Nación

Una rigurosa restauración


En los más de 175 años de historia, el edificio Bolívar, ubicado en el barrio de San Felipe, ha sido objeto de intensos cambios como ocurre en la actualidad, donde se avanza rápidamente en su restauración arquitectónica que albergará próximamente la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores.
El desarrollo de las obras de lo que fuera hasta hace algún tiempo el Instituto Bolívar, están programadas culminar en los próximos meses, coincidiendo con el centenario de la fundación de la república, en el mes de noviembre.
Entre las razones que validaron el proyecto se indicó que es parte del esfuerzo del Gobierno para revitalizar el Casco Antiguo.
Entre las innovaciones del edificio, donde funcionará la nueva Cancillería, figuran el nuevo pabellón Centenario, que tendrá una ubicación con vista al mar; dos niveles de estacionamientos; la Plaza de Los Libertadores, cubierta con un techado transparente y en su centro la fuente “Rosa de los Vientos”.
Toda esta obra ha sido sometida a rigurosos estudios a fin de no causar efectos negativos en la estructura de este patrimonio histórico.
Esta iniciativa surgió en 1995, cuando se promovió ante la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), la incorporación del Salón Bolívar a la lista del Patrimonio Mundial.


Al suscribirse la Carta de Entendimiento con UNESCO para incluir dicho aposento, sede del Congreso Anfictiónico en 1826, al rango de Patrimonio de la Humanidad, el Gobierno se comprometió a trasladar el Instituto Bolívar y luego mudar la Cancillería desde Quarry Heights, en el Cerro Ancón a San Felipe.
Estas instalaciones se convertirán, además, en custodio seguro y fiel de las Actas del Congreso Anfictiónico de 1826, tras la restauración y adecuación de la Sala Capitular del Convento de San Francisco, ahora Salón Bolívar ubicado en estas estructuras.
A la custodia de esta importante reliquia se suma una réplica de la espada del Libertador, obsequiada por el presidente venezolano Hugo Chávez.


El docente Edilio Membache, emberá de 25 años y siete de servicio, es uno de los seis maestros de la escuela del pueblo. El atiende 23 estudiantes de quinto y sexto grado del turno diurno. Es maestro multigrado y "no es nada fácil", indica.
En sus primeros años, luego de graduarse, dictó clases en la comunidad fronteriza de Manené, a pocas horas de Colombia. Se trata de un poblado a unas seis horas de La Palma, cabecera de la provincia. La travesía exige viajar primero por mar y luego por el río Balsa, de acuerdo a la marea.
"Es muy diferente a los unigrados porque mientras se pone a trabajar a un grupo se empieza con el otro. Siempre se debe mantener ocupado a uno de los dos"... explica.
Es joven y como tal reconoce que ha sido una tarea muy difícil. Ahora, luego de tanto tiempo, el asunto "es más sencillo", pero no deja de ser "muy comprometido". "Yo dedico todo el tiempo posible a los niños". Tan es así que aún no piensa en casarse. "Tengo 23 hijos que cuidar" y ríe.
La educación en estas áreas inaccesibles es un privilegio de pocos. Terminada la primaria inicia el dilema de los padres de si la decisión correcta será enviarlos a la secundaria.
Sin solvencia económica y con apenas lo necesario para vivir, en ocasiones no hay opción. Los muchachos se educan "hasta donde se puede", manifiesta Membache.
En los emberá - wounaán la realidad es muy similar a la de los ngöbe buglé, tal como pudo observar El Panamá América durante un reciente recorrido por la comarca en Veraguas.
Los niños parten de sus casas los fines de semana e inician solos una nueva vida. Miles de sacrificios con el único propósito de ser alguien.
En aquella ocasión el equipo periodístico conversó con jóvenes de 11, 12 y 13 años, que un viernes, retornaban a su hogar después de una semana de labores. El domingo estarían de regreso en "su casa temporal" caminando hasta ocho y nueve horas.
En Darién otro factor incide en la continuación de los estudios. Las escuelas cercanas, concluida la primaria, se ubican a más de dos horas de camino en el mejor de los casos.
Nada imposible si se dispone de un buen vehículo que confronte las adversidades de la carretera o tal vez, como sucede en la ciudad, un colegial o un carro particular. Mucho pedir para esta provincia.
Son los propios niños los que a veces optan por no seguir o por el contrario los padres no soportan que los hijos sigan asistiendo a clases con hambre, mal alimentados. Las labores agrícolas del padre son en determinado momento una salida más rápida y de ingresos económicos a corto plazo.
Los que eligen hacer la batalla, continúa Membache, deberán soportar por añadidura la carencia de textos.
Aunque el maestro precisó que por fortuna, en estos momentos cuentan con las donaciones del Programa Pro Niños de Darién y del Ministerio de Educación, de lo contrario el sentido altruista del docente sale a relucir.
"Con nuestras quincenas compramos material didáctico porque eso sí no nos lo da el Ministerio de Educación (MEDUC)", aclara.
La estructura de la escuela de Arimae está en sus peores condiciones. Goteras y paredes rajadas son la nota característica y los cuatro salones se quedaron pequeños para el número de estudiantes, describió Membache mientras los mostraba. "Ya se lo comunicamos al MEDUC para que tome las medidas".
Los indígenas de estas regiones son hombres decididos que caminan a la par de mujeres emprendedoras. Viven con lo que les provee su medio ambiente, pero reciben bien las innovadoras iniciativas que les benefician, a ellas y sus familias.
Precisamente durante nuestra visita las emberás de Arimae recibían un curso de costura impartido por profesionales del Fondo de Inversión Social (FIS).
Estaban aprendiendo a hacer parumas con máquinas de coser (vestido tradicional de la india emberá - wounaán), pantalones para los hombres y camisas.
En tanto, personal del Ministerio de la Juventud, la Niñez, la Mujer y la Familia, las adiestraba sobre la construcción de estufas.
Otros poblados indígenas, como Pueblo Nuevo, han formado parte de la iniciativa. En esa ocasión fueron unas 22 las participantes, esta vez 21, según dio a conocer la instructora Felicia Gudiño.
"Son gente con muchas ganas de aprender pero necesitan ayuda". Material y herramientas para seguir las clases, a eso se refiere.
Y mientras llegue algún día esa ayuda, Abilda, Casiana y otras mujeres del pueblo seguirán hilando felices las agujas de las máquinas para terminar los uniformes de la escuela o las camisas para los esposos, antes que caiga la noche.

 

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126917
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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