13 de Marzo
Hay páginas en la Historia imborrables. El asalto al Palacio Presidencial, el 13 de marzo de 1957, con el propósito de ajusticiar al dictador Batista, constituye un hito de esa categoría. José Antonio Echeverría, máximo dirigente estudiantil en la lucha revolucionaria, apenas con 24 años de edad, organizó y ejecutó aquella hazaña, a punto de alcanzar su objetivo. Su inmolación e intensa trayectoria insurreccional se proyectaron en la más profunda convicción de los principios de un pueblo que luchaba denodadamente por su libertad, y la más definida justicia social, conculcadas desde el inicio de la República.
Sólo una personalidad de valentía y tuerza inconmensurable, en un período sumamente corto, fue capaz de aportar a una generación, aquél ejemplo lleno de pureza, de confianza en el futuro. Aquella acción que sorprendió totalmente al régimen, y sus mandos superiores, definió de una vez y por todas, la estrategia de la lucha armada.
La Universidad Nacional, y los centros medios de la enseñanza, es decir, el estudiantado, la juventud, siguieron el ejemplo, abrazó la causa, y abandonaron los libros para tomar las armas. Los combatientes y mártires se multiplicaron a lo largo y ancho del país.
José Antonio se convirtió en una bandera real para alcanzar la victoria. El pueblo cubano se conmovió ante aquel joven que desde la colina universitaria, en las calles de cuanto espacio pudiera alcanzar, de centros estudiantiles, en efemérides históricas, coyunturas políticas o insurreccionales, hacía el llamado, y enfrentaba la represión sin límites, en la primera fila. Con esas armas, las más poderosas, movilizó la rebeldía nacional, extendida a ciudades, y pueblos en el ámbito rural.
La columna guerrillera José Antonio Echeverría, en el centro de la Isla, junto a otras que fueron creciendo en los combates, nominadas con los mártires del Directorio Revolucionario, su organización con la que atacó el Palacio Presidencial, continuaron la trayectoria de vencer o morir.
Cuba alcanzó en distintas coyunturas históricas respresentantes de la juventud de tal magnitud, cuyas epopeyas no pueden resumirse.
En su deambular latinoamericano se incorporó en el frente Santa Rosa, en Costa Rica, con la invasión de Somoza. Asistió a la Conferencia Latinoamericana de Estudiantes, Cosec, celebrada en Santiago, Chile, en 1956; y a su paso por Panamá, se reunió con los dirigentes de la FEP. En la patria de Juárez y Morelos, hizo contacto con los dirigentes universitarios y firmó el Pacto de México, con Fidel, consagrando la unidad revolucionaria.