EL Centro de Cumplimiento de Menores, en Tocumen, no es una cárcel. Por ley no puede serlo, pero se parece mucho. No es una prisión, pero tampoco un parvulario, explicó su director César Díaz, quien confesó haber usado la fuerza del "garrote" para controlar una reyerta. Pero eso es cosa del pasado, pues el grado de violencia ha bajado considerablemente.
El centro, con una extensión territorial de dos hectáreas, está rodeado de interminables espirales de alambre de seguridad y lo complementan varios agentes policiales y custodios. Estos últimos no usan armas.
No hay que dar ni una sola oportunidad a la tentación, pues ellos son como "conejos", advierte Díaz, quien el 24 de octubre enfrentó una fuga masiva, a consecuencia del poco personal de custodia que trabaja en la entidad.
La mayoría de los internos del Centro de Cumplimiento de Menores proviene de barrios marginados. Para ellos, el miedo no tiene límites y los excesos no tienen fronteras. "Menos dejarme de nadie", dice "Calito", de 17 años, mientras ocupa su tiempo dibujando una calavera en los muros de su celda.
A "Calito" muy pocas veces lo dejan salir a tomar aire fresco, pues su vida corre peligro. Él pertenece a una banda del área de Santa Ana y purga condena por homicidio. Se conoció que "su cabeza tiene precio".
En este centro todos conviven con reglas no escritas. Los cuartos son estrechos y oscuros. Los pasillos parecen laberintos y aunque el centro es un correccional para menores, sus gruesos candados retumban con la misma fuerza que los de una cárcel de adultos.
"Esto no es vida, pero bueno uno aprende si no a la primera, a la segunda o a la tercera", comentó "Bebisín", quien ha delinquido como si hubiese querido batir un récord de criminalidad. Es la primera vez que lo encierran por un robo a mano armada y con una carcajada natural, confiesa que se fugó y mató a un chico de una banda contraria en Samaria, por "ginalear" (rofear) a los "manes" (amigos).
"Aquí no te reformas, lo que hay es que jugar vivo", susurró, este chico de 17 años que lleva un año encerrado y no recibe visitas de sus familiares.
Al respecto, el director del Centro acotó que "el trabajo para cambiar a estos chicos se está haciendo", pero dejó claro que no son responsables si no logran su propósito, pues fue la sociedad la que los llevó allí. "Son muchachos que vienen con dificultades y es muy difícil mejorar sus conductas, pero tratamos de hacerlo", acotó.
Vociferar que en el Centro de Cumplimiento de Menores todo es malo, es injusto. "Calitín" esperó ansiosamente este día por varios años. Hoy quedará en libertad y en su rostro, ya no hay pistas de aquel arrebato cuando abusó de una menor.
Durante su cautiverio, aprendió soldadura y por buen comportamiento, le dieron libertad condicional. Confiesa que la vida le dio una mala jugada cuando tuvo relaciones con esa chica, quien era su novia. "Calitín" parece que está en paz consigo mismo y en su breve conversación, mencionó el nombre de su mamá más de 5 veces.
"En vida, esto no es para mí y menos para mi mamá que nunca me dio la espalda", expresó con una dulzura, mientras levantaba la mano para saludar a uno de sus amigos, quien regresaba a su celda después de recibir una clase de Ciencias Naturales.
"Calitín", uno de los pocos chicos que no está tatuado, siente gran admiración por Díaz que lo respaldó y aconsejó en todo momento; y en lo que estuvo en el penal reafirmó su fe en Dios.
Viven entre la maldad y el arrepentimiento
En el mismo lugar coinciden jóvenes que no se arrepienten de sus delitos y otros que quieren reintegrarse a la sociedad.