¿Será China la próxima víctima?
Han caído múltiples países del sur de Asia en crisis económica, quienes a su vez han causado que otros países en este Continente sufran descaleraciones similares. Ni hablar de Rusia, en la cual la crisis no sólo afectó los mercados de valores de capital sino que han puesto en peligro al gobierno y sometido al ciudadano común a nuevos embates. Ahora también podría caer China, con lo cual el mundo se aseguraría una recesión económica de al menos cinco años.
No se puede negar que la liberalización promovida por Deng Xiaoping en 1978 ha provocado la reducción de pobreza más importante que el mundo ha visto en toda su historia. La economía de China continental ha crecido en promedio un 9% por año desde entonces, lo cual ha permitido que los chinos cuenten con más capacidad de adquisición y por ende mejor estándar de vida. Si la economía desacelera a 5% por año, alcanzarían el nivel de riqueza de los Estados Unidos en el 2015. Pero ese futuro promisorio no parece realizable ya que en la actualidad cuentan con serios problemas estructurales, los cuales no sólo comprometen su porvenir sino que también podrían exacerbar la crisis mundial actual.
Todavía existen restricciones que impiden el desarrollo de un mercado dinámico que pueda acomodar ajustes económicos a nivel internacional como los recientemente acaecidos en el resto de Asia y Rusia. Por ejemplo, el Estado todavía retiene control sobre una parte importante de las empresas de producción del país; todavía se requiere el registro de personas para controlar el movimiento de las mismas dentro del país; y la figura de propiedad privada no ha sido debidamente instituida, ya sea de hecho o en derecho.
Pero el vigor empresarial de los chinos les ha producido los avances hasta ahora logrados, no sólo en la china continental sino también alrededor del mundo, creando así una cadena de distribución íntimamente ligada a la de producción. Ni siquiera los impedimentos estructurales antes mencionados, entre otros, y las deficiencias de los líderes políticos del país en promover una economía productiva y pujante, han podido frenar este vigor.
Lo anterior, sin embargo, ha ocurrido en un ambiente de prosperidad que aunque ha producido riqueza que ha sido mal distribuida ha creado oportunidades para las masas. El problema es que las medidas que son necesarias ahora para mantener el nivel de crecimiento actual y así poder continuar creando oportunidades podrían causar zozobra entre la población. Y es esta inestabilidad social la que todos temen que cause una vuelta al nacionalismo, lo cual condenaría a China y pondría en peligro la economía mundial. Los nuevos líderes chinos tienen que reconocer lo anterior y actuar con visión para que China no se convierta en el próximo foco de vaivén económico.
No se puede negar que la liberalización promovida por Deng Xiaoping en 1978 ha provocado la reducción de pobreza más importante que el mundo ha visto en toda su historia. La economía de China continental ha crecido en promedio un 9% por año desde entonces, lo cual ha permitido que los chinos cuenten con más capacidad de adquisición y por ende mejor estándar de vida. Si la economía desacelera a 5% por año, alcanzarían el nivel de riqueza de los Estados Unidos en el 2015. Pero ese futuro promisorio no parece realizable ya que en la actualidad cuentan con serios problemas estructurales, los cuales no sólo comprometen su porvenir sino que también podrían exacerbar la crisis mundial actual.
Todavía existen restricciones que impiden el desarrollo de un mercado dinámico que pueda acomodar ajustes económicos a nivel internacional como los recientemente acaecidos en el resto de Asia y Rusia. Por ejemplo, el Estado todavía retiene control sobre una parte importante de las empresas de producción del país; todavía se requiere el registro de personas para controlar el movimiento de las mismas dentro del país; y la figura de propiedad privada no ha sido debidamente instituida, ya sea de hecho o en derecho.
Pero el vigor empresarial de los chinos les ha producido los avances hasta ahora logrados, no sólo en la china continental sino también alrededor del mundo, creando así una cadena de distribución íntimamente ligada a la de producción. Ni siquiera los impedimentos estructurales antes mencionados, entre otros, y las deficiencias de los líderes políticos del país en promover una economía productiva y pujante, han podido frenar este vigor.
Lo anterior, sin embargo, ha ocurrido en un ambiente de prosperidad que aunque ha producido riqueza que ha sido mal distribuida ha creado oportunidades para las masas. El problema es que las medidas que son necesarias ahora para mantener el nivel de crecimiento actual y así poder continuar creando oportunidades podrían causar zozobra entre la población. Y es esta inestabilidad social la que todos temen que cause una vuelta al nacionalismo, lo cual condenaría a China y pondría en peligro la economía mundial. Los nuevos líderes chinos tienen que reconocer lo anterior y actuar con visión para que China no se convierta en el próximo foco de vaivén económico.