Nación

Presidente George W. Bush se queda con las ganas

La jornada para los periodistas acreditados arrancó en la madrugada. Para la mayoría, a eso de las 4:30 a.m.


DESDE EL momento en que la puerta del Air Force 1 se abrió, a las 8:35 p.m. del 6 de noviembre, un George W. Bush, relajado y "descomplicado" bajó las escaleras.
Las próximas 19 horas y media de estadía en Panamá las tomó con calma.
Esa noche se le vio poco. En cuestión de minutos abordó una limusina y se dirigió al Hotel Miramar Intercontinental. Le esperaba un día repleto de actividades.
El lunes 7 amaneció más temprano que de costumbre para quienes estarían presentes en el encuentro de Bush. Pero, no sólo ellos madrugaron, la lluvia hizo lo propio.
A eso de las 7: 00 a.m. una hora y 20 minutos antes de la llegada del mandatario norteamericano al Palacio Presidencial, arreció la lluvia, que decidió no darle tregua a nadie, incluido el equipo de seguridad de Bush.
Allí, frente al Palacio y junto a una tarima en que se ubicó a los periodistas locales e internacionales para que registraran todos los detalles de la cita, estaba una muchacha que lucía como de 30. El aguacero cayó de pronto y ella ni se inmutaba, unos minutos después la curiosidad motivó a los colegas a formular la pregunta: "¿Do you want an umbrella?", que dicho en español sencillo es: "quieres un paraguas". Su respuesta fue breve: "I can"t".. "no puedo". Lo que quiso decirnos es que no le estaba permitido. Son gajes de la seguridad norteamericana.
A esa funcionaria, a quien no alcanzamos a descifrarle el nombre, le antecedieron dos más que improvisaron como jardineros. Con una especie de trinche hurgaban en los maceteros a ver si un osado había intentado violar las medidas. Afortunadamente no encontraron nada.
Ellos, la seguridad: férrea y minuciosa; el presidente tranquilo, sosegado, probablemente desentendido de que debido a su visita Panamá literalmente se paralizó por unas horas. Se le veía dispuesto para los saludos a cada minuto.
Y es que así fue. En cada una de las apariciones del Presidente ante las cámaras y los medios se notaba su brazo derecho levantado y dirigido al público, saludando.
Cuando estuvo en la esclusas de Miraflores, el tercer punto visitado (primero la Presidencia y luego Corozal) volvió a hacerlo.
Una vez pisó la torre de control y con cientos de personas como espectadoras, lanzó un expresivo beso, se volteó y siguió en lo suyo.
Hasta ese momento Bush parecía haber logrado su cometido. Llevaba horas en un Panamá "casi" en total calma. Hizo o dijo, cuanto pudo, al menos eso creíamos.
En Miraflores se reuniría con miembros de la sociedad civil, la prensa no estaría presente durante el encuentro y eso ya se había advertido, como otras tantas consideraciones.
Quien sí estuvo allí fue el profesor Eligio Alvarado, de la Fundación Dobbo Yala. Fue para representar a los pueblos indígenas.
Apenas se enteró el domingo de que hablaría de tú a tú con George W. Bush. Desde ese momento se preparó con una breve presentación de aquello que mantiene a sus hermanos en zozobra.
Él, como nos contó, se imaginaba al presidente de Estados Unidos "diferente". Pero, cuando lo tuvo enfrente, Bush le estrechó la mano a él y al resto de los reunidos, uno por uno, hablándoles en español. Eso sorprendió a Alvarado.
En medio de la formalidad del asunto, él siguió de cerca las frases y los gestos del mandatario, fue entonces cuando descubrió que el jefe de Estado norteamericano regresaría a su país sin cumplir uno de sus propósitos.
Sobre la reunión, Alvarado está satisfecho. Pero, algo faltó. Bush, que comió centollo en su concha, ensalada de palmito y aguacate, cola de langosta en mantequilla, langostino a la plancha, plátano maduro, corvina al vapor, frutas tropicales, huevitos de leche y cocada, se quedó con las ganas de ir a pescar en aguas panameñas.

 

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208364
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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