A 40 años del crimen de Estanislado
Si hay un acontecimiento que marcó mi vida sin haberlo vivido, fueron los sucesos del 9 de enero de 1964, cuando soldados estadounidenses mancillaron mi bandera, pisotearon la dignidad de mi pueblo y asesinaron, entre otros panameños, al estudiante graduando de VI año, Estanislado Orobio Willians, el hermano menor de mi madre al que tuve que conocer por fotos y anécdotas.
Pipo, como cariñosamente lo llamaban, estudiaba de noche porque de día trabajaba con su madre y sus hermanos. A él no le cambiaron la imagen después de muerto; él sí no fue un chico problemático, él era un buen hijo, un buen estudiante, hermano y amigo. Estanislado Orobio no es famoso porque no murió de primero; pero al igual que muchos panameños fue al área de los acontecimientos a protestar en compañía de profesores y compañeros del colegio. Dos días penó mi tío, sin olvidar que al llegar herido al hospital lo pusieron junto a los muertos; si no se mueve a las horas, no se percatan que aún vivía. Un joven de 18 años de edad, con sueños y planes claros en su vida, fue asesinado por las tropas yanquis; pero como dijo antes de morir, “muero por mi patria”.
Crecí visitando el Jardín de Paz todos los 9 de enero y no olvido las lágrimas de mi abuela Victoria y de mi madre Esther frente a la tumba de mi tío, un joven asesinado por tropas extranjeras en suelo patrio.
Gracias a la lucha generacional de miles de panameños y a la lucha personal de un hombre en particular que supo unificar el querer de los verdaderos nacionalistas, que salió al mundo a buscar el respaldo para lograr nuestra soberanía total y ponerle fin a la presencia militar de los estadounidenses con la firma de los tratados canaleros de 1977, mi peregrinación al cementerio los 9 de enero culminó en el año 2000.
Para mí el alma continúa su evolución a penas dejamos esta vida, por ello no acostumbro visitar cementerios; las visitas al Jardín de Paz los 9 de enero eran por compromiso familiar, respeto por los mártires y por mi país. Necesitaba sentir que en parte se le hacía justicia a Estanislado Orobio y a mi familia. Dejé de ir cementerio, lo conseguí el 31 de diciembre de 1999; a pesar del día puente de los antipatria.
El 9 de enero será por siempre un día de duelo para mí.
No defendí como panameña mi nación cuando nos invadieron cruelmente el 20 de diciembre de 1989, pero jamás permitiría que se quedaran en mi patria después de 1999; por ello retomé, junto con mi familia, la lucha por la soberanía en las calles al oponernos al CMA junto a los compañeros de MONADESO a finales de los ‘90.
La salida de las tropas yanquis, gracias a la firma del tratado que firmó Omar Torrijos Herrera, no sólo siento le hizo justicia a Estanislado Orobio, también nos dio la verdadera independencia.
El pasado 3 de noviembre conmemoré el centenario de nuestra separación de Colombia; llevo cuatro años celebrando nuestra independencia el 31 de diciembre y así lo haré mientras viva. Soy pacifista, creo en la paz, detesto las guerras y las invasiones, me duele cuando cae un inocente, sin embargo no siento dolor cuando muere un soldado estadounidense.
Los recortes de periódicos, las vistas televisivas de aquel 9 de enero y las fotos de mi tío Pipo, ese tío que no pude conocer, con quien no pude compartir, corroían una parte de mi corazón. Más que antiimperialista, soy sobrina de Estanislado Orobio, sé perdonar; pero Estados Unidos jamás le pidió perdón a mis abuelos, a mi familia, a mi nación.
No olvido a quien me hace daño, ni perdono a quien no se arrepiente de corazón. En mi alma la sangre derramada de Estanislado Orobio se cristalizó junto a las lágrimas de mi abuela y de mi madre el 31 de diciembre de 1999, mientras caminaba con cientos de torrijistas desde la Plaza 5 de Mayo junto con algunos de mi familia; entre ellos, mi sobrina Génesis Victoria, con año y medio de edad, hacia los actos oficiales en Ancón.
