Nación

Próximos al fin de los partidos liberales


Hace aproximadamente siete años publicamos un artículo en el cual nos referimos a la suerte de los partidos liberales y su evidente decadencia en Panamá. Efectivamente, los partidos liberales tienen hoy en Panamá la más triste figura que cabe imaginar. Sobrevivieron a punto para conquistar unas cuantas virtudes públicas, unos cuantos derechos sagrados ; lograron en lo esencial su intento, cumplieron su vida heroica, y hoy, perdida la juventud y la credibilidad, se obstinan en proseguir el mismo gesto, a pesar de que ya no cuentan con los hombres y mujeres que le dieron prestigio en el pasado, ni con el espíritu y las ideas que otrora normaron y honraron su comportamiento y realizaciones públicas.
Dicen que las ideas van muriendo en los recodos de la historia como mueren las especies zoológicas. Encienden revoluciones, informan los códigos, guías los corazones perplejos durante algún tiempo ; luego pierden su energía plasmante, se embota su capacidad de hostigar, desaparecen como fuerzas sociales. Durante la Edad Media, la idea socializadora pro excelencia, la matriz del orden social, fue la religión. Los hombres se aunaban, comulgaban, se socializaban en el dogma. Eran hijos de Dios y subordinados del rey, su representante en la tierra. De la misma manera, a lo largo del siglo XVIII y de modo cada día más definido y más contrapuesto, se fueron formando dos bandos : el de los que querían un cambio (los liberales) y el de los que no lo querían (los conservadores). Las liberales predominaron durante los siglos XVIII, XIX y parte del siglo XX, y a ellas se deben la proclamación de la "Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano" y los principios de "Libertad, Igualdad y Fraternidad".
Como dejamos dicho, en Panamá, la idea liberal va muriendo. Ni siquiera hay ya la idea republicana. Pero han llegado las horas nuevas (el año 2000 y el nuevo milenio), trayendo en sus odrecillos de peregrinación para ellos la vejez, y para otros la mocedad con la leyenda fresca de una política futura para la Nación panameña. La discreción les hubiera aconsejado a los viejos liberales una retirada o un cambio. Quiere el destino que los liberales, como los revolucionarios, parezcan ridículos cuando renuncian a hacer revoluciones. Esta ha sido la suerte de los partidos liberales panameños, que no han acertado a renovar sus programas, como dejamos anotado, sino que hallando blanda la paz y descansada la siesta, cada uno en su momento, se han entregado a la fruición burguesa.
En verdad, la conciencia nacional ha sido desorientada por hombres sin veracidad, exentos de filosofía, que nos han fingido una estúpida genealogía de semidioses. Pero, cuando la política panameña parecía cerrarse a todo optimismo, la misma situación confusa, el descreimiento y la frustración que padece el pueblo panameño, es decir, la crisis de credibilidad en los hombres públicos, en los políticos corruptos, ha abierto nuevas posibilidades, amplias perspectivas y ha ofrecido a la juventud un campo de esperanzas y un pretexto al entusiasmo para luchar por una Patria grande, por un Panamá nuevo, que se caracterice sobre todo, por la práctica permanente de la justicia social. Y aunque creemos que ningún régimen social es definitivamente justo -siempre la norma o idea de justicia reclama un más allá, un derecho humano aún no reconocido y que, por tanto, trasciende, rebosa en la Constitución escrita- el empeño, el esfuerzo en su búsqueda, es plausible, oportuno y necesario.
Es preciso que apartemos del liberalismo todo equívoco y que volvamos a hallar su simiente inmortal. Lamentablemente, por haberse olvidado demasiado de sí propio se ha dejado llevar durante 40 años (y más todavía, durante los últimos comicios de 1994 y 1999) a combates insignificantes, periféricos, y distraído en una política cutánea no ha sólido acordarse que latía, allá entre sus entrañas, el corazón inquieto de la Historia.
Hoy, en Panamá, está tan embotada la sensibilidad liberal que es casi una iniciación predicar el liberalismo como un deber moral, como el deber y el derecho de la libertad. Por todo lo dicho, por la realidad política que vivimos, lo poco que queda del liberalismo panameño tiene que decidirse a arrancar la política del país meramente utilitaria y regir su proa hacia el nuevo Panamá de los deberes morales, de las virtudes sociales. Sólo en función de ello, podría sobrevivir el liberalismo como doctrina política en Panamá.
El autor es pedagogo y diplomático.


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39159
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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