Nación

Una ciudad para la gente

Transitar por las aceras de la antigua ciudad, se ha convertido en una odisea.


CARMEN CORRIÓ hasta la parada de buses, pero la ocupaba tanta gente que le resultó imposible evitar las gruesas gotas de lluvia que caían contra su cuerpo como una multitudinaria carga de semillas.
No sólo la mojaban, también la golpeaban.
Buscaba un lugar donde refugiarse, una esquina bajo un techo o la puerta de algún local para entrar y evadir el diluvio.
No se podía mojar.Hacía sólo tres días que la joven modista había casi superado una de esas gripes que algunos llaman "rompe huesos" y otros "asiática".
Por dos semanas había estado en cama, con fiebre, dolores en todo el cuerpo, tos y una amigdalitis, y su temor en ese momento era sufrir una recaída.
Pero por más que trató de arrimarse con fuerza a las muchas personas que ya habían copado la parada, el agua caía sobre su cuerpo con persistencia, en cantidad, y con tal frenesí, que poco a poco Carmen se fue abandonando a la realidad y comenzó a mirar a su alrededor.
Como en una cuidadosa investigación, recorrió cada espacio de los lugares de la avenida más próximos al grupo del que formaba parte.
Detrás de la parada contó unos cinco cajones con ruedas que contenían ropas, zapatos, chancletas, trastos domésticos.
Estaban cubiertos con un plástico transparente, grueso, que evitaba que la lluvia los dañara o se mojara la mercancía.
Unidos unos tras otros, formaban una especie de gran muralla imposible de saltar y por su tamaño casi cubrían la cuadra.
Eran de propiedad del almacén que estaba al fondo, perdido en medio de más cajones y un gran número de letreros rojiblancos que, desde el año anterior, anunciaban el mismo baratillo.
Luego miró hacia la calle donde una corriente de agua propicia para estimular hidroeléctricas se había subido a la acera, hasta inundar literalmente los zapatos de los que hacían parte del grupo de la joven costurera.
En eso estaba cuando un veloz autobús les lanzó un fuerte golpe de agua que pareció ser la culminación del triste espectáculo.
Escuchó entonces el desenfreno del agua sobre la calle, el ruido de los motores de los autos subiendo por las paredes de la avenida, y los pitos de los buses saturando la existencia.
Carmen se rindió, se fue separando del grupo y tomó posición a unos cuatro pasos del mismo, totalmente empapada, con gruesas gotas corriéndoles rostro abajo, cabello adentro...y el hilo líquido que le corría por la columna le hizo sentir toda su humanidad inundada.
"Parece mentira -se dijo ensimismada- estamos en una ciudad donde el peatón es un intruso, una ciudad de carros y puestos comerciales, donde los almacenes se toman las aceras y los buses no respetan las paradas".
Bajo la lluvia torrencial, a su delgado y frío cuerpo se pegaba transparente su traje verde, en los pies se le deshacían sus zapatos negros y, bolsas en mano, parecía un monumento torturado e indiferente que fijaba la mirada a lo largo de la avenida gris y estrecha.
Así, reclamó para sus adentros: "una ciudad para la gente, por favor, que la ciudad sea de la gente, que nos proteja de la lluvia y nos ponga a salvo, que no naveguemos como intrusos, sobre este tapiz de asfalto, de cemento y abandono".
"Parece mentira -se dijo ensimismada- estamos en una ciudad donde el peatón es un intruso, una ciudad de carros y puestos comerciales, donde los almacenes se toman las aceras y los buses no respetan las paradas".


fecha edicion
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180719
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América