Ese día me saqué el puñal del corazón con el cual nací y jamás olvidaré aquel grito que me salió de lo más profundo de mi ser, a pesar de las lágrimas y de la lluvia al medio día cuando subía entre miles de panameños la colina del edificio de la Administración del Canal: “¡Pipo, se fueron! Gracias Omar”.
Pipo, como cariñosamente lo llamaban, estudiaba de noche porque de día trabajaba con su madre y sus hermanos. A él no le cambiaron la imagen después de muerto; él sí no fue un chico problemático, él era un buen hijo, un buen estudiante, hermano y amigo. Estanislado Orobio no es famoso porque no murió de primero; pero al igual que muchos panameños fue al área de los acontecimientos a protestar en compañía de profesores y compañeros del colegio. Dos días penó mi tío, sin olvidar que al llegar herido al hospital lo pusieron junto a los muertos; si no se mueve a las horas, no se percatan que aún vivía. Un joven de 18 años de edad, con sueños y planes claros en su vida, fue asesinado por las tropas yanquis; pero como dijo antes de morir, “muero por mi patria”.
Crecí visitando el Jardín de Paz todos los 9 de enero y no olvido las lágrimas de mi abuela Victoria y de mi madre Esther frente a la tumba de mi tío, un joven asesinado por tropas extranjeras en suelo patrio.
Gracias a la lucha generacional de miles de panameños y a la lucha personal de un hombre en particular que supo unificar el querer de los verdaderos nacionalistas, que salió al mundo a buscar el respaldo para lograr nuestra soberanía total y ponerle fin a la presencia militar de los estadounidenses con la firma de los tratados canaleros de 1977, mi peregrinación al cementerio los 9 de enero culminó en el año 2000.
Para mí el alma continúa su evolución a penas dejamos esta vida, por ello no acostumbro visitar cementerios; las visitas al Jardín de Paz los 9 de enero eran por compromiso familiar, respeto por los mártires y por mi país. Necesitaba sentir que en parte se le hacía justicia a Estanislado Orobio y a mi familia. Dejé de ir cementerio, lo conseguí el 31 de diciembre de 1999; a pesar del día puente de los antipatria.
El 9 de enero será por siempre un día de duelo para mí.
No defendí como panameña mi nación cuando nos invadieron cruelmente el 20 de diciembre de 1989, pero jamás permitiría que se quedaran en mi patria después de 1999; por ello retomé, junto con mi familia, la lucha por la soberanía en las calles al oponernos al CMA junto a los compañeros de MONADESO a finales de los ‘90.
La salida de las tropas yanquis, gracias a la firma del tratado que firmó Omar Torrijos Herrera, no sólo siento le hizo justicia a Estanislado Orobio, también nos dio la verdadera independencia.
El pasado 3 de noviembre conmemoré el centenario de nuestra separación de Colombia; llevo cuatro años celebrando nuestra independencia el 31 de diciembre y así lo haré mientras viva. Soy pacifista, creo en la paz, detesto las guerras y las invasiones, me duele cuando cae un inocente, sin embargo no siento dolor cuando muere un soldado estadounidense.
Los recortes de periódicos, las vistas televisivas de aquel 9 de enero y las fotos de mi tío Pipo, ese tío que no pude conocer, con quien no pude compartir, corroían una parte de mi corazón. Más que antiimperialista, soy sobrina de Estanislado Orobio, sé perdonar; pero Estados Unidos jamás le pidió perdón a mis abuelos, a mi familia, a mi nación.
No olvido a quien me hace daño, ni perdono a quien no se arrepiente de corazón. En mi alma la sangre derramada de Estanislado Orobio se cristalizó junto a las lágrimas de mi abuela y de mi madre el 31 de diciembre de 1999, mientras caminaba con cientos de torrijistas desde la Plaza 5 de Mayo junto con algunos de mi familia; entre ellos, mi sobrina Génesis Victoria, con año y medio de edad, hacia los actos oficiales en Ancón.
Ese día me saqué el puñal del corazón con el cual nací y jamás olvidaré aquel grito que me salió de lo más profundo de mi ser, a pesar de las lágrimas y de la lluvia al medio día cuando subía entre miles de panameños la colina del edificio de la Administración del Canal: “¡Pipo, se fueron! Gracias Omar”.