¡Ojo al fideicomiso!
El tema de las áreas revertidas debería ser algo de vital importancia para todos los panameños y no deja de sorprenderme que en plena campaña política no surja un planteamiento serio de parte de alguno de los candidatos, sobre este tema.
La sola magnitud de las cifras que están en juego es para retar a la imaginación. Se habla de valores que sobrepasan los 30 billones de dólares. Cierto o no, lo que sí se sabe es que los E.U. de A. han invertido en el área canalera más dinero que en el propio canal.
Siendo ello así, no es exagerado colegir que estas tierras con su infraestructura y mejoras millonarias pueden tener un potencial económico mayor que el mismo canal, y con mucho menos problemas.
En el pasado me he manifestado públicamente en contra de la venta de estos bienes, por dos razones : primero porque me resultaba inaceptable que cualquier gobierno, presente o futuro, pudiera hacer uso irrestricto de ese patrimonio histórico de todos los panameños, para los fines que fueran ; y en segundo lugar porque me parecía una imprudencia dar el paso irreversible de vender bienes para los cuales no habíamos tenido tiempo de planificar su mejor uso, considerando que las áreas a que hacemos referencia nunca fueron diseñadas para el uso civil, comercial, industrial y turístico que ahora pretendemos darles. De no haber sido esto así y de no haberse suprimido las actividades comerciales privadas en estas áreas, Balboa y Cristóbal serían hoy pequeñas réplicas de Hong Kong. Comparemos el desarrollo de Fuerte Amador con el de Punta Paitilla que comenzó 50 años más tarde.
¿Cómo se compaginará con un gran desarrollo futuro, la presencia de tantas unidades residenciales privadas de baja densidad en tierras tan valiosas ?.
Sin duda alguna, surgirán situaciones y circunstancias tales como un nuevo cruce del canal (puente o túnel), nuevas esclusas, nuevas zonas comerciales e industriales, y muchas otras cosas imprevisibles que nos causarán serios problemas por haber escogido el camino fácil, que era vender.
El primero de mis argumentos ha sido neutralizado con el anuncio de la creación de un fideicomiso con el producto de las ventas de la ARI, al cual se le sumaría el producto de las ventas de las empresas estatales privatizadas. Aunque se ha dicho que estos fondos sólo se podrían usar para fines sociales, este término es muy amplio y no ha quedado muy claro quiénes y en qué forma podrán disponer de estos fondos que ya están creciendo vertiginosamente y se convertirán en una tentación irresistible.
Este patrimonio, al ritmo que van las ventas tanto de la ARI como de las empresas privatizadas, debe alcanzar muy pronto proporciones gigantescas. Estos dineros, bien administrados podrían convertirse, en el petróleo que Panamá nunca tuvo.
Me parece indispensable empezar a crear conciencia en la ciudadanía sobre este importante tema, insistiendo en que se nos informe periódicamente sobre la cuantía y disposición de estos fondos que son nuestro futuro.
Quizás se podría constituir una especie de comité de vigilancia para darle seguimiento al fideicomiso en cuestión. Una persona que podría desempeñar una importante misión en este grupo fiscalizador sería la Sra. Maribel Cuervo de Paredes por su manifiesto interés y conocimiento del tema.
Recientemente y en buena hora, han surgido una novedosa idea que servirá para despertar en la ciudadanía el interés que este asunto amerita.
Roberto Eisenmann Jr. en su habitual peregrinaje por el ámbito de la problemática nacional, ha propuesto (La Prensa, marzo 1, 1999), que estudiemos la posibilidad de darle participación a todos los panameños mayores de edad en los beneficios que genere este fideicomiso. El Sr. Eisenmann es el primero en reconocer que el asunto es complejo y requerirá mucho estudio y consenso, pero la idea es estimulante y merece que se le preste la debida atención. Si consideramos que estamos hablando de billones de dólares y que a intereses compuestos no es difícil duplicar el capital cada 10 años, resulta evidente que no estamos frente a una utopía y que las posibilidades que se nos presentan son deslumbrantes. Estas son las ideas que necesitamos para el próximo milenio.
