¿Defenestrada la alianza?
En medio de la gran polémica, el tema de la reelección sigue ocupando los titulares de los medios de comunicación social. La manera abrumadora con la que los políticos esgrimen argumentos en contra de la reelección del presidente, no es más que la desesperación al ver defenestradas sus aspiraciones presidenciales, por el empuje de la maquinaria reeleccionista del Toro. Por ende, su actitud es reflejo condicionado del pavor que les suscita tener que enfrentarse a un adalid, cuyas dimensiones y proyecciones son propias de grandes estadistas. Estos personajes son los mismos que no fueron capaces de superar sus diferencias partidistas para consolidar la alianza oficialista en 1994 y, ahora, en oposición, añoran sus sueños trasnochados de aglutinar a los verdes, molirenas y arnulfistas. Desde luego, sus dirigencias no estarán dispuestas a declinar sus aspiraciones de encabezar la nómina presidencial y apoyar a una figura que no represente a los de su clase, como Mireya, por ejemplo.
En mi artículo ¿Quién ganará las elecciones?, publicado en La Estrella de Panamá el 5 de junio de 1993, predije que la excesiva fragmentación política permitiría la proliferación de partidos que aspiraban a la presidencia el 8 de mayo de 1994, por lo que se podría elegir a un presidente que sólo representaría el 30% de la población electoral, estimada en 1.5 millones. En mis apreciaciones señalé que los partidos de extracción popular -el PRD y el Arnulfista- no contaban con el caudal político que otrora tenían los caudillos Omar Torrijos y Arnulfo Arias, por lo que esa carencia de liderazgo se reflejaba en las deserciones masivas hacia los otros partidos. En mi análisis no le veía ninguna posibilidad a los arnulfistas de ganar las elecciones ni por sí solos ni encabezando una alianza con los de la ADO civilista; el electorado les pasaría la factura por la frustración y decepción sufridas por los propios arnulfistas y las masas populares. El pueblo -dije-, tendría la oportunidad de comparar la concepción desarrollista y humanitaria del torrijismo frente a la arrogancia e incapacidad del gobierno de Endara, razón por la cual el voto sería en favor de la oposición de ese entonces. Por ello, respaldé a la dirigencia perredista en las elecciones primarias para escoger el candidato y mi primera opción era para el Dr. Ernesto Pérez Balladares. Meses después, el Toro ganó ampliamente las primarias del PRD y, posteriormente, el 8 de mayo del 94 alcanzó el solio presidencial con el 33.3%. Mi apreciación no podría ser más elocuente.
Actualmente, al gobierno de ese entonces, hoy en la oposición, tampoco le veo ninguna opción de ganar las elecciones del 3 de mayo de 1999. Al igual que en 1994, sus dirigencias siguen fragmentadas debido a que todas están encaprichadas en encabezar la nómina presidencial para los comicios electorales del 99. El mandatario aún no decide si se va a reelegir; empero, aún así, los de la oposición no disimulan el pánico que le tienen a un descalabro en las urnas del referéndum. Para colmo ya sufrieron una derrota en la Asamblea con la aprobación del primer acto legislativo para permitir la reelección presidencial; la próxima será con el segundo acto, en marzo, y luego en la consulta popular, donde el pueblo decidirá finalmente su aprobación o rechazo. Tal como están las cosas, la oposición tendrá que gastarse sumas millonarias, de manera extremadamente anticipada, para hacerle frente a los que aprueban la reelección presidencial -tanto en el referéndum como en las próximas elecciones-, lo que producirá su desgaste a un costo económico sumamente oneroso para sostener la campaña electoral del 99. Además, se percibe que esta vez la oposición tampoco logrará conformar la gran alianza; sus dirigentes están inmersos en la demagogia politiquera y en la carencia de argumentos de peso para impedir que el presidente se reelija. Desde luego, a sus pretensiones -que califico como fallidas-, habrá que agregarse la desventaja de estar precedidos de su derrota electoral en 1994, cuando defraudaron el mandato popular que, en ese entonces, preconizaba el cambio y las añoradas rectificaciones que nunca prodigó al pueblo el gobierno del expresidente Guillermo Endara.
Ahora, las mayorías populares y los sectores empresariales tienen fincadas esperanzas en ver concluidas las profundas transformaciones de una etapa positiva en la modernización panameña. Así quedó demostrado en la última encuesta de Dichter & Neira, del 22 de setiembre de 1997, donde el mandatario alcanzó el 60.9% de aceptación a su gestión, por la que en tan sólo 3 años se han invertido 1, 485 millones de dólares en obras de desarrollo social, cifra jamás superada en igual lapso, dentro de la historia republicana. La popularidad creciente que el pueblo le reconoce al presidente radica en la intuición de detectar dónde está la verdad y quién le miente, por lo que todas las argucias de la oposición no tienen ninguna credibilidad: el pueblo votará por el ¡SI!. Además, en esta oportunidad el gobierno sí cuenta con el liderazgo de un presidente que ya logró consolidar las fuerzas perredistas, las del torrijismo y, además, se adjudicó sectores importantes de la concertación nacional, lo que será factor determinante para
que el PRD logre alzarse holgadamente con las victorias en el referéndum y en los próximos comicios electorales.
