madera podrida que amenaza con colapsar.
No existe la infraestructura para que los vehículos crucen, mucho menos hay carreteras, incluso los niños, muchos de pelo rubio y ojos verdes, características típicas de los azuerenses, caminan descalzos por los sembradíos de yuca, ñame, guandú, plátanos.
No hay canchas deportivas, lo que se observa son pedazos de troncos que simulan arcos de fútbol y que las altas mareas (aguajes) han ayudado a hundir.
Walkiria Tejada es la presidenta de la Junta Local de San José y dice que se sienten "olvidados, abandonados y despreciados" por las autoridades que no les ponen importancia.
"Hace más de 20 años que nos alumbramos con vela. Los gobiernos ganan y no cumplen la promesa de colocarnos la luz eléctrica. Aquí llegan y te quieren bajar el cielo y la tierra", dijo con lágrimas en los ojos.
Amilcar Araúz, dirigente de la comunidad, sostiene que por la falta de luz y las altas mareas no pueden llevara a los niños a las escuelas, porque corren el riesgo de ser arrastrados por las aguas.
En Kosovo están acostumbrados a que, cuando van a salir, deben quitarse los zapatos y los pantalones y vestirse más adelante, ya que casi siempre el agua les llega a la cintura.
Los moradores contaron que con las altas mareas, a oscuras, han tenido que llevar los niños cargados, incluso, se colocan el uniforme de la escuela luego que pasan el puente colgante que dirige a la comunidad.
Cuando tenía 10 años, María Guevara, llegó a San José y ahora 35 años después recuerda que en aquel tiempo sólo había unas cuantas casas y muchos herbazales.
Ahora la comunidad ha crecido por falta de planificación y no les quieren colocar la luz porque "viven en una área de desastre".
Ella depende de lo que consigue su esposo un pescador artesanal, que lucha cada día por salir adelante en medio de las necesidades.
(segunda de tres entregas)