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"A 28 años de vigencia"


El pasado 2 de abril, el Código de Trabajo de 1972 cumplió, con más pena que gloria, ya casi 3 décadas de turbulenta y curiosa vigencia. Si a Vargas Llosa se le permitiera apenas olfatear lo ocurrido en los últimos 28 años. A pocos extrañaría si dijera, con la inmensa serenidad de un monje tibetano, que sobre este Código se han dicho tantas verdades que son mentiras, así como tantas mentiras que son verdades, y en términos tales como no ha ocurrido con ningún otro tema (viejo o nuevo) del país, agregamos nosotros. Y a las evidencias nos debemos remitir todos. Los sectarios de siempre le prodigaron a Torrijos tantos insultos y amenazas por su osadía, que nada extravagante sería el que una investigación seria sobre el suceso de Santa Marta, Coclé, determinara la presencia dolosa de esas rebatadas entre las causas del desgraciado accidente.
Estos sectores empresariales, sin embargo, al final de la jornada, terminaron conviviendo con la legislación laboral atribuyéndole ahora, aunque a voz baja, un sutil ingrediente que ha propiciado la paz laboral, al tiempo que les permite, sin peligrosos sobresaltos, deleitarse de ese desaforado mecanismo de acumulación de riquezas a través del único modo que aquello es posible: con el control del aparato administrativo (poder político). En la otra orilla, la de los trabajadores, las cosas no pintan tan distinto como parece o suele pensarse. El Código del 72 trajo a la vida, y por sorpresa, a más de una dirigencia sindical. Algunos, incluso, y desde entonces, han resistido un puñado de urgentes pedidos de renovación y cambio, atornillándose a sus cargos como en su mejor época lo hicieron los dirigentes arterioscleróticos rusos embalsamados hasta que les llegó lo que es harto conocido y reciente.
Los dirigentes han defendido al Código a punta de comunicados, huelgas, caminatas, protestas, y mártires. Pero, al igual que aquéllos, a éstos le ha dado la no menos rara indisposición de concluir sus correrías viviendo de él más que defendiendo al Código. Los empresarios, cada vez que reclamaban (y reclaman) canongías (como si alguna vez no las hubieran tenido a granel) le echaron ojo y mano al Código, presentándolo como un diablillo suelto que repartía y pronosticaba toda surte de calamidades, desastres y colapsos. Los gobiernos, catalogados como fuerte (por aquello de que eran controlados por los militares), pero débiles de cuerpo y alma, complacieron a los reclamantes modificando una y otra vez el Código. Luego, unos y otros, se sentaban en el portal de sus casas a la espera del desfile de prosperidad e inversiones. Sin hacerse esperar, al poco rato el país seguía igual, o tan peor como antes, a excepción de un Código Laboral nuevamente mutilado.
Los líderes del sector obrero se autocondenaban a luchar "hasta las últimas consecuencias" para no permitir ni una reforma más al Código de Trabajo. Pero no terminaban de doblar sus pancartas cuando otro intento de reforma los levantaba de la cama impulsándolos a repetir prédicas y a prometer cruzadas que se disiparon con la frágilidad de un piropo altisonante que era agradable al oído, pero al que nadie le atribuyó (ni le atribuye) el mínimo crédito.
Las reformas al Código han sido tantas y variadas que aquel no es hoy lo que fue ayer. Y tampoco lo son ni sus usuarios principales ni sus beneficiarios directos. La inactualdiad del Código trae consigo señales inequívocas de una ancianidad galopante en la dirigencia sindical, más que revelar los signos conocidos del estructural oportunismo patronal. A la altura de 28 años de accidentada y tormentosa realidad, resulta claro que los pocos, contra toda matemática, le han ganado la partida a los muchos.
Los muchos contabilizan (con más ilusión que objetividad) las reformas al Código introducidas mediante leyes. Los pocos, como comerciantes de camino, no dejan de contar, desde el centavo, las reformas que caen como lluvia sobre el Código por la vía de la interpretación judicial y administrativa.
Si el Código de Trabajo de hoy no se parece al del 72, el motivo no hay que buscarlo en las leyes reformatorias, con todo y que éstas lo han transformado en un fenómeno legal tetrapléjico; bastaría con deshojar los fallos de los juzgados, así como las resoluciones ministeriales. Ha surgido un Código paralelo por obra y gracia de jueces, magistrados y funcionarios. Este es fluido, flexible y provoca tan escasos traumas y tranques que cualquiera iniciativa para una nueva reforma legal al Código resultaría una completa majadería, aún para los enemigos más dogmáticos y confesos de la legislación laboral.
Nuestro Código tiene la triste recompensa de ser el único código del país que debe entenderse por lo que dicen de él, y no, exactamente, por lo que él dispone. Los Tribunales, lerdos y blandengues hasta la zapatilla, se acostumbraron a seguirle los pasos a los dichos, y ya no aplican los presupuestos legales. Pero aún: no tienen las agallas para semejante tarea tan simple como rutinaria. Los funcionarios administrativos no tienen mejor destino. Esperanzados a 2 cheques mensuales no tienen otra alternativa que la de hacer y decir lo que se le ocurra al jefe improvisado que la marea politiquera, cada cierto tiempo, les pone de frente.
Si la dirigencia sindical o los trabajadores no despiertan a tiempo y hacen lo que ellos, y unicamente ellos, saben y deben hacer, dentro de poco el Código de Trabajo del 72 será pieza de exhibición en el "Reina Torres de Araúz", o tendremos que acostumbrarnos a lidiar con un cadáver insepulto, cuyas fechas cimeras se las celebramos, unas, con tal indiferencia que hiere, desconcierta y duele, y otras, con tanta jarana y proclamas comunes que apenas nos está quedando espacio para sostener con desánimo: que sólo se están quedando los epónimos del pasado.

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