9 de enero de 1964
Al aproximarse un aniversario más, de aquella luctuosa fecha, quiero dar a conocer, por escrito, mi testimonio.
En aquellos días, mi esposa y yo residíamos en Filadelfia. Ella trabajaba como enfermera y yo, asistía a la Escuela de Graduados de Medicina de la Universidad de Pennsylvania, en donde me adiestraba en la especialidad de Gastroenterología. Aquella aciaga noche, vimos y escuchamos las noticias que ofrecía la televisión norteamericana, en donde, por la forma en quenos fueron presentadas, parecía que loúnico que había ocurrido, era un enfrentamiento, sin mayor consecuencias, entre estudiantes del Instituto Nacional de Panamá y los zonaíetas de la Escuela de Balboa.
Con la vertiginosa velocidad con la que, hoy día, viajan las noticias, podrá ser difícil para algunos, comprender que en aquella ocasión, yo no me hubiera enterado prontamente, acerca de lo que en realidad había acontecido en mi muy querida Panamá. Pero, no fue sino después de transcurridas un par de semnas, cuando me enteré de lo que en realidad había ocurrido cuando, un domingo, recibí por correo marítimo una carta de mni madre (+), en donde me adjuntaba una gran cantidad de recortes de periódicos alusivos a los hechos. Mi esposa estaba trabajando esa mañana, así es que, al no tener con quien conversar sobre el tema y desahogarme, sentí que las paredes del apartamento en donde residíamos, me aprisionaban y me asfixiaban. Por ello, decidí salir. Caminé sin rumbo fijo durante no sé cuántas horas.
Cuando mi esposa regresó en la tarde, le mostré el tesoro informativo que había recibido y hablamos largamente acerca deltema. Esa noche, casi no logré conciliar el sueño.
Al día siguiente, lunes, acudí temprano a la Escuela de Gradudos para presentar mis exámenes semestrales. Antes de que el profesor-asistente iniciará la repartición de las preguntas del examen, yo me levanté de mi asiento y caminé hacia la parte frontal del aula. Luego, parsimoniosamente, tomé todos los recortes de periódicos recibidos de Panamá y los fijé en los tbleros con cinta adhesiva. Seguidamente, me acerqué al micrófono y, a los casi 400 médicos estudiantes que allí estaban y que procedían de más de 25 países diferentes, les dije en mi inglés, más o menos, lo siguiente: "Muy buenos días. Muy buenos días. Mi nombre es Rafael Pérez Ferrari. Yo soy de un país llamado Panamá. Aquellos de ustedes que han tenido tiempo y oportunidad de leer los periódicos o de ver noticias por la televisión, se habrán enterado que el 9 y 10 de enero de este año, hubo un grave conflicto entre mi país y esta nación. Ustedes habrán leído o escuchado la versión norteamericana de lo que ocurrió. Ahora, yo les pido que, por un momento, presten atención y escuchen la mía, y les invito además a que se acerquen a los tableros, para que observen las pruebas fotográficas que corroboran mis afirmaciones".
El profesor-asistente (que era un gringo-portorriqueño) encargado de cuidar el examen, trató de impedirme que yo realizara loque me había propuesto.
Me pidió que me fuera a sentar para poder iniciar el examen, e intentó retirar, de los tableros, mis recortes de periódicos. Yo le respondí, en español, unas expresiones que por lo crudas, no pasarían la censura, por lo que dejó a las imaginaciones de cada uno de ustedes, que conjeturen acerca de cuáles fueron las mismas.
Por supuesto que mi relato provocó un tremendo revuelo entre los médicos-estudiantes allí presentes, especialmente, entre los latinoamericanos, quienes me dieron calurosas muestras de simpatía y de solidaridad (cosa que no hizo la OEA en su momento).
Por razones de tiempo y de espacio, omitiré relatar lo que me ocurrió una semana después, cuando fui citado a comparecer a la oficina del doctor Paul nemir, Decano de la Escuela de Graduados. Días después, el 27 de febrero de 1964, recibí una atenta carta del Presidente de la República, don Roberto Francisco Chiari (+), la cual era en respuesta a una que, previamente, yo le había enviado para felicitarlo por su patriótica, resposnable y valiente actitud, frente a la agresión del ejército norteamericano.
Creo sinceramente, que lo que cada panameño debe hacer, de ahora en adelante, es lo que sabiamente nos aconsejó "El Panamá América" en su nota editorial, el 25 de enero de 1964:
"Cada madre panameña está en la obligación de inculcar en su hijo, la trascendencia del momento en que vivimos. Todo padre está obligado a hacer lo mismo y a prestarse a no fallarle a la nación. Todos los estudiantes están en la obligación de mantener su actitud altiva y decidida. Estamos haciendo historia y nuestra actitud determinará en qué forma la estamos haciendo. En estas horas de grandes responsabilidades, tenemos que sobreponernos a toda debilidad y responder, como merecen nuestros hijos y como esperan nuestros nietos".
