15 centésimos más cerca del carnival
Pasé todos los días del carnaval en la ciudad de Panamá. La olí, la sentí y lo mejor que pude hacer en dos años de estar aquí: La anduve. Vi sus calles poco congestionadas. Todo estaba tan cerca y pude comprobar la teoría del abuelo de una amiga que dice que todo en Panamá está a 15 minutos. También estuve cerca de eventos multitudinarios, de cantantes de nuestra Latinoamérica con sus voces y orquestas inigualables. Más cerca aún me quedó Panamá con su alegría y la soltura de la gente para "carnavaliar" y vi miles de dólares convertidos en fuegos artificiales.
Fui al cine varias veces con alegría de niño y mordí las manzanas rojas acarameladas que se venden en la calle; probé carne en palito; millos, sodas, cervezas; me sentí Gargantúa o Pantagruel. La policía me pidió papeles como en París en el Foro Social Europeo de 2003 y me sentí un san papiers; sin embargo, eso no me molestó; de hecho tuve cierta sensación de placer y de seguridad, mezcla carnavalesca, ¿quizás? También vi la policía puesta en orden, pero creo que no les caería nada mal un poco de cortesía y amabilidad. En nada riñe la buena educación con el cumplimiento del deber y menos la fuerza cuando es necesaria.
Estuve de cerca de las ventas ambulantes, de su humo, de los chorizos y las longanizas en las parrillas; de la gente con sus "culers", del antiguo carro de la Cruz Roja estacionado en la tarima principal de Vía España y que cumplió cabalmente con su función. Estuve apretujado y empujado; pisoteado con satisfacción y sin disculpas; estuve bailando a mis 40 años como un adolescente de 15 años. Me sentí feliz de no morirme de tedio; sentí de cerca este pueblo. Estuve seguro de que no me pasaría nada, sólo cuando iba a algún baño público -que fueron pocos - para evacuar parte de los miles de litros de cervezas que dejamos en las aceras, en los rincones de los comercios de la Vía España y en los baños móviles.
Pero estuve más cerca del amor y de la pobreza. Primero porque en todas estas andadas que relato, tuve mi novia escribiendo en sus ojos y en sus gestos todo lo que veíamos de los carnavales de Panamá; su desorden-ordenado; sus desfiles medio en serio, medio en broma; las comparsas lustrosas y distanciadas unas de otras; la gente tratando de ver algo y el orden-desorden no permitiéndolo; nunca pudimos ilustrarnos en terreno, sólo en la tele nos dábamos cuenta que habíamos visto. Nunca tuvimos una información ni vimos ningún puesto para ello, no supimos si empezaban a una hora u otra, sólo que iniciaban. Y en segundo lugar, porque sentí una gran tristeza cuando miraba hacia el suelo y veía familias enteras recogiendo las latas de las cervezas que otros tiraban. Eran en su mayoría rostros de indígenas, niños y niñas.
Yo no supe si ellos y ellas estaban de carnaval y si les importaba algo el orden-desorden, pero seguí a muchos por varias noches, para saber que hacían y llegaban ordenada-desordenamente a un camión -que seguro tendría permiso- en el que aquellos niños y niñas o esas familias, vendían por 15 centésimos un kilo de latas de cerveza con las marcas de las 2 empresas principales del país "que mueven en Panamá unos 100 millones al año" y que "los panameños consumen 49 litros por persona al año" (La Prensa, 28 de febrero 2006. Pág. 25ª) generando más riqueza en uno y más consumo en otros.
No sé si la ley de los 15 minutos de aquel abuelo y los 15 centésimos de los compradores de las latas hagan parte de algo carnavalesco. Pero seguro que esta semana esas familias, además de su resaca natural por tanta cerveza, no hagan parte de ninguna estadística positiva que evaluará el excelente desempeño de los carnavales de Panamá que muestran a Panamá realmente alegre y sin pobres. Otra cosa es que entre las ganancias de las cerveceras y las utilidades de los niños y niñas que recogieron las latas haya una pequeña unidad de medida que no los distancie sino 15 puntos de beneficio.
