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&#161Buenos días!


En el Panamá de hoy, cada día es más difícil escuchar a personas que denoten nuestro grado de cultura y educación. Esa característica es muy importante en los pueblos civilizados de ahora.
No es frecuente palabras como: Buen día, buenas tardes, muchas gracias, buenas noches, etc., etc. Para abordar el tema en cuestión deseo manifestar una experiencia gratificante en ese sentido. Fue una mañana de un sábado cualquiera. La idea era hacer algo distinto. Tomé mi café con dos empanadas fritas, me bañé y luego de vestirme con una ropa apropiada, salí por una calle que daba directo a una parada de autobuses.
Después de ver pasar cierta cantidad de buses, todos llenos, decidí abordar uno que todavía tenía espacio para llenar a totalidad todo el autobús. Me senté y decidí observar los "rostros" al estilo de la obra del laureado escritor panameño Justo Arroyo.
Hubo un rostro que denotaba preocupación y miedo; su mirada, tan distante y tan profunda, daba pie a pensar en elucubraciones misteriosas, que pasaban por su mente. Un joven con un "wolkman", parecía no importarle la vida y todo lo que lo rodeaba, sus movimientos de cabeza, de manos y de pies, no eran de un ser racional, pero para él eso era lo menos importante.
Un señor de mirada risueña, pero con profundas cavilaciones e intervalos de tiempo, hacía del periplo una experiencia gratificante. Una joven hermosa, guapa, pero con rostro inmutable, daba también en el seno del colectivo observado; su imagen emanaba la posesión de todos los problemas del mundo, y su belleza, en ese momento, se perdía con tantos pasajeros que fluían en la ruta de Guadalupe - Calidonia.
De repente, entró por la puerta del colectivo un señor de aproximadamente 50 años, bajo, con algunas canas, y rostro despejado; pronunció las palabras mágicas a todos los pasajeros presentes: ¡Buenos días, tengan todos! Perplejos algunos, otros asombrados, por las cuatro palabras emitidas, contestaron al unísono: Buenos días. Algo fuera de lo común había ocurrido. Ya el bus no era el mismo, cambiaron los rostros, hasta el día se volvió distinto. De una sensación colectiva de incertidumbre se pasó a una actitud colectiva de optimismo.
Las palabras mágicas de los buenos días del caballero, demostraron que todavía tenemos un pueblo que a pesar de las adversidades cotidianas, tiene tiempo para entregarle a los demás las maravillas que la vida nos ofrece.

101 años de Panamá América

 
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