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"Para mí el trabajo es una diversión"


Para algunos es difícil combinar el trabajo con la diversión, casi imposible encontrar el balance perfecto entre lo placentero y la estresante cotidianidad, sin embargo, y aunque otros lo ubiquen como un imposible reservado para magnates del deporte o empresarios acaudalados, Ana Benítez, la ascensorista más antigua de la Policlínica Presidente Remón, encuentra su labor diaria como "una diversión".
Todas las mañanas Ana aborda "el Mitsubishi", un elevador con vista panorámica y más de 31 años de operación continua, para subir y bajar a los pacientes, que se agolpan cada mañana en la Policlínica de calle 17.
"Los primeros días fue pesado, pero me acostumbré", admite la veterana ascensorista, "el turno por la tarde no me gusta porque es muy solitario, prefiero las mañanas".
El turno que más agrada a Benítez y el menos solitario la obliga a despertarse a las 3:30 a.m., para salir de su hogar en Veracruz, una hora más tarde, por la demora del transporte público.
Tiene dos hijos: Samuel y Sandy Ibeth Ruiz, ella cursa sexto grado, él acaba de graduarse y trabaja en una empresa de la localidad con la esperanza de ingresar a la universidad.
Su esposo, Teófilo Ruiz, a quien conoció en 1978, la ayuda en la casa con su trabajo y cuidando de sus hijos.
Desde los once años, y después de la sensible pérdida de su padre, Santiago Agrajén, Ana decidió que era tiempo de abandonar su natal Altos de Uracillo en la provincia de Coclé, para unirse a la horda de inmigrantes criollos que en la década de los sesenta viajó a la ciudad capital con el deseo de encontrar empleo y mejorar su situación.
"Mi papá murió muy jovencito allá en Uracillo, mi mamá (Victoriana Benítez) quedó sola con nosotros siete (3 mujeres, 4 varones), y como yo era la más grande decidí irme a trabajar, porque aquí no había quién nos ayudara", reconoció Benítez.
La vida para Ana en Coclé no era un paraíso, como ella misma recuerda "era horrible, teníamos que sembrar arroz, yuca, todas las cosas de sembrar uno en el monte, es que no me gustaba, a mis hermanos sí le gustaba, a mí no, ellos sí pasaron una buen temporada allá".
El abuelo de Ana criaba ganado, labor a la que se dedicaba también su padre. Pero, una mañana muy temprano cuando intentaba reparar una cerca para evitar que las vacas se cruzaran de su potrero a otro vecino, un árbol le cayó encima cegándole la vida.
"Allí fue cuando me di cuenta de que había que hacer algo, cuando él vivía estábamos bien, por lo menos teníamos lo principal que era la comida y teníamos la escuela cerca", recuerda Benítez.
De esta forma, la joven coclesana llegó a la capital y encontró trabajo en un restaurante de chinos, aunque en el fondo reconoce que nunca llegó a acostumbrarse a la comida que preparaban.
Luego de finalizar su trabajo con los asiáticos, prestó servicios domésticos en distintas residencias de la capital.
Uno de los tantos jefes para quien Ana trabajó y al que mejor recuerda, salió el 9 de enero de 1964, con una pistola a la calle para enfrentarse a las balas en la ahora Avenida de Los Mártires, gritando "se están matando allá abajo!".
Después de su experiencia en "casas de familia", una señora para quien trabajó y en aquel entonces directora de la Caja de Seguro Social, Ilka Viejo, la vio en la calle y le preguntó si quería trabajar.
"Bueno ve mañana que te voy a nombrar", le dijo, así en 1983 Ana empezó a fungir como trabajadora manual en la Caja de Seguro Social.
"Los primeros días fueron difíciles porque uno no conoce el trabajo, yo empecé como trabajadora manual en 1983, y en el 86 estuve embarazada de la niña", sostuvo Benítez.
En ese año, Benítez embarazada subía por casualidad al elevador de la Policlínica como regularmente lo hacía para dejar recados o mensajes en las oficinas superiores, cuando se encontró con el nuevo director de la institución, Carlos Velarde.
"El director me vio en el elevador, y dijo: ¿esta chiquilla qué hace aquí en el elevador preñada? se le va a salir el chiquillo de tanto sube y baja!". s
Así Velarde le prometió que tan pronto saliera de licencia le daría un traslado, algo que Ana no creyó, "porque usted sabe como es la gente importante, que prometen de todo cuando se les ve en la calle, pero si uno va a la oficina es mentira que lo van a dejar pasar".
Sin embargo, contrario a lo que Ana pensó, después de un mes de vacaciones y tres de licencia, fue solicitada por la dirección administrativa de la institución para formalizar su traslado como operadora de los ascensores y encargada de la mensajería.
Ahora, Ana de 53 años y 17 de experiencia en su labor, reconocer que la han tratado bien, además de aprender mediante su trabajo de mensajería a tratar con los directores y con las personas.
Admite no temerle a los ascensores, "porque siempre que llegan los técnicos yo me quedo con ellos a ver y les pregunto qué hacer si uno se queda encerrado y cómo abrir la puerta o tocar la alarma".
Reconoció que sólo se ha quedado una vez atrapada en el elevador, alrededor de cinco años atrás.
"Me quedé atrapada en el elevador con unos pacientes y mi hija, se desesperaron, la niña quedó llorando", permanecieron alrededor de dos horas encerrados, desde las 6:30 hasta las 8 de la mañana.
Para Ana las cosas han cambiado mucho desde que llegó a Panamá, porque la comida ha subido vertiginosamente de precio y además porque "la gente de antes dura más que la de ahora", refiriéndose a los niveles de violencia existentes en el país.
Por lo pronto Ana espera su jubilación, subiendo y bajando pisos en "el Mitsubishi" y cooperando con aquellas personas que le soliciten ayuda.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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