- Sus niveles de contaminación aún son altos, pero las personas que conviven a diario con el Matasnillo aseguran que los olores fétidos ya no son tan fuertes como hace unos años.
En Kuna Nega la mayoría de las familias no tienen agua potable. Dependen plenamente del río Cárdenas, el segundo más contaminado de la capital, incluso con plomo, que lo podría hacer más peligroso para la salud.
En sus aguas se bañan y lavan sus ropas y utensilios de cocina. Esta práctica afecta a los moradores de la comunidad, sobre todo a los niños que sufren de enfermedades diarreicas.

La cercanía del río al vertedero de basura de Cerro Patacón, el mayor del país, aumenta el peligro para las personas que lo utilizan inconscientemente.
En el otro extremo de la ciudad, Fidel Ortega ha sido testigo desde hace 56 años del deterioro que ha sufrido el río Juan Díaz. A sus 77 años de edad convive a diario con sus contaminadas y peligrosas aguas.
Ortega y los habitantes de Kuna Nega son solo una parte de los miles de panameños que sortean las consecuencias de convivir a orillas de ocho ríos insalubres.
Nadan entre toxinas
Cuatro niños se inclinan para chapotear el agua que cubre sus rodillas. Gritan y aplanan sus cuerpos en el río Cárdenas. Sus madres hablan sentadas en las rocas. Todos se divierten ignorando las toxinas y el plomo que recorren el contaminado río.
La exposición a aguas contaminadas con plomo puede producir hipertensión arterial, daño renal, dificultad de aprendizaje, abortos y malformaciones en el bebé. El Cárdenas contiene 0,0754 miligramos de plomo por litro de agua, cuando el límite máximo es de 0,05, según el estudio de laboratorio de Aquatec hecho para Panamá América.
A pocos metros, Jessica Pacheco amamanta a su pequeño hijo. Con sus senos descubiertos habla de cómo el afluente suple sus necesidades diarias y las de otras familias. Frente a ella, su hermana Patricia vigila a dos niños que juegan a tocar las brazas. Comen un pescado que, según ellas, proviene del mar, aunque no mide más de 12 centímetros.
Los niños se acercan para reclamar su porción del pescado, desnudos y con estómagos hinchados por una clara desnutrición. Sucumben ante la realidad de los precaristas de Mocambo y Kuna Nega, en San Francisco, en pleno corazón del distrito de Panamá.
“Esta niña tiene diarrea, ayer se bañó en el río y amaneció así, usted sabe (...), a veces se tragan el agua”, lamenta resignada Jessica mientras acaricia a su hija.
La brisa trae consigo un olor a descomposición de materia orgánica. Dan ganas de no respirar.
Debajo del puente un hombre lava su ropa. “El agua no está sucia ahora, para el invierno siempre se desborda el río”, afirma sin preocuparse por el grado de contaminación.
Jessica no sobrepasa los 30 años, utiliza el agua del río para lavar la ropa, bañarse y satisfacer otras necesidades. Ella llegó hace cinco años a la capital, desde Jaqué, en Darién. Paradójicamente, ahora vive en el centro de la ciudad, pero sin agua potable, luz eléctrica y otros servicios públicos.
“Mi papá construye su casa cerca a la nuestra”, expresó la indígena, al señalar los cuatro troncos apostados en la cuenca del río, que dará refugio al más anciano de los precaristas.
Bajo los árboles que rodean el reducido caudal, otras dos madres describen su más latente preocupación. “Cambiaron el vertedero (de Cerro Patacón), y no sabemos si en el invierno podremos venir aquí; si se desborda el río, de seguro traerá desperdicios”, se queja Patricia.
A pesar del alto grado de contaminación, a ella solo le preocupa los papeles que las personas tiran. “La gente contamina, tira papeles donde sea, pero qué podemos hacer, de aquí sacamos nuestra agua”, lamentó.
Una leve mejoría
Por años el río Matasnillo ha sido el referente de la contaminación en la ciudad capital. Sus aguas atraviesan áreas residenciales y comerciales exclusivas.
Los comerciantes están obligados a no apagar el aire acondicionado en ningún momento. No es por el calor, sino por el olor fétido que emana de su vecina: la desembocadura del río.
A pesar de esta situación se nota una leve mejoría. Mary Duque, una comerciante del área, reconoce que ya no debe cubrir sus fosas nasales cada vez que sale de su oficina a la calle.
“En verano es terrible y, no solamente aquí, el hedor es en todas partes; debemos comprar desinfectantes y desodorantes ambientales casi siempre”.
Levanta sus cejas y retiene la respiración para explicar cómo debe contenerse cuando sale de su oficina. “Hay ocasiones en que los clientes entran al local, pero la expresión es casi siempre la misma: huele muy mal”.
Iván Pérez, otro comerciante, asegura que “ha disminuido la pestilencia. Agrega que a diferencia de antes, cuando era “insoportable” caminar frente a su local, ahora puede transitar sin mayores malestares.
Manuel Barahona, un jubilado que camina cada semana hacia el hospital para atender su diabetes, afirma que ahora nota un cambio en su afluente. Se ve un poco más limpio.