Panamá tiene absoluto derecho para exigir el total saneamiento de las áreas revertidas y otros sitios de la República contaminados con materiales bélicos, por parte del gobierno de los Estados Unidos, porque así lo establecen acuerdos y convenios sobre la materia, afirmó el arquitecto Ricardo Bermúdez Dutary.
Según Bermúdez, los documentos de impacto internacional y fuerza de ley que obligan a los Estados Unidos de América a cumplir con el saneamiento de los sitios contaminados son los Tratados Torrijos Carter y la Convención de Armamentos Químicos firmada en París el 12 de enero de 1993 y de la cual Panamá, junto a otras 168 naciones del planeta, forman parte ratificada desde el 7 de octubre de 1998.
Los planteamientos de Bermúdez están contenidos en la obra "Contaminación y descontaminación en las áreas revertidas y otros sitios de la República de Panamá", publicada por la Universidad Tecnológica de Panamá (UTP), a través de la Coordinación de Difusión Cultural de esa alta casa de estudios superiores.
El especialista en la materia explica que la presencia de miles de artefactos químicos no detonados en la República, no puede ser tratada como un incidente sin trascendencia y cuyo olvido deliberado pudieses favorecer la relaciones internacionales con las naciones culpables de la dañina contaminación.
Continua señalando que la proximidad de algunos polígonos de tiro a los centros urbanos más importantes, especialmente los de Balboa noroeste y suroeste, además del llamado Emperador, junto a los campos de tiro de Piña, Bruja y Sherman, localizados los entornos boscosos del Atlántico, imposibilitan el desarrollo del ecoturismo como actividad apropiada para hacer buen uso de ellas.
Bermúdez menciona como sitios que fueron empleados como laboratorios de campo para pruebas químicas de toda naturaleza por parte de los Estados Unidos, entre otros a Cerro Tigre, Chivo Chivo, Curundú, Fuerte Clayton, Río Hato, France Field, los campos de tiro de Emperador y Balboa oeste, Isla Iguana, Fuerte Sherman, Fuerte Gulick, las bases de Howard y Albrook, ciertos sectores de Paraíso y Corozal y las aguas en las inmediaciones de la isla San José en el archipiélago de Las Perlas.
Asegura que este peligro radica en la posibilidad de una explosión espontánea, el inminente envenenamiento por deterioro de algún envase hacia fuentes de agua para el consumo humano y el comportamiento gelatinoso que adopta el gas mostaza al mezclarse con el mar.
En ese sentido, explicó que los accidentes ocurridos hasta el momento parecen estar relacionados con granadas, morteros y proyectiles convencionales, cuyas consecuencias se limitan a esparcir esquirlas de metal luego de ser activadas fortuitamente por alguna persona que transite dentro de los sitios contaminados.
Sin embargo, existen tres grupos de elementos altamente tóxicos, además de otros de menor potencia pero igualmente peligrosos para la salud, que fueron almacenados, expuestos al medio ambiente tropical, detonados y abandonados aún activos en varios sitios de tierra y mar en la República.
Bermúdez detalló que estos tres grupos altamente tóxicos son los agentes nerviosos y mostaza, el cianuro de hidrogeno, el cloruro cianógeno y los derivados del arsénico.
Explica que los agentes nerviosos, llamados así porque atacan el sistema neurológico de cualquier ser viviente, tienen el "dudoso honor" de contar dentro de su grupo con los elementos más tóxicos que hayan sido sintetizados por el ser humano. Diez miligramos por metro cúbicos son suficiente para que un hombre adulto comience a babear, vomitar, convulsione, se asfixie y entre en coma hasta morir en menos de un minuto.
Continua señalando que los agentes mostazas, denominados así por el olor que generaban en las fases preliminares de su fabricación, son menos tóxicos que los agentes nerviosos. Mil miligramos por metro cúbicos se estiman como cantidad necesaria para matar a un ser humano normal.
La inhalación de estos compuestos produce daños en el sistema respiratorio El tercer grupo de tóxicos lo conforman el cloruro de cianógeno y el cianuro de hidrogeno, fueron poco utilizados por su inestabilidad y corta vida en el medio ambiente, no obstante, una dosis de 300 miligramos por metro cúbico produce asfixia, convulsiones, parálisis del sistema nervioso y muerte de manera inmediata.