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&#191Que 50 años no es nada?


Díganmelo a mí que acabo de participar en la celebración de la bodas de oro de nuestra graduación en el Instituto Nacional. ¡La Gloria Institutora!
Comenzamos con una misa a las ocho de la mañana por el descanso del alma de aquellos que nos precedieron en el camino a la eternidad y de los profesores desaparecidos. Esos hombres y mujeres que nos forjaron, que formaron nuestra personalidad y nos dieron cultura y educación; que sacrificaron horas de su vida para enseñarnos y guiarnos por la vida.
Puedo decir con tristeza, que no reconocí a algunos en un principio por tener casi 50 años de no verlos, y que por algo no pasan en vano. Poco a poco los fui recordando y mi alegría fue grande; fueron pasando recuerdos de ese año institutor. Al cantar el himno se me hizo un nudo en la garganta por la emoción. Es que nosotras éramos liceístas y en el último año instituyeron la coeducación nuevamente y fuimos a dar al Instituto Nacional para graduarnos con los muchachos que fueron nuestros compañeros y hoy nuestros amigos.
Aún recuerdo los nervios alborotados por el primer día de clases; lo desconocido, lo nuevo, lo sorpresivo. Nos preguntábamos qué nos esperaría, cómo serían los muchachos, cómo nos tratarían los profesores que tenían fama de estrictos y perversos. Hija, qué días fueron aquellos de finales de vacaciones. A mis padres no les hacía mucha gracia que estudiara con muchachos, que cogiera una chivita que nos llevaba al colegio; pero no tuvieron más remedio que aceptarlo por orden del Ministerio.
El primer día nos estaban esperando a la entrada en fila de honor. ¡Qué hermoso! Para luego enseñarnos el orgullo institutor, la placa que dice: "sólo el que construye sobre ideas construye para la eternidad". Emerson.
El 5 de febrero de este año recordamos y comentamos los incidentes que sucedieron a través del año. Porque luego hicimos un almuerzo que estuvo concurrido y todo fue alegría, risas y recuerdos. Fue como si estuviéramos en la escuela, como si el tiempo no hubiera pasado. Por un momento pensé que se nos resfriarían los dientes; pero fue delicioso. Volví a sentirme la reina de todos ellos y ellas. Bueno, por si no lo saben, fui la primera reina de esa camada y fue el reinado más maravilloso que he visto y he vivido. Cuando me senté al lado de mi edecán, creía que de veras planeábamos las festividades. ¿Quién fue mi edecán? Gilberto Worthington.
Me tocó hacer el brindis. La verdad es que después del discurso que se dijo la Profesora Berta Zurita de Franceschi, no quería ni abrir la boca. La profesora dijo que tiene 70 años de ser educadora y está tan clarita y su cutis tan fresco, que parecía una alumna más. El brindis fue jocoso ya que a todos nos cuelgan los ojos, los cachetes y la quijada; a otros nos creció la barriga y otros perdieron el cabello.
Benditos 50 años que nos unieron nuevamente. La locaria de Naty Piñango, los organizadores del evento a quienes agradezco el haberlo llevado a cabo, mi amigo del alma Monchi Vega y todos los que asistieron y que me hicieron sentir nuevamente joven y reina. No se imaginan mis compañeras y compañeros el momento tan hermoso que pasé con ellos y los recuerdos que me parecía que estuvieran sucediendo. Ojalá continuemos frecuentándonos y queriéndonos mucho como los hermanos que somos. Besos a todos.

101 años de Panamá América

 
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