En una ceremonia muy emotiva, familiares y amigos vestidos de blanco despidieron al padre Pedro Marín.
Los antoneros dieron el último adiós al sacerdote consagrado a las comunidades y cuyas características eran la humildad y el amor al prójimo.
El cuerpo permaneció por unas horas en la casa del padre, luego en una caminata por las calles de Antón, con ofrendas florales, lo llevaron hasta la iglesia para iniciar, a las dos de la tarde, la misa y luego darle cristiana sepultura en el cementerio de Antón.
Mientras se mantenía el cuerpo en capilla ardiente, llovía en Antón, esto para los antoneros era la bendición del sacerdote que dejó un legado y una misión que había que cumplir: seguir trabajando por las comunidades y, sobre todo, por los campesinos que tanto necesitan.