Detrás de una enorme puerta de hierro hay un mundo donde el silencio, la alegría y la nostalgia encuentran lugar. Esos testimonios recorren los pasillos, salones y patios del Centro Femenino de Rehabilitación.
Vestidas con blusas en blancas, faldas cortas y pantalones se observan las detenidas sentadas sobre bancas instaladas bajo frondosos árboles, algunas conversan entre ellas y otras reciben a sus familiares y amigos en una amplia área habilitada con juegos mecánicos para la distracción de los infantes.
Pero, este lugar también es escenario de otras labores. Junto a una máquina de coser elaborando uno de los uniformes chocolates utilizados por unidades del Municipio de Panamá encontramos a Marta Cecilia Rivas, quien tiene 27 meses de estar detenida y todavía no ha ido a juicio.
Rivas contó que ella fue involucrada en una entrega de drogas. Tenía una peluquería donde se realizó el ilícito y por esto la detuvieron.
"Trato de ser positiva para no deprimirme... mi familia vive en Colombia y España no vienen a visitarme".
Más adelante, encontramos a otra reclusa, quien prefirió omitir su nombre. Está sindicada por homicidio y lleva seis años en prisión, pero todavía le faltan 12 para cumplir su condena.
Su llegada a la cárcel fue traumática. Al entrar se enteró de la terrible noticia de que habían matado a uno de sus hijos, su esposo la abandonó y hasta el momento no ha podido ir a la tumba del niño a colocarle siquiera una cruz.
Son historias conmovedoras las que allí se conjugan y en medio de ese panorama había quienes preferían mantenerse optimistas.
Su hija cumplirá 15 años y se lo festejarán en la piscina ubicada en Juan Díaz. A ella sólo le faltan algunos meses para volver a respirar la anhelada libertad.
Mientras esa mujer narraba su historia, otras querían lucir bien, por lo que se arreglaban el cabello. Veían televisión en los hogares (como le llaman a las instalaciones donde duermen y que tienen las comodidades de una casa), escuchaban música y se preparaban sus desayunos. Los hogares asemejan apartamentos.
En los camarotes se observan muñecas, peluches y toallas, algunos elaborados por ellas en el taller de costura.
Las detenidas del Centro Femenino de Rehabilitación dedican parte de su tiempo a la confección de artesanías y otras labores que les permiten distraerse y olvidar por un rato el sabor amargo del encierro.
Hacen llaveros que llevan impreso el escudo y la bandera de Panamá, así como vasos de vidrio decorados que son llevados luego a sitios turísticos para su venta.
La religión también toma fuerza allá, pues hay dos iglesias, una católica "La Capilla de Nuestra Señora de la Merced" y una evangélica.
Para los hijos de las detenidas se tiene habilitado un centro con juegos, libros de cuento, dibujo y camas con el propósito de que estos puedan jugar y recrearse.
Una de las organizaciones que desde hace más de dos años ha brindado servicios a este centro es la Fundación para el Apoyo Social Educativo.
Según Teresa Torres, uno de los miembros de la Fundación, se trata de un proyecto que intenta cambiar el futuro de las privadas de libertad una vez estén fuera.
Además, también están desarrollando un programa que incluye a los hijos de las privadas de libertad para alejarlos del mundo de la delincuencia.
Agregó que el dinero que utilizan lo recaudan de las actividades que realizan los cinco miembros que integran la Fundación
Las reclusas del Centro Femenino forman parte de los más de 11, 000 detenidos de las distintas cárceles del país.
Cuando reciben la visita de los medios, como en el caso de Panamá América, salta a la vista su deseo de desahogarse y contar a la sociedad que allá adentro, están intentado cambiar.
Testimonios del encierro
Las reclusas viven en lugares que asemejan una casa a las que se les conoce como hogares.