10 de noviembre: fecha de todos
Al margen de las comprensibles y bien intencionadas argumentaciones de corte comercial que esgrimen algunos apologistas de los bautizados "días-puente", producto quizás, del clima sociosicológico de hogaño que, a más de deshumanizarnos nos lleva de la mano al torbellino de la más hobbesiana competitividad, haciendo del istmeño un autómata del más alquitarado consumismo y, lo más lamentable, apoltronándonos con beatífica tranquilidad en la ratonil butaca de la tribal resignación. En fecha precedente dejamos, en esta misma sección periodística, constancia razonada y emocional de nuestro sentir acerca de la intempestiva, equivocada e inconsulta decisión legislativa de trasladar o metamorfosear la celebración del emblemático y glorioso 10 de noviembre, como si la identidad nacional o los símbolos patrios caminaran en la misma y fatal dirección de los dinosaurios o pudieran mercantilmente prorratearse. Aprendimos en las aulas primarias chitreanas que no existe razón ni biológica necesidad para despojar a la Patria del sagrado atavío que la cubre, para enjaezarla cortesanamente de joyas y oropeles relucientes; hacerlo, además de irreverente irrespeto por nuestra historicidad, delata dolorosamente la esterilidad de nuestros sentimientos patrióticos.
Inferimos que la falta de visión de conjunto como la particularísima y estamental cosmovisión de algunos, conduce, no obstante lo que se diga o aparente, a subvertir valores, estimando unos, delictivo, lo que otros sentencian conservadoramente moralizador, aficionándose a la placentera música de los "pesos" sin orden ni concierto y, lastimoso, a juzgarse y juzgar todo y a todos según el espesor de las faltriqueras; raudos, también, a endomingarse para festejar henchidos de orgullo "la consagración del Pontífice cualquiera", a decir de la exquisita pluma rodosiana. No olvidemos, es dogma de fe, que la Patria, como Dios, es una, y así como "El verdadero siervo de Dios no conoce más patria que el Cielo" (S. Felipe Nery), igualmente, el interiorano más recóndito e iletrado entiende y pondera que: "La Patria son los viejos senderos retorcidos que el pie, desde la infancia, sin tregua recorrió...". Asimismo y compartimos, distinguidos legisladores, tiempos difíciles, enrevesados, transitivos, ambiguos, esencialmente, paradójicos, pero "no nos comportemos como elefantes en una tienda de porcelana".
Señores legisladores, el tiempo, los hombres y las circunstancias han demostrado que el propósito que motivó aquel acto parlamentario, vigorizar la maltrecha economía rural; careció y ayuna de ecuménicos y auténticos resultados. La histórica e inhumanamente olvidada economía interiorana, la marginalidad campesina y obrera, como la infame y galopante desnutrición infantil y el progresivo desempleo, no se resuelven con los mendrugos que caen de la mesa, que harapientos niños se disputan con los perros y gatos. Pueriles e histriónicas soluciones, preñadas, aunque no haya sido el espíritu, de ofensa y delación, que se airean como grandes remedios de muchos cuando verdaderamente orean a pocos. ¿Acaso ignoran los usufructuarios de la riqueza nacional que el real escollo que motiva el subdesarrollo interiorano es el desequilibrio socio-económico y espacial que divide al Istmo en dos jirones culturales históricamente contrapuestos. Señores legisladores, ¿qué porcentaje de la bonanza transístmica se traslada a la miseria interiorana, cuáles ventajas substanciales hemos derivado del internacionalizado "Pro Mundi y Beneficio" canalero? Señores legisladores, ¿cuánto dinero destina la banca privada, atragantada de somníferos dólares, en el desarrollo agropecuario y turístico de las zonas rurales empobrecidas? No nos vengan con "días-puente" ni con almibarados caramelos; hay que cristianizar la economía nacional.
Respetados legisladores, de vuestro propio seno, de las entrañas del cemento parlamentario, del corazón de la democracia panameña, sin presiones ni requerimientos ejecutivos, con la rectificación que enaltece a los hombres humildes y sensatos, debe emerger digna y expiatoria la ley que revoque los "días-puente"; sin remordimientos ni hálito derrotista, aunque siendo consciente de que un acto de contrición, por reparador y noble que sea, no borra el pasado, pero, en esta perspectiva, da vida a la razón de ser de esa necesaria institución: acatar los designios del soberano pueblo. En nuestro quehacer azuerense tenemos la responsabilidad ciudadana y genealógica de preservar nuestro pretérito: el Grito Santeño es un hecho histórico irreversible e irrefutable y sus próceres, egregias, fecundas y valientes figuras.
Finalmente, compatriotas legisladores, cuando se espiguen con mano cautelosa las fuentes documentales que permitan conocer los antecedentes, los hechos y la conducta de los señores capitulares santeños, que dieron esencia y forma al acto libertador interiorano que alcanza su apoteosis la memorable noche del 10 de noviembre de 1821 y se les comparen con los acontecimientos similares que se produjeron en la ciudad de Panamá los días 27 y 28 del mismo mes y año, admiran la trascendencia y el sentido de esta petición; advertirán cuánto coraje, hidalguía y espontaneidad ciudadana define a la gesta heroica santeña, basta revisar las Actas de Adhesión de los "Pueblos libres de Pesé y Pedasí" para corroborar lo dicho; en cambio, y sin ánimo de ofender ni irrespetar, cuánto temor, acomodada tibieza y sazonada circunspección exuda la otra. La burguesía rural y el pueblo llano interiorano entregaron aquel 10 de noviembre de 1821 a sus homólogos urbanos la pala del trabajo y la cornucopia del progreso que usufructúan hoy; pero, sobre todo, que los "novicios" santeños no tuvieron que prorratear la lealtad de la oficialidad hispánica para proclamar la ansiada libertad. Y parodiando al inmortal Unamuno digo: "Yo he dicho mi verdad, y es ya cosa mía si es o si llega a ser verdad de otros".
