20 de diciembre en el Guásimo, Veraguas
Desde la posición 18 de la caravana, observo cómo van subiendo el puente de las Américas los veinte y tantos 4x4, interrumpiendo la tranquila madrugada con el rugir de sus motores.
A bordo, la gente de KPMG. Y paquetes, y regalos y comida. También medicinas y pollitos. Porque este año expandimos modestamente el alcance de nuestra caravana, añadiendo a la tradicional fiesta navideña una consulta médica y un intento de crear una cadena alimenticia.
Hasta Calobre, todo fue sin novedad. Carretera normal. Incluso hasta El Barnizal, pudiera afirmarse que la carretera era parecida a las de algunas regiones suburbanas de la provincia de Panamá. Pero pasado este pueblo, empezaron las laderas empinadas, las cuestas pedregosas y las quebradas que fueron rebasadas con entusiasmo y pericia por los conductores de la caravana.
Al fin: El Guásimo. Nos esperaban dos letreros en papel manila, desplegando al viento su mensaje: Bienvenidos, decía el primero. La comunidad de El Guásimo le da la bienvenida, el segundo. Llegamos luego de más de cuatro horas de camino que empezó a primeras horas de la madrugada del 20 de diciembre. Fue una operación muy organizada: los comités inmediatamente se dedicaron a sus tareas asignadas. Una soga, y el comité de juegos entró en acción con los niños compitiendo, halando con fuerza. Una paila, y el comité de comida entró en funciones, preparándose para servir a los más de 200 comensales entre adultos y niños, que eran nuestros invitados. El grupo de atención médica instaló su improvisado consultorio y empezó la dispensadora de medicamentos y vitaminas. El grupo de regalos tomó posesión de uno de los salones de clase para preparse a distribuir los juguetes clasificados por edad y sexo para la muchachada. La comunidad construyó el "Guásimo Chicken Resort" donde quedaron radicadas las 60 ponedoras y los 300 pollitos de engorde cortesía del Grupo Melo, que eventualmente serán una cadena alimenticia duradera.
Conforme avanzaba la jornada, se hacía sentir el intenso calor tropical. Pero era un calor diferente. Calor humano, nacido de la solidaridad y de la espontaneidad. La anciana de rostro curtido por el sol que nos recibe con una sonrisa, los niños de todo tamaño y edad, las familias completas de siete y ocho miembros, los patriarcas de la comunidad, atentos, curiosos y al mismo tiempo sorprendido por KPMG.
¿Qué es esta KPMG, qué es esta cosa? Se preguntaban la mayoría para los cuales la sigla mundialmente reconocida en el mundo financiero estaba resalmente distante de aquel recóndito lugar.
En verdad, la respuesta técnica no importa. Este día éramos gente encarnando el verdadero sentido de la Navidad. Compartiendo, repartiendo, jugando, riendo. Lejos de la calculadora y de la computadora, pero con la disciplina y la dedicación sincera, honesta y desprendida para ayudar con algo a los más necesitados.
Al final, un acto de la comunidad. Dos cantores vernaculares improvisaron décimas alusivas al evento. Y también "a la mujer bonita", "la de los bellos ojos" con la que "mañana me voy con ella"... homenaje campesino a las compañeras que arduamente compartieron la faena. Y el tamborito coclesano bailado por los niños en honor de los visitantes.
Cuando nos disponíamos a abandonar el lugar no pude evitar comparar las dos madrugadas de un 20 de diciembre: la de 1989 y la de 1998. Me sacaron de mi meditación los gritos de algunos niños que exclamaban a viva voz: ¡nos vemos el otro año!
A bordo, la gente de KPMG. Y paquetes, y regalos y comida. También medicinas y pollitos. Porque este año expandimos modestamente el alcance de nuestra caravana, añadiendo a la tradicional fiesta navideña una consulta médica y un intento de crear una cadena alimenticia.
Hasta Calobre, todo fue sin novedad. Carretera normal. Incluso hasta El Barnizal, pudiera afirmarse que la carretera era parecida a las de algunas regiones suburbanas de la provincia de Panamá. Pero pasado este pueblo, empezaron las laderas empinadas, las cuestas pedregosas y las quebradas que fueron rebasadas con entusiasmo y pericia por los conductores de la caravana.
Al fin: El Guásimo. Nos esperaban dos letreros en papel manila, desplegando al viento su mensaje: Bienvenidos, decía el primero. La comunidad de El Guásimo le da la bienvenida, el segundo. Llegamos luego de más de cuatro horas de camino que empezó a primeras horas de la madrugada del 20 de diciembre. Fue una operación muy organizada: los comités inmediatamente se dedicaron a sus tareas asignadas. Una soga, y el comité de juegos entró en acción con los niños compitiendo, halando con fuerza. Una paila, y el comité de comida entró en funciones, preparándose para servir a los más de 200 comensales entre adultos y niños, que eran nuestros invitados. El grupo de atención médica instaló su improvisado consultorio y empezó la dispensadora de medicamentos y vitaminas. El grupo de regalos tomó posesión de uno de los salones de clase para preparse a distribuir los juguetes clasificados por edad y sexo para la muchachada. La comunidad construyó el "Guásimo Chicken Resort" donde quedaron radicadas las 60 ponedoras y los 300 pollitos de engorde cortesía del Grupo Melo, que eventualmente serán una cadena alimenticia duradera.
Conforme avanzaba la jornada, se hacía sentir el intenso calor tropical. Pero era un calor diferente. Calor humano, nacido de la solidaridad y de la espontaneidad. La anciana de rostro curtido por el sol que nos recibe con una sonrisa, los niños de todo tamaño y edad, las familias completas de siete y ocho miembros, los patriarcas de la comunidad, atentos, curiosos y al mismo tiempo sorprendido por KPMG.
¿Qué es esta KPMG, qué es esta cosa? Se preguntaban la mayoría para los cuales la sigla mundialmente reconocida en el mundo financiero estaba resalmente distante de aquel recóndito lugar.
En verdad, la respuesta técnica no importa. Este día éramos gente encarnando el verdadero sentido de la Navidad. Compartiendo, repartiendo, jugando, riendo. Lejos de la calculadora y de la computadora, pero con la disciplina y la dedicación sincera, honesta y desprendida para ayudar con algo a los más necesitados.
Al final, un acto de la comunidad. Dos cantores vernaculares improvisaron décimas alusivas al evento. Y también "a la mujer bonita", "la de los bellos ojos" con la que "mañana me voy con ella"... homenaje campesino a las compañeras que arduamente compartieron la faena. Y el tamborito coclesano bailado por los niños en honor de los visitantes.
Cuando nos disponíamos a abandonar el lugar no pude evitar comparar las dos madrugadas de un 20 de diciembre: la de 1989 y la de 1998. Me sacaron de mi meditación los gritos de algunos niños que exclamaban a viva voz: ¡nos vemos el otro año!