La sola magnitud de las cifras que están en juego es para retar a la imaginación. Se habla de valores que sobrepasan los 30 billones de dólares. Cierto o no, lo que sí se sabe es que los E.U. de A. han invertido en el área canalera más dinero que en el propio canal.
Siendo ello así, no es exagerado colegir que estas tierras con su infraestructura y mejoras millonarias pueden tener un potencial económico mayor que el mismo canal, y con mucho menos problemas.
En el pasado me he manifestado públicamente en contra de la venta de estos bienes, por dos razones : primero porque me resultaba inaceptable que cualquier gobierno, presente o futuro, pudiera hacer uso irrestricto de ese patrimonio histórico de todos los panameños, para los fines que fueran ; y en segundo lugar porque me parecía una imprudencia dar el paso irreversible de vender bienes para los cuales no habíamos tenido tiempo de planificar su mejor uso, considerando que las áreas a que hacemos referencia nunca fueron diseñadas para el uso civil, comercial, industrial y turístico que ahora pretendemos darles. De no haber sido esto así y de no haberse suprimido las actividades comerciales privadas en estas áreas, Balboa y Cristóbal serían hoy pequeñas réplicas de Hong Kong. Comparemos el desarrollo de Fuerte Amador con el de Punta Paitilla que comenzó 50 años más tarde.
¿Cómo se compaginará con un gran desarrollo futuro, la presencia de tantas unidades residenciales privadas de baja densidad en tierras tan valiosas ?.
Sin duda alguna, surgirán situaciones y circunstancias tales como un nuevo cruce del canal (puente o túnel), nuevas esclusas, nuevas zonas comerciales e industriales, y muchas otras cosas imprevisibles que nos causarán serios problemas por haber escogido el camino fácil, que era vender.
El primero de mis argumentos ha sido neutralizado con el anuncio de la creación de un fideicomiso con el producto de las ventas de la ARI, al cual se le sumaría el producto de las ventas de las empresas estatales privatizadas. Aunque se ha dicho que estos fondos sólo se podrían usar para fines sociales, este término es muy amplio y no ha quedado muy claro quiénes y en qué forma podrán disponer de estos fondos que ya están creciendo vertiginosamente y se convertirán en una tentación irresistible.
Este patrimonio, al ritmo que van las ventas tanto de la ARI como de las empresas privatizadas, debe alcanzar muy pronto proporciones gigantescas. Estos dineros, bien administrados podrían convertirse, en el petróleo que Panamá nunca tuvo.
Me parece indispensable empezar a crear conciencia en la ciudadanía sobre este importante tema, insistiendo en que se nos informe periódicamente sobre la cuantía y disposición de estos fondos que son nuestro futuro.
Quizás se podría constituir una especie de comité de vigilancia para darle seguimiento al fideicomiso en cuestión. Una persona que podría desempeñar una importante misión en este grupo fiscalizador sería la Sra. Maribel Cuervo de Paredes por su manifiesto interés y conocimiento del tema.
Recientemente y en buena hora, han surgido una novedosa idea que servirá para despertar en la ciudadanía el interés que este asunto amerita.
Roberto Eisenmann Jr. en su habitual peregrinaje por el ámbito de la problemática nacional, ha propuesto (La Prensa, marzo 1, 1999), que estudiemos la posibilidad de darle participación a todos los panameños mayores de edad en los beneficios que genere este fideicomiso. El Sr. Eisenmann es el primero en reconocer que el asunto es complejo y requerirá mucho estudio y consenso, pero la idea es estimulante y merece que se le preste la debida atención. Si consideramos que estamos hablando de billones de dólares y que a intereses compuestos no es difícil duplicar el capital cada 10 años, resulta evidente que no estamos frente a una utopía y que las posibilidades que se nos presentan son deslumbrantes. Estas son las ideas que necesitamos para el próximo milenio.