31 de julio, Iñigo de Loyola
Iñaki o Ignacio ya latinizado, y según siguió firmando en sus escritos. Aunque los propios no me lo reclamarían, los extraños sin duda lo harían si al estar cerca de la fecha del Santo Fundador de los Jesuitas, Ignacio de Loyola, se me ocurriera en este espacio gustosamente contaminarme de las impresionantes manifestaciones de deterioro de nuestra sociedad aludiendo a uno de los múltiples eventos con que cada día amanecemos en las noticias.
Sin fanatismos y con agradecida veneración me referiré a este Santo. La mejor alabanza es la obra, la institución humana operando en el mundo, a la que inmerecidamente pertenecemos, bajo la inspiración y conducción de sus ideas y sobre todo, la fuerza del Espíritu de Dios a través de los Ejercicios Espirituales. De allí que con discernimiento veamos que no es ni la cantidad de obras, ni los espectaculares escenarios triunfales, ni de éxitos de miembros de la comunidad, ni de conversiones masivas y milagrosas, “Non in conmotione, Deus”, ni la cantidad de personas, ni de los fugaces triunfos sino en ver cómo Dios se sigue sirviendo de nosotros como instrumentos aptos y eficaces para responder a los cambios rápidos y profundos del mundo, que nos obliga a reflexionar tanto sobre él como sobre nosotros para poder conocer en qué cosas debemos modificarnos y modificar también conocimientos, actitud y métodos apostólicos para estar a la altura de nuestra vocación.
Hoy día, estar a la altura de la vocación es convencerse de la formación permanente hacia una fidelidad creativa. Es una exigencia de la misma vocación religiosa y apostólica, ya que necesitamos reavivar continuamente el don recibido, mantenerlo encendido y tener fresca la novedad permanente del don de Dios. El seguimiento de Cristo conlleva un dinamismo que requiere ser alimentado y renovado incesantemente, y su llamada a seguirlo se repite a cada momento y nos pide un esfuerzo constante para revestirnos progresivamente de sus sentimientos hacia el Padre, ya que por ser pecadores jamás podremos suponer que hemos realizado totalmente la gestación de aquel hombre nuevo que experimentamos dentro de nosotros, ni que poseemos en todas las circunstancias de nuestra vida los mismos sentimientos de Cristo. Desde este punto, la formación permanente implica vivir en un proceso continuo de conversión y renovación espiritual.
Estamos convencidos de que Ignacio no es un santo popular. No sé si en el país vasco lo será, en el sentido popular con que calificamos a los santos que generen grandes convocatorias de gente en procesiones. No lo creo o al menos no lo he oído. Ni tampoco de ningún lugar que tenga como patrono a Ignacio. Sabemos que en Panamá, concretamente en el país de Tule, Kuna Yala, existe una comunidad de San Ignacio de Tupile, y últimamente una cuasi capilla en un Centro de Cumplimiento de los Estudios Interdisciplinares de Panamá. Ahora bien, lo que sí sentimos es que se le admira como una persona que se convirtió. Y de esa conversión se siguieron muchos frutos.
En su autobiografía nos dice en su estilo: “Hasta los 26 años de edad fui hombre dado a las vanidades del mundo y, principalmente, me deleitaba en ejercicios de armas, con un deseo grande y vano de ganar honra. Y así estando en una fortaleza que los franceses combatían, y siendo todos del parecer de entregarse salvas sus vidas, ya que veían claramente que no se podrían defender, le di tantas razones al “alcaide” -el capitán D. Miguel Herrera quien con unos pocos defendían el castillo- que lo persuadí a seguir defendiéndose... aunque contra el parecer de todos mis compañeros, alentados con mi ánimo y esfuerzo. Y llegado el día en que se esperaba el ataque, me confesé con uno de mis compañeros de armas. Y después de durar un buen rato el ataque, una “bombarda” me alcanzó en una pierna, quebrándomela entera y como la bala pasó entre ambas piernas, la otra también quedó mal herida”.
Sigue narrando en su autobiografía lo que se siguió al accidente de la pierna, donde cuenta la rendición y lo bien que lo trataron los franceses, cómo se siguió sintiendo mal y cómo lo sentenciaron a muerte si seguía empeorando hasta que se mejoró el día de San Pedro y San Pablo. Se le soldaron los huesos, tuvo otra complicación y necesitó ser intervenido ferozmente. “Y cortada la carne y el hueso que allí sobraba, se procuró usar remedios para que la pierna no quedase tan corta. Y me pusieron muchas “unturas” y la estiraron continuamente con instrumentos los que por muchos días me martirizaron. Pero nuestro Señor fue dándome salud. Y fui sintiéndome muy bien, estando sano en todo lo demás, sólo no pudiendo sostenerme bien sobre la pierna, por eso estaba obligado a quedarme en el lecho. Y porque era muy dado a leer libros mundanos y falsos, que suelen llamar de “caballerías”, al sentirme bien, pedí que me dieran algunos para pasar el tiempo. Pero en esa casa no se halló ninguno de los que solía leer. Así, me dieron un “Vita Christi” y un libro de la vida de los santos.