Fui al cine varias veces con alegría de niño y mordí las manzanas rojas acarameladas que se venden en la calle; probé carne en palito; millos, sodas, cervezas; me sentí Gargantúa o Pantagruel. La policía me pidió papeles como en París en el Foro Social Europeo de 2003 y me sentí un san papiers; sin embargo, eso no me molestó; de hecho tuve cierta sensación de placer y de seguridad, mezcla carnavalesca, ¿quizás? También vi la policía puesta en orden, pero creo que no les caería nada mal un poco de cortesía y amabilidad. En nada riñe la buena educación con el cumplimiento del deber y menos la fuerza cuando es necesaria.
Estuve de cerca de las ventas ambulantes, de su humo, de los chorizos y las longanizas en las parrillas; de la gente con sus "culers", del antiguo carro de la Cruz Roja estacionado en la tarima principal de Vía España y que cumplió cabalmente con su función. Estuve apretujado y empujado; pisoteado con satisfacción y sin disculpas; estuve bailando a mis 40 años como un adolescente de 15 años. Me sentí feliz de no morirme de tedio; sentí de cerca este pueblo. Estuve seguro de que no me pasaría nada, sólo cuando iba a algún baño público -que fueron pocos - para evacuar parte de los miles de litros de cervezas que dejamos en las aceras, en los rincones de los comercios de la Vía España y en los baños móviles.
Pero estuve más cerca del amor y de la pobreza. Primero porque en todas estas andadas que relato, tuve mi novia escribiendo en sus ojos y en sus gestos todo lo que veíamos de los carnavales de Panamá; su desorden-ordenado; sus desfiles medio en serio, medio en broma; las comparsas lustrosas y distanciadas unas de otras; la gente tratando de ver algo y el orden-desorden no permitiéndolo; nunca pudimos ilustrarnos en terreno, sólo en la tele nos dábamos cuenta que habíamos visto. Nunca tuvimos una información ni vimos ningún puesto para ello, no supimos si empezaban a una hora u otra, sólo que iniciaban. Y en segundo lugar, porque sentí una gran tristeza cuando miraba hacia el suelo y veía familias enteras recogiendo las latas de las cervezas que otros tiraban. Eran en su mayoría rostros de indígenas, niños y niñas.
Yo no supe si ellos y ellas estaban de carnaval y si les importaba algo el orden-desorden, pero seguí a muchos por varias noches, para saber que hacían y llegaban ordenada-desordenamente a un camión -que seguro tendría permiso- en el que aquellos niños y niñas o esas familias, vendían por 15 centésimos un kilo de latas de cerveza con las marcas de las 2 empresas principales del país "que mueven en Panamá unos 100 millones al año" y que "los panameños consumen 49 litros por persona al año" (La Prensa, 28 de febrero 2006. Pág. 25ª) generando más riqueza en uno y más consumo en otros.
No sé si la ley de los 15 minutos de aquel abuelo y los 15 centésimos de los compradores de las latas hagan parte de algo carnavalesco. Pero seguro que esta semana esas familias, además de su resaca natural por tanta cerveza, no hagan parte de ninguna estadística positiva que evaluará el excelente desempeño de los carnavales de Panamá que muestran a Panamá realmente alegre y sin pobres. Otra cosa es que entre las ganancias de las cerveceras y las utilidades de los niños y niñas que recogieron las latas haya una pequeña unidad de medida que no los distancie sino 15 puntos de beneficio.
El proyecto de saneamiento de la bahía se estima en 250 millones de balboas y se ha dividido en cuatro etapas para ser ejecutado en 14 años.
La Dirección de Recursos Marinos y Costeros de la Autoridad Marítima de Panamá (AMP), advirtió que la pesca en las aguas contaminadas serán sancionadas, mientras que el límite comprende desde la isla Flamenco hasta el río Tapia.
La gran cantidad de aguas negras que son vertidas en las aguas de la bahía, provienen de ocho ríos y 64 quebradas del Distrito de Panamá. Se plantean estudios integrales que incluyen estudios de aguas residuales y residuos sólidos.