¿Podemos los panameños dormir tranquilos con el paso de material radiactivo por el Canal de Panamá?, preguntó en Manchester, Inglaterra, el periodista. "Sí, sí, por supuesto que sí", contestó categóricamente Allastair Brown, jefe de Operaciones del Transporte de la empresa británica British Nuclear Fuls (BNFL).
Ante las duras críticas de grupos ambientalistas panameños y extranjeros por el paso de buques con material radiactivo por el Canal, las empresas BNFL, COGEMA y la Pacific Nuclear Transport Limited (PNTL) abrieron a periodistas nacionales sus instalaciones en el Reino Unido y Francia para que conocieran sus medidas de seguridad.
Las reglas eran claras: los periodistas podían preguntar sin ambages sobre las medidas de seguridad de estas empresas y el porqué los ambientalistas le han endilgado a sus buques calificativos tan fuertes como "Chernobyl flotantes" y "Los barcos de la muerte", entre otros.
Los ejecutivos de BNFL iniciaron su defensa esgrimiendo un argumento que, según ellos, echaba por tierra estos calificativos apocalípticos. Los mismos desechos que transitan tres o cuatro veces al año el Canal, viajan diariamente y sin medidas de seguridad extraordinarias por calles, mares, aire y rieles de varios países de Europa.
Además, las plantas que procesan estos materiales están ubicadas a escasos kilómetros de ciudades muy pobladas y sus herméticas medidas de seguridad se abren periódicamente a estudiantes y otros visitantes con fines didácticos.
Luego de plantear esto, Allastair Brown miró fijamente al periodista de El Panamá América y siguió con su respuesta: "Nosotros, nuestros empleados y sus familias, así como nuestras autoridades duermen tranquilos al procesar este material, por las medidas de seguridad".
Hablar de la actividad nuclear en el mundo se ha convertido en algo cotidiano. Esta industria va en franco crecimiento, al punto que hay 2,569 plantas nucleares que producen el 16% de la electricidad que consume el planeta.
De la totalidad de estas plantas, 799 están ubicadas en ciudades de Estados Unidos y producen entre el 20 y el 30% de la energía eléctrica que genera este país.
Mientras que en Europa, por ejemplo, Francia usa un 80% de electricidad proveniente de plantas nucleares. En Latinoamérica, Argentina, Brasil y México producen energía a través de estas plantas.
La generación de electricidad mediante energía nuclear es más rentable, al punto que un kilovatio de ésta es 10% más barata que la producida por combustible.
En algunas ciudades de Europa el miedo a estas instalaciones ha sido superado de tal forma que, incluso, los políticos luchan por ganar su sede para que la comunidad goce de sus beneficios.
La superación del miedo se ha hecho rompiendo la idea entre la ciudadanía de que la industria nuclear sólo tiene que ver con destrucción, como pasó en la Segunda Guerra Mundial o con desastres como el de Chernobyl.
Los ejecutivos de la BNFL alardearon de que en sus instalaciones "nunca" se han registrado accidentes que tengan que ver con fuga de radiación y que, además, en su planta de La Hague, en Cherburgo, Francia, trabajan mujeres en estado de embarazo, sin que esto represente un peligro para ellas o sus niños.
Aseguraron que la PNTL (propietaria de los barcos que pasan el Canal), es la compañía más experimentada del mundo en el transporte de combustible nuclear usado y residuos vitrificados.
Esta empresa ha transportado más de 4 mil embalajes y recorrido 4.5 millones de millas "sin registrar accidentes con emisiones radiactivas". El transporte por vía marítima de materiales nucleares se realiza desde la década de los sesenta.
Destacaron que los buques que transitan el Canal tienen la "máxima clasificación de seguridad" de la Organización Marítima Internacional (OMI) y cumplen con los "exigentes" estándares de la Organización Internacional de Energía Atómica.
Cada pieza o equipo de estos buques tiene un repuesto a bordo listo para ser usado en cualquier momento, con el fin de evitar que un daño paralice la travesía y ponga en peligro la carga.
La tripulación está compuesta por 26 personas altamente preparadas. Los ejecutivos de PNTL citaron como ejemplo de la seguridad de sus instalaciones, que cuando los barcos regresan de sus travesías, se organizan días familiares con la tripulación en estos buques.
A pesar de que no están artillados y nadie a bordo porta armas, los buques tienen un exigente sistema tecnológico antiterrorismo.
Los buques que transitan el Canal transportan contenedores con embalajes tipo B, capaces de soportar duras pruebas que demuestran su resistencia a impactos severos, fuego e inmersión.
La BNFL afirma que los cilindros que transportan estos productos han sido sometidos a choques con trenes a gran velocidad y a altas temperaturas, sin sufrir daños.