Leyéndolos muchas veces, algún tanto me aficionaba a lo que allí estaba escrito, pero dejándolos de leer, algunas veces me detenía a pensar en las cosas que había leído y otras veces en las cosas del mundo en que antes solía pensar. Y de muchas vanidades que se me ofrecían, una que se apoderaba tanto de mi corazón que después me quedaba embelesado pensando en ella dos, tres y cuatro horas sin sentirlo, imaginado lo que tendría que hacer en servicio de una dama, los medios que tomaría para poder ir al lugar donde ella estaba, los piropos, las palabras que le diría, los hechos de armas que haría en su servicio. Y estaba con esto tan envanecido que ni miraba lo imposible que era poder lograrlo, porque la tal dama no era de una vulgar nobleza, como condesa o duquesa, sino que de un estado mucho más elevado que ninguno de esos.
A pesar de todo, nuestro Señor me socorría haciendo que a esos pensamientos sucedieron otros que nacían de las cosas que leía, porque leyendo la vida de nuestro Señor y de los santos, me detenía a pensar, razonando conmigo mismo: ¿qué sería si yo hiciese esto que hizo San Francisco y esto que hizo Santo Domingo? Y así discurría por muchas cosas que hallaba buenas, proponiéndome siempre a mí mismo cosas dificultosas y graves; las cuales, cuando me las proponía, me parecía hallar en mí facilidad para ponerlas en obra...” Y sigue la autobiografía internándose en ese detallado proceso de conversión en donde se siente la presencia del Espíritu que lo transformó de Iñigo en el Ignacio que hoy veneramos. Un convertido por la gracia que con el Evangelio nos invita a convertirnos también.
El Dr. Harmodio Arias Madrid hasta su muerte en 1962 fue un factor controvertido, pero innegable del poder público, como estadista consultado por presidentes en asuntos de nuestras relaciones con los Estados Unidos, y como propietario y director de El Panamá América. En torno a su personalidad de hombre inteligente, que había ido de Río Grande a Cambridge, respetado por su éxito, como temido por su habilidad se creó un mito que hacía que cuando un hecho político era sorprendente pero inteligentemente calculado, inmediatamente alguien conjeturaba “esas son cosas de Harmodio Arias”. La desfiguración que el mito le imponía a su personalidad rendía indirectamente tributo a su valía como hombre público serio, con visión de estadista, predispuesto al realismo político por la determinación de surgir por su propio esfuerzo tanto en la vida personal como en la nacional y, en consecuencia, por la complejidad de su carácter. El le dio su primera forma al proyecto de la segunda etapa de nuestra historia independiente, a saber convertir la República en Estado Nacional.
Sin fanatismos y con agradecida veneración me referiré a este Santo. La mejor alabanza es la obra, la institución humana operando en el mundo, a la que inmerecidamente pertenecemos, bajo la inspiración y conducción de sus ideas y sobre todo, la fuerza del Espíritu de Dios a través de los Ejercicios Espirituales. De allí que con discernimiento veamos que no es ni la cantidad de obras, ni los espectaculares escenarios triunfales, ni de éxitos de miembros de la comunidad, ni de conversiones masivas y milagrosas, “Non in conmotione, Deus”, ni la cantidad de personas, ni de los fugaces triunfos sino en ver cómo Dios se sigue sirviendo de nosotros como instrumentos aptos y eficaces para responder a los cambios rápidos y profundos del mundo, que nos obliga a reflexionar tanto sobre él como sobre nosotros para poder conocer en qué cosas debemos modificarnos y modificar también conocimientos, actitud y métodos apostólicos para estar a la altura de nuestra vocación.
Hoy día, estar a la altura de la vocación es convencerse de la formación permanente hacia una fidelidad creativa. Es una exigencia de la misma vocación religiosa y apostólica, ya que necesitamos reavivar continuamente el don recibido, mantenerlo encendido y tener fresca la novedad permanente del don de Dios. El seguimiento de Cristo conlleva un dinamismo que requiere ser alimentado y renovado incesantemente, y su llamada a seguirlo se repite a cada momento y nos pide un esfuerzo constante para revestirnos progresivamente de sus sentimientos hacia el Padre, ya que por ser pecadores jamás podremos suponer que hemos realizado totalmente la gestación de aquel hombre nuevo que experimentamos dentro de nosotros, ni que poseemos en todas las circunstancias de nuestra vida los mismos sentimientos de Cristo. Desde este punto, la formación permanente implica vivir en un proceso continuo de conversión y renovación espiritual.
Estamos convencidos de que Ignacio no es un santo popular. No sé si en el país vasco lo será, en el sentido popular con que calificamos a los santos que generen grandes convocatorias de gente en procesiones. No lo creo o al menos no lo he oído. Ni tampoco de ningún lugar que tenga como patrono a Ignacio. Sabemos que en Panamá, concretamente en el país de Tule, Kuna Yala, existe una comunidad de San Ignacio de Tupile, y últimamente una cuasi capilla en un Centro de Cumplimiento de los Estudios Interdisciplinares de Panamá. Ahora bien, lo que sí sentimos es que se le admira como una persona que se convirtió. Y de esa conversión se siguieron muchos frutos.
