Nación

Por fin llegó el helicóptero

El de Darién no es sólo un problema de inaccesibilidad, se suma una triste realidad social que en ocasiones como ésta, en medio de la tragedia de las inundaciones, vuelve a remover los más profundos sentimientos de compasión y solidaridad.


EN EL Aeropuerto Internacional de Tocumen se escucha una y otra vez, para estos días: "Aerolíneas... anuncian la llegada de su vuelo ...". En el "lobby" no cabe un alma.
Del mismo modo, en la sala de espera de esta historia, hay expectativa y muchas ansias. "¿A qué hora vendrán?", es la pregunta que por esos lares no logra respuesta muy pronto.
Allá, no será una dulce voz femenina la que haga el anuncio. A los indígenas de El Salto, en Darién, la experiencia les ha dado la destreza para con sólo elevar la vista al cielo y escuchar con detenimiento, saber que: "ya vienen".
Saben la hora sin mirar el reloj, conocen de mareas, cuándo estará alta o baja y cuál es el momento justo para partir por el río. Para esos menesteres no hay manuales.
Lo cierto es que esta vez esperaban con más ganas que nunca. A un mes de las inundaciones en las que las corrientes del río Chucunaque los traicionó, saber si llegaría o no alimento, los hacía comerse las uñas.
El "lobby" del aeropuerto de El Salto no tiene acondicionador de aire y asientos reclinables. No hay revistas para que el pasar del tiempo no haga de las suyas y termine desesperándolos. Ellos sólo tienen lo que el agua les dejó.
¿Qué es?. No mucho. Los bloques de cemento que dieron vida a las aulas de la escuela y los pupitres en los que los niños del pueblo se sentaban a escuchar sobre historia y aritmética. Aparentemente sobrevivieron a la catástrofe.
El techo, sin embargo, no corrió la misma suerte. Se ahogó, como le ocurrió a varias chozas a las que en tierra indígena llaman "tambos". Paradójicamente, los tambos conservan cierta altura para que "nada pase".
Justo allí aguardaban a que el viento les diera la buena noticia y lo hizo. Llegó el helicóptero.
Estaban sentados en esa estructura que, según se nos dijo, será reparada pronto para que al inicio del nuevo año escolar todo esté en orden. Ese es ahora el punto de reunión.
Allí se discuten los problemas del pueblo, la realidad nacional, la poca o mucha ayuda, la falta de agua potable, la precaria situación de una madre y su hijo ciego, el pésimo estado de las vías de comunicación, la edad precisa para casarse...
Desde el cielo se observaba un pueblo desolado, la vista era desgarradora. Las casas, que no son muchas, está en proceso de reconstrucción, pero la escuela, de esa sólo quedó el piso. Las paredes no conocieron la pintura.
Las autoridades y los periodistas fueron recibidos, como era de esperarse, en aquel "lobby". No faltó ni un solo indígena de la remota región de El Salto a aquel encuentro, que en ausencia de algo mejor, se convierte en todo un evento. El que no vio bajar el helicóptero definitivamente no estaba, como Guillermo Fogoná, el dirigente que había salido dos días antes a Puerto Peñita a buscar comida.
Su esposa, Rosalía tenía preparado un discurso. Ella es una mujer de esas a las que el tamaño no les hace justicia. Habla sin reparo y logra agitar masas. En poco menos de cinco minutos ya había puesto en conocimiento a los representantes del Gobierno de las novedades del área.
Pidió ayuda para su hijo, quien tiene labio leporino, recordó el temor que vivieron aquellos días de inundación y aclaró que la comida estaba llegando, pero necesitaban más presencia médica.
Precisamente allí fue la despedida. Los visitantes partimos y los indígenas se quedaron una vez más diciendo adiós desde el "lobby". A ellos pocas veces les toca estar del otro lado de la moneda y viajar, a menos que la enfermedad les haga el favor.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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