2001
Como sin darnos cuenta, los últimos minutos del 31 de diciembre no sólo produjeron un cambio de día o de un año. Ese momento especial produjo una ruptura generacional, porque fue el salto hacia un nuevo siglo para luego unificarnos en el nuevo milenio. Los privilegiados que vivimos ese instante no volveremos a repetirlo.
Ese sólo acontecimiento marca de alguna forma a nosotros, los del siglo pasado, que también somos el puente entre los dos milenios. Elijo pensar que éste, como todos los privilegios, depositan sobre nuestras espaldas responsabilidades mayores, deberes ineludibles vinculados al hacer y a la verdad, lo cual nos convoca además a reflexionar, investigar, explorar, aprender, crecer, alegrar y, sobre todo, amar.
El recordar, como experiencia, forma parte del conocimiento y la expansión de ese conocimiento se transforma en evolución cuando desarrolla sus capacidades a favor del progreso humano. El recuerdo histórico de nuestros países parece bordado con la misma aguja y en sus diseños de alegrías y dolores las expresiones no son diferentes.
Nuestra renovada responsabilidad descansa en evaluar crítica y objetivamente como país nuestras fuerzas y debilidades, nuestras oportunidades y amenazas, pero más aún nuestra voluntad de hacer los cambios y rectificaciones que sean necesarios sin que ello signifique un nuevo sacrificio para los sectores más desfavorecidos, sino todo lo contrario.
Sabemos que ninguna moral funciona en el vacío social, pues ella surge de valoraciones que hacemos del creer colectivo sustentado en los aportes de la ciencia. La solidaridad social es un rasgo que se origina en las lejanas cavernas del hombre primitivo y que le ha permitido su superioridad sobre otras especies. El mundo globalizado no podrá sobrevivir sin la solidaridad globalizada y globalizante.
El nuevo siglo demanda una actitud nueva, un nuevo humanismo comprometido con la persona como centro de la ética, ubicando al ser humano como valor central, reafirmando la igualdad de todos los humanos, pero reconociendo la diversidad personal y cultural. El nuevo humanismo cree en la tendencia al desarrollo del conocimiento por encima de lo aceptado como verdad absoluta, afirmando la libertad de creencias e ideas y el repudio de la violencia.
La propuesta humanista establece que ha de pasarse de la pre-historia a la verdadera historia humana recién cuando se elimine la violenta apropiación animal de unos seres humanos por otros. La proclama es clara "Nada por encima del ser humano y ningún ser humano por debajo de otro". El asunto es: si ya sabemos que queremos vivir, debemos decidir en qué condiciones hacerlo. Sobre este tema escribiré próximamente.
El país y las circunstancias que nos tocan vivir y transformar a las generaciones que cruzamos el siglo y el milenio tienen, por fortuna, varias posibilidades y alternativas. No se trata de pregonar como Fukuyama, el fin de la historia ni como el político demagogo, los milagros de Canaan. Enfrentemos con solidaridad los malestares sociales. Declaremos sí el fin de la pobreza económica, la pobreza política, la pobreza emocional y espiritual. Derrotemos la tristeza comenzando a escribir la verdadera historia humana.
Ese sólo acontecimiento marca de alguna forma a nosotros, los del siglo pasado, que también somos el puente entre los dos milenios. Elijo pensar que éste, como todos los privilegios, depositan sobre nuestras espaldas responsabilidades mayores, deberes ineludibles vinculados al hacer y a la verdad, lo cual nos convoca además a reflexionar, investigar, explorar, aprender, crecer, alegrar y, sobre todo, amar.
El recordar, como experiencia, forma parte del conocimiento y la expansión de ese conocimiento se transforma en evolución cuando desarrolla sus capacidades a favor del progreso humano. El recuerdo histórico de nuestros países parece bordado con la misma aguja y en sus diseños de alegrías y dolores las expresiones no son diferentes.
Nuestra renovada responsabilidad descansa en evaluar crítica y objetivamente como país nuestras fuerzas y debilidades, nuestras oportunidades y amenazas, pero más aún nuestra voluntad de hacer los cambios y rectificaciones que sean necesarios sin que ello signifique un nuevo sacrificio para los sectores más desfavorecidos, sino todo lo contrario.
Sabemos que ninguna moral funciona en el vacío social, pues ella surge de valoraciones que hacemos del creer colectivo sustentado en los aportes de la ciencia. La solidaridad social es un rasgo que se origina en las lejanas cavernas del hombre primitivo y que le ha permitido su superioridad sobre otras especies. El mundo globalizado no podrá sobrevivir sin la solidaridad globalizada y globalizante.
El nuevo siglo demanda una actitud nueva, un nuevo humanismo comprometido con la persona como centro de la ética, ubicando al ser humano como valor central, reafirmando la igualdad de todos los humanos, pero reconociendo la diversidad personal y cultural. El nuevo humanismo cree en la tendencia al desarrollo del conocimiento por encima de lo aceptado como verdad absoluta, afirmando la libertad de creencias e ideas y el repudio de la violencia.
La propuesta humanista establece que ha de pasarse de la pre-historia a la verdadera historia humana recién cuando se elimine la violenta apropiación animal de unos seres humanos por otros. La proclama es clara "Nada por encima del ser humano y ningún ser humano por debajo de otro". El asunto es: si ya sabemos que queremos vivir, debemos decidir en qué condiciones hacerlo. Sobre este tema escribiré próximamente.
El país y las circunstancias que nos tocan vivir y transformar a las generaciones que cruzamos el siglo y el milenio tienen, por fortuna, varias posibilidades y alternativas. No se trata de pregonar como Fukuyama, el fin de la historia ni como el político demagogo, los milagros de Canaan. Enfrentemos con solidaridad los malestares sociales. Declaremos sí el fin de la pobreza económica, la pobreza política, la pobreza emocional y espiritual. Derrotemos la tristeza comenzando a escribir la verdadera historia humana.