En su autobiografía nos dice en su estilo: “Hasta los 26 años de edad fui hombre dado a las vanidades del mundo y, principalmente, me deleitaba en ejercicios de armas, con un deseo grande y vano de ganar honra. Y así estando en una fortaleza que los franceses combatían, y siendo todos del parecer de entregarse salvas sus vidas, ya que veían claramente que no se podrían defender, le di tantas razones al “alcaide” -el capitán D. Miguel Herrera quien con unos pocos defendían el castillo- que lo persuadí a seguir defendiéndose... aunque contra el parecer de todos mis compañeros, alentados con mi ánimo y esfuerzo. Y llegado el día en que se esperaba el ataque, me confesé con uno de mis compañeros de armas. Y después de durar un buen rato el ataque, una “bombarda” me alcanzó en una pierna, quebrándomela entera y como la bala pasó entre ambas piernas, la otra también quedó mal herida”.
Sigue narrando en su autobiografía lo que se siguió al accidente de la pierna, donde cuenta la rendición y lo bien que lo trataron los franceses, cómo se siguió sintiendo mal y cómo lo sentenciaron a muerte si seguía empeorando hasta que se mejoró el día de San Pedro y San Pablo. Se le soldaron los huesos, tuvo otra complicación y necesitó ser intervenido ferozmente. “Y cortada la carne y el hueso que allí sobraba, se procuró usar remedios para que la pierna no quedase tan corta. Y me pusieron muchas “unturas” y la estiraron continuamente con instrumentos los que por muchos días me martirizaron. Pero nuestro Señor fue dándome salud. Y fui sintiéndome muy bien, estando sano en todo lo demás, sólo no pudiendo sostenerme bien sobre la pierna, por eso estaba obligado a quedarme en el lecho. Y porque era muy dado a leer libros mundanos y falsos, que suelen llamar de “caballerías”, al sentirme bien, pedí que me dieran algunos para pasar el tiempo. Pero en esa casa no se halló ninguno de los que solía leer. Así, me dieron un “Vita Christi” y un libro de la vida de los santos.
Leyéndolos muchas veces, algún tanto me aficionaba a lo que allí estaba escrito, pero dejándolos de leer, algunas veces me detenía a pensar en las cosas que había leído y otras veces en las cosas del mundo en que antes solía pensar. Y de muchas vanidades que se me ofrecían, una que se apoderaba tanto de mi corazón que después me quedaba embelesado pensando en ella dos, tres y cuatro horas sin sentirlo, imaginado lo que tendría que hacer en servicio de una dama, los medios que tomaría para poder ir al lugar donde ella estaba, los piropos, las palabras que le diría, los hechos de armas que haría en su servicio. Y estaba con esto tan envanecido que ni miraba lo imposible que era poder lograrlo, porque la tal dama no era de una vulgar nobleza, como condesa o duquesa, sino que de un estado mucho más elevado que ninguno de esos.
A pesar de todo, nuestro Señor me socorría haciendo que a esos pensamientos sucedieron otros que nacían de las cosas que leía, porque leyendo la vida de nuestro Señor y de los santos, me detenía a pensar, razonando conmigo mismo: ¿qué sería si yo hiciese esto que hizo San Francisco y esto que hizo Santo Domingo? Y así discurría por muchas cosas que hallaba buenas, proponiéndome siempre a mí mismo cosas dificultosas y graves; las cuales, cuando me las proponía, me parecía hallar en mí facilidad para ponerlas en obra...” Y sigue la autobiografía internándose en ese detallado proceso de conversión en donde se siente la presencia del Espíritu que lo transformó de Iñigo en el Ignacio que hoy veneramos. Un convertido por la gracia que con el Evangelio nos invita a convertirnos también.
El Dr. Harmodio Arias Madrid hasta su muerte en 1962 fue un factor controvertido, pero innegable del poder público, como estadista consultado por presidentes en asuntos de nuestras relaciones con los Estados Unidos, y como propietario y director de El Panamá América. En torno a su personalidad de hombre inteligente, que había ido de Río Grande a Cambridge, respetado por su éxito, como temido por su habilidad se creó un mito que hacía que cuando un hecho político era sorprendente pero inteligentemente calculado, inmediatamente alguien conjeturaba “esas son cosas de Harmodio Arias”. La desfiguración que el mito le imponía a su personalidad rendía indirectamente tributo a su valía como hombre público serio, con visión de estadista, predispuesto al realismo político por la determinación de surgir por su propio esfuerzo tanto en la vida personal como en la nacional y, en consecuencia, por la complejidad de su carácter. El le dio su primera forma al proyecto de la segunda etapa de nuestra historia independiente, a saber convertir la República en Estado Nacional.