Una chica muy bonita de un pueblo se enamoró de un apuesto joven del lugar. Producto de ese amor, nació un niño.
La joven estaba desesperada, cómo se lo explicaría a sus padres. Siendo así, decidió llevarlo al río y ahogarlo para evitar que su familia y la gente del pueblo se enteraran de su pecado.
Luego de ese acto, de acuerdo con la leyenda, Dios la castigó ejemplarmente. La convirtió en un monstruo: "la Tulivieja".
Sucede que existió alguna vez una enfermera que murió cuando intentaba cruzar la calle a la altura de lo que es hoy la Caja de Seguro Social, a pocos metros de Cuatro Altos. Hoy, aquellos que transitan por allí solos, a altas horas de la noche, experimentan la horrible sensación de llevar un pasajero al que no alcanzan a ver.
Otros, los menos afortunados, la ven y aún más, la convierten en una pasajera más luego que ella les pide un "aventón".
Así las define el sociológico Raúl Leis, aunque señala que la diferencia es que las historias del interior son contrarias a las urbanas. "En la ciudad nadie va creer en monstruos, fantasmas y en leyendas como la Tulivieja, la Silampa, Hombre sin Cabeza".
Leis aprovechó para contar entonces una historia con toque capitalino. "El violador del petate", ese hombre que andaba con un petate en donde violaba a las jóvenes.
A su juicio, "los personajes del campo son producto de la fantasía y las de la ciudad son de situaciones que pudiesen ser reales, es decir, de un hecho ocurrido".
Es como decir que las brujas no existen, pero de que las hay, las hay. Desde el punto de vista psicológico los efectos de las leyendas van más allá. "Afectan a los niños porque causan temor y ansiedad que se manifiestan con síntomas como falta de apetito, preocupación y bajo rendimiento académico, indicó Geraldine Emiliani.
Son los gestos y palabras lo que las hacen tan creíbles. Fechas como el martes 13 que se han convertido en días de temor y espanto.