Washington - El sentido de historia y de los imperativos de dos familias políticas, los Bush y los Gore, marcan la campaña para la presidencia de Estados Unidos de una manera muy similar a la que predominó en la contienda por la presidencia en Panamá este año entre Mireya Moscoso y Martín Torrijos.
En ambos casos muchos analistas consideraron tan importantes los lazos ancestrales como las personalidades y las metas políticas de los candidatos.
Casi desde el momento en que Moscoso y Torrijos surgieron como rivales, la prensa de Estados Unidos prestó menos atención a la tradición arnulfista y al programa del PRD que a los "lazos afectivos" que unen a la actual presidenta hacia la memoria de su esposo, Arnulfo Arias, y la influencia que la trayectoria del general Omar Torrijos supuestamente ejercía sobre su hijo.
Asimismo, tanto los críticos demócratas del gobernador George W. Bush de Tejas, como el ala derecha de los republicanos que consideran "demasiadas flojas" sus credenciales de conservador, denuncian su campaña como una tentativa de establecer una "dinastía política" opuesta a la historia legal de este país.
El propio presidente Bill Clinton dejó deslizar una opinión similar con respecto a la candidatura del vicepresidente Al Gore cuando confió a un amigo que consideraba que la única razón por la cual éste postuló su candidatura para la presidencia fue "por complacer a su padre", el senador Al Gore, Sr. de Tennessee, quien falleció el año pasado.
El Presidente reconoció que la elección de Gore sería "decisiva" para continuar el legado demócrata de su gobierno, pero anotó que "Al es el hombre más introvertido que jamás ha entrado a la vida pública" y que "si no hubiese sido por su padre él habría optado por la carrera del profesorado o algo aún más solitario".
En este caso Clinton no ha hecho más que dar voz a la gran preocupación del campo de Gore--que su vicepresidente pinta una imagen demasiada rígida, formal que carece del fácil carisma que caracteriza al propio Clinton y aún al joven Bush.
Por otro lado, esa es la carta fuerte que está jugando el ex-senador Bill Bradley, quien fue una estrella del deporte del baloncesto cuando jugaba para los Knickebockers de Nueva York y que sabe dialogar con gran fluidez.
El contraste entre Gore y Bush es especialmente marcado en sus respectivas tentativas de ganarse el voto hispano, que en Estados como Texas y California puede tener un impacto decisivo para ambos.
Las tentativas de Gore de hablar unas frases en español cuando se dirige a públicos hispanoparlantes por lo general produce simpáticos aplausos, pero en muchas ocasiones causa risa porque su acento se parece demasiado a un comediante latinoamericano imitando a algún turista estadounidense tratando de hacerse entender en una tienda.
El español de Bush, por otro lado, es mucho más claro y retiene muy poco acento inglés, lo que es notable considerando que las notas que consiguió cuando estudió español en la universidad de Yale son poco envidiables. De todos modos, tanto por la simpatía que sabe generar en la comunidad hispana de Estados Unidos como por la labor a favor de los inmigrantes mexicanos en el estado de Texas, han puesto a Bush muy por encima de Gore en las encuestas efectuadas en esta comunidad, creando un potencial revés en la tradicional alianza que la comunidad "latina" de Estados Unidos ha tenido con los demócratas.
En este sentido Gore pasó por alto una gran oportunidad de ser el representante especial de Clinton para Latinoamérica, papel que el presidente le encomendó durante la Cumbre de Las Américas en 1994, pero que pasó a la historia porque se le ofreció un papel quizás políticamente más importante, que fueron las relaciones con Moscú.
Tampoco el equipo político de Gore se han mostrado especialmente interesado en asuntos hemisféricos, excepto cuando organizan reuniones con líderes de la comunidad latina. Pero cuando el prestigioso periódico Reforma de México solicitó una entrevista con el vicepresidente, sus asesores ni se preocuparon en responder.
Esta conducta contrasta con el apasionado interés por asuntos interamericanos del Senador Gore, quien siempre se perfiló como un aliado del pequeño grupo de legisladores que en los 50 y 60 promovían un mayor acercamiento y una política más progresista hacia Latinoamérica como los senadores demócratas Mike Mansfield y Wayne Morse y los republicanos George Aiken y Ralph Flanders.