En aquellos días, mi esposa y yo residíamos en Filadelfia. Ella trabajaba como enfermera y yo, asistía a la Escuela de Graduados de Medicina de la Universidad de Pennsylvania, en donde me adiestraba en la especialidad de Gastroenterología. Aquella aciaga noche, vimos y escuchamos las noticias que ofrecía la televisión norteamericana, en donde, por la forma en quenos fueron presentadas, parecía que loúnico que había ocurrido, era un enfrentamiento, sin mayor consecuencias, entre estudiantes del Instituto Nacional de Panamá y los zonaíetas de la Escuela de Balboa.
Con la vertiginosa velocidad con la que, hoy día, viajan las noticias, podrá ser difícil para algunos, comprender que en aquella ocasión, yo no me hubiera enterado prontamente, acerca de lo que en realidad había acontecido en mi muy querida Panamá. Pero, no fue sino después de transcurridas un par de semnas, cuando me enteré de lo que en realidad había ocurrido cuando, un domingo, recibí por correo marítimo una carta de mni madre (+), en donde me adjuntaba una gran cantidad de recortes de periódicos alusivos a los hechos. Mi esposa estaba trabajando esa mañana, así es que, al no tener con quien conversar sobre el tema y desahogarme, sentí que las paredes del apartamento en donde residíamos, me aprisionaban y me asfixiaban. Por ello, decidí salir. Caminé sin rumbo fijo durante no sé cuántas horas.
Cuando mi esposa regresó en la tarde, le mostré el tesoro informativo que había recibido y hablamos largamente acerca deltema. Esa noche, casi no logré conciliar el sueño.
Al día siguiente, lunes, acudí temprano a la Escuela de Gradudos para presentar mis exámenes semestrales. Antes de que el profesor-asistente iniciará la repartición de las preguntas del examen, yo me levanté de mi asiento y caminé hacia la parte frontal del aula. Luego, parsimoniosamente, tomé todos los recortes de periódicos recibidos de Panamá y los fijé en los tbleros con cinta adhesiva. Seguidamente, me acerqué al micrófono y, a los casi 400 médicos estudiantes que allí estaban y que procedían de más de 25 países diferentes, les dije en mi inglés, más o menos, lo siguiente: "Muy buenos días. Muy buenos días. Mi nombre es Rafael Pérez Ferrari. Yo soy de un país llamado Panamá. Aquellos de ustedes que han tenido tiempo y oportunidad de leer los periódicos o de ver noticias por la televisión, se habrán enterado que el 9 y 10 de enero de este año, hubo un grave conflicto entre mi país y esta nación. Ustedes habrán leído o escuchado la versión norteamericana de lo que ocurrió. Ahora, yo les pido que, por un momento, presten atención y escuchen la mía, y les invito además a que se acerquen a los tableros, para que observen las pruebas fotográficas que corroboran mis afirmaciones".
El profesor-asistente (que era un gringo-portorriqueño) encargado de cuidar el examen, trató de impedirme que yo realizara loque me había propuesto.
Me pidió que me fuera a sentar para poder iniciar el examen, e intentó retirar, de los tableros, mis recortes de periódicos. Yo le respondí, en español, unas expresiones que por lo crudas, no pasarían la censura, por lo que dejó a las imaginaciones de cada uno de ustedes, que conjeturen acerca de cuáles fueron las mismas.
Por supuesto que mi relato provocó un tremendo revuelo entre los médicos-estudiantes allí presentes, especialmente, entre los latinoamericanos, quienes me dieron calurosas muestras de simpatía y de solidaridad (cosa que no hizo la OEA en su momento).
Por razones de tiempo y de espacio, omitiré relatar lo que me ocurrió una semana después, cuando fui citado a comparecer a la oficina del doctor Paul nemir, Decano de la Escuela de Graduados. Días después, el 27 de febrero de 1964, recibí una atenta carta del Presidente de la República, don Roberto Francisco Chiari (+), la cual era en respuesta a una que, previamente, yo le había enviado para felicitarlo por su patriótica, resposnable y valiente actitud, frente a la agresión del ejército norteamericano.
Creo sinceramente, que lo que cada panameño debe hacer, de ahora en adelante, es lo que sabiamente nos aconsejó "El Panamá América" en su nota editorial, el 25 de enero de 1964:
"Cada madre panameña está en la obligación de inculcar en su hijo, la trascendencia del momento en que vivimos. Todo padre está obligado a hacer lo mismo y a prestarse a no fallarle a la nación. Todos los estudiantes están en la obligación de mantener su actitud altiva y decidida. Estamos haciendo historia y nuestra actitud determinará en qué forma la estamos haciendo. En estas horas de grandes responsabilidades, tenemos que sobreponernos a toda