En mi artículo ¿Quién ganará las elecciones?, publicado en La Estrella de Panamá el 5 de junio de 1993, predije que la excesiva fragmentación política permitiría la proliferación de partidos que aspiraban a la presidencia el 8 de mayo de 1994, por lo que se podría elegir a un presidente que sólo representaría el 30% de la población electoral, estimada en 1.5 millones. En mis apreciaciones señalé que los partidos de extracción popular -el PRD y el Arnulfista- no contaban con el caudal político que otrora tenían los caudillos Omar Torrijos y Arnulfo Arias, por lo que esa carencia de liderazgo se reflejaba en las deserciones masivas hacia los otros partidos. En mi análisis no le veía ninguna posibilidad a los arnulfistas de ganar las elecciones ni por sí solos ni encabezando una alianza con los de la ADO civilista; el electorado les pasaría la factura por la frustración y decepción sufridas por los propios arnulfistas y las masas populares. El pueblo -dije-, tendría la oportunidad de comparar la concepción desarrollista y humanitaria del torrijismo frente a la arrogancia e incapacidad del gobierno de Endara, razón por la cual el voto sería en favor de la oposición de ese entonces. Por ello, respaldé a la dirigencia perredista en las elecciones primarias para escoger el candidato y mi primera opción era para el Dr. Ernesto Pérez Balladares. Meses después, el Toro ganó ampliamente las primarias del PRD y, posteriormente, el 8 de mayo del 94 alcanzó el solio presidencial con el 33.3%. Mi apreciación no podría ser más elocuente.
Actualmente, al gobierno de ese entonces, hoy en la oposición, tampoco le veo ninguna opción de ganar las elecciones del 3 de mayo de 1999. Al igual que en 1994, sus dirigencias siguen fragmentadas debido a que todas están encaprichadas en encabezar la nómina presidencial para los comicios electorales del 99. El mandatario aún no decide si se va a reelegir; empero, aún así, los de la oposición no disimulan el pánico que le tienen a un descalabro en las urnas del referéndum. Para colmo ya sufrieron una derrota en la Asamblea con la aprobación del primer acto legislativo para permitir la reelección presidencial; la próxima será con el segundo acto, en marzo, y luego en la consulta popular, donde el pueblo decidirá finalmente su aprobación o rechazo. Tal como están las cosas, la oposición tendrá que gastarse sumas millonarias, de manera extremadamente anticipada, para hacerle frente a los que aprueban la reelección presidencial -tanto en el referéndum como en las próximas elecciones-, lo que producirá su desgaste a un costo económico sumamente oneroso para sostener la campaña electoral del 99. Además, se percibe que esta vez la oposición tampoco logrará conformar la gran alianza; sus dirigentes están inmersos en la demagogia politiquera y en la carencia de argumentos de peso para impedir que el presidente se reelija. Desde luego, a sus pretensiones -que califico como fallidas-, habrá que agregarse la desventaja de estar precedidos de su derrota electoral en 1994, cuando defraudaron el mandato popular que, en ese entonces, preconizaba el cambio y las añoradas rectificaciones que nunca prodigó al pueblo el gobierno del expresidente Guillermo Endara.
Ahora, las mayorías populares y los sectores empresariales tienen fincadas esperanzas en ver concluidas las profundas transformaciones de una etapa positiva en la modernización panameña. Así quedó demostrado en la última encuesta de Dichter & Neira, del 22 de setiembre de 1997, donde el mandatario alcanzó el 60.9% de aceptación a su gestión, por la que en tan sólo 3 años se han invertido 1, 485 millones de dólares en obras de desarrollo social, cifra jamás superada en igual lapso, dentro de la historia republicana. La popularidad creciente que el pueblo le reconoce al presidente radica en la intuición de detectar dónde está la verdad y quién le miente, por lo que todas las argucias de la oposición no tienen ninguna credibilidad: el pueblo votará por el ¡SI!. Además, en esta oportunidad el gobierno sí cuenta con el liderazgo de un presidente que ya logró consolidar las fuerzas perredistas, las del torrijismo y, además, se adjudicó sectores importantes de la concertación nacional, lo que será factor determinante para
que el PRD logre alzarse holgadamente con las victorias en el referéndum y en los próximos comicios electorales.