Indica que los buques tienen un doble casco capaz de soportar un choque de otro barco de 30 mil toneladas de peso a una velocidad de 15 nudos, sin que el impacto llegue a los depósitos de carga. Estos buques han sido modificados para cumplir esta tarea y su costo oscila entre los 20 y 30 millones de dólares.
Un equipo de científicos nucleares está en alerta constante las 24 horas del día para atender en pocas horas una emergencia que se produzca en alguno de los barcos que transporta este material radiactivo, en cualquier parte del mundo, incluyendo Panamá.
La PNTL mantiene contratos firmados con expertos en rescate que operan en todos los países por donde pasan sus barcos.
Cada dos horas estos barcos emiten una señal indicando el lugar exacto en que se encuentran y el estado de su maquinaria.
En alta mar todas las puertas de acceso a lugares sensibles o a las bodegas de carga están cerradas para evitar alguna incursión no autorizada.
Además, estas naves tienen un sistema especial para detección y extinción de incendios. En caso de que se registre un siniestro de gran magnitud, se pueden inundar todos los depósitos de carga y los barcos seguirán a flote, asegura la PNTL.
Según las empresas que tienen que ver con este material radiactivo, por el Canal transitan diariamente cargas más peligrosas, como combustibles, sustancias químicas y hasta productos comestibles, y la ciudadanía ni siquiera se entera.
Con las medidas de seguridad que exigen organismos internacionales y la supervisión de los grupos ambientalistas, la producción, transporte y destrucción de estos peligrosos materiales debe ser más segura, para que todos "podamos dormir tranquilos".
¿Por qué reciclar estas sustancias peligrosas? Sencillo, el combustible nuclear después de 3 ó 4 años de estar en un reactor pierde el calor indispensable para producir electricidad, por lo que es necesario reprocesarlo con el fin de rescatar el material que todavía puede ser usado y que suma el 97%.
El residuo nuclear que queda como consecuencia de este proceso (el 3%) es vaciado en unos embalajes especiales y tratados bajo el proceso denominado vitrificación. Esto consiste en separar el residuo del combustible, el cual es altamente radiactivo, y transformarlo en una estructura sólida de vidrio.
En Europa existen dos plantas de reprocesamiento de este material, una operada por COGEMA en La Hague y la otra en Sellafield, Inglaterra, manejada por la BNFL.
Los desechos producidos por estas plantas, considerados como "material peligroso", es el que transita por el Canal desde Europa hacia Japón, país que tiene la obligación de guardarlos en forma segura.
En Japón, estos residuos son almacenados en la localidad de Rokkasho-Mura por un periodo de entre 30 y 50 años, antes de ser transferidos a un depósito final.
Cada travesía de un buque de la PNTL desde Europa hasta Japón, pasando por Panamá, dura entre seis y ocho semanas.
Este material es transportado cumpliendo con el exigente código de seguridad CNI y además se utiliza el sistema llamado "Seguridad a profundidad", que establece barreras independientes entre el material radiactivo y el medio ambiente.
Este sistema abarca el residuo vitrificado sólido, el recipiente de acero inoxidable que contiene los desechos nucleares, el embalaje especial que lleva los recipientes y la protección que tienen los buques con sus dobles cascos reforzados.
En caso de que este material cayera al agua, el mismo se mantendría sólido y no se dispersaría en el medio ambiente, como aseguran los ambientalistas. Estos residuos no tienen características explosivas.
El Organismo de Ciencia y Tecnología de Japón determinó que en caso de que este material cayera al lecho marino por un largo periodo de tiempo, "la máxima exposición al público podría ser mil veces menor que los niveles de radiación encontrada en el ambiente natural".
Esto entra en contraposición con lo que dicen los ambientalistas de que si alguno de estos barcos sufre un accidente en el Canal de Panamá y su carga cae al lago Gatún, además de afectar el medio ambiente por muchos años, envenenaría el agua que usa la ciudad de Panamá.
No obstante, la BNFL tiene un fondo para indemnizar a cualquier persona que resulte afectada por un accidente relacionado con esta carga, la cual sería tramitada en base a lo que establece la Convención de Viena sobre este particular.
A bordo de los barcos de la PNTL hay una sala de salud que monitorea diariamente los porcentajes de radiación existentes en el aire de la nave y el personal, y de acuerdo con la empresa, nunca se han registrado casos de intoxicación de la tripulación.
La empresa sostiene que el Ministerio de Transporte del Reino Unido audita sus barcos y los resultados de estas gestiones son públicas, incluso para los ambientalistas.
Una industria segura, pero con muchos críticos
La misma carga peligrosa que pasa por el Canal viaja a través de carreteras, trenes, barcos y aviones en toda Europa y EU.