Inferimos que la falta de visión de conjunto como la particularísima y estamental cosmovisión de algunos, conduce, no obstante lo que se diga o aparente, a subvertir valores, estimando unos, delictivo, lo que otros sentencian conservadoramente moralizador, aficionándose a la placentera música de los "pesos" sin orden ni concierto y, lastimoso, a juzgarse y juzgar todo y a todos según el espesor de las faltriqueras; raudos, también, a endomingarse para festejar henchidos de orgullo "la consagración del Pontífice cualquiera", a decir de la exquisita pluma rodosiana. No olvidemos, es dogma de fe, que la Patria, como Dios, es una, y así como "El verdadero siervo de Dios no conoce más patria que el Cielo" (S. Felipe Nery), igualmente, el interiorano más recóndito e iletrado entiende y pondera que: "La Patria son los viejos senderos retorcidos que el pie, desde la infancia, sin tregua recorrió...". Asimismo y compartimos, distinguidos legisladores, tiempos difíciles, enrevesados, transitivos, ambiguos, esencialmente, paradójicos, pero "no nos comportemos como elefantes en una tienda de porcelana".
Señores legisladores, el tiempo, los hombres y las circunstancias han demostrado que el propósito que motivó aquel acto parlamentario, vigorizar la maltrecha economía rural; careció y ayuna de ecuménicos y auténticos resultados. La histórica e inhumanamente olvidada economía interiorana, la marginalidad campesina y obrera, como la infame y galopante desnutrición infantil y el progresivo desempleo, no se resuelven con los mendrugos que caen de la mesa, que harapientos niños se disputan con los perros y gatos. Pueriles e histriónicas soluciones, preñadas, aunque no haya sido el espíritu, de ofensa y delación, que se airean como grandes remedios de muchos cuando verdaderamente orean a pocos. ¿Acaso ignoran los usufructuarios de la riqueza nacional que el real escollo que motiva el subdesarrollo interiorano es el desequilibrio socio-económico y espacial que divide al Istmo en dos jirones culturales históricamente contrapuestos. Señores legisladores, ¿qué porcentaje de la bonanza transístmica se traslada a la miseria interiorana, cuáles ventajas substanciales hemos derivado del internacionalizado "Pro Mundi y Beneficio" canalero? Señores legisladores, ¿cuánto dinero destina la banca privada, atragantada de somníferos dólares, en el desarrollo agropecuario y turístico de las zonas rurales empobrecidas? No nos vengan con "días-puente" ni con almibarados caramelos; hay que cristianizar la economía nacional.
Respetados legisladores, de vuestro propio seno, de las entrañas del cemento parlamentario, del corazón de la democracia panameña, sin presiones ni requerimientos ejecutivos, con la rectificación que enaltece a los hombres humildes y sensatos, debe emerger digna y expiatoria la ley que revoque los "días-puente"; sin remordimientos ni hálito derrotista, aunque siendo consciente de que un acto de contrición, por reparador y noble que sea, no borra el pasado, pero, en esta perspectiva, da vida a la razón de ser de esa necesaria institución: acatar los designios del soberano pueblo. En nuestro quehacer azuerense tenemos la responsabilidad ciudadana y genealógica de preservar nuestro pretérito: el Grito Santeño es un hecho histórico irreversible e irrefutable y sus próceres, egregias, fecundas y valientes figuras.
Finalmente, compatriotas legisladores, cuando se espiguen con mano cautelosa las fuentes documentales que permitan conocer los antecedentes, los hechos y la conducta de los señores capitulares santeños, que dieron esencia y forma al acto libertador interiorano que alcanza su apoteosis la memorable noche del 10 de noviembre de 1821 y se les comparen con los acontecimientos similares que se produjeron en la ciudad de Panamá los días 27 y 28 del mismo mes y año, admiran la trascendencia y el sentido de esta petición; advertirán cuánto coraje, hidalguía y espontaneidad ciudadana define a la gesta heroica santeña, basta revisar las Actas de Adhesión de los "Pueblos libres de Pesé y Pedasí" para corroborar lo dicho; en cambio, y sin ánimo de ofender ni irrespetar, cuánto temor, acomodada tibieza y sazonada circunspección exuda la otra. La burguesía rural y el pueblo llano interiorano entregaron aquel 10 de noviembre de 1821 a sus homólogos urbanos la pala del trabajo y la cornucopia del progreso que usufructúan hoy; pero, sobre todo, que los "novicios" santeños no tuvieron que prorratear la lealtad de la oficialidad hispánica para proclamar la ansiada libertad. Y parodiando al inmortal Unamuno digo: "Yo he dicho mi verdad, y es ya cosa mía si es o si llega a ser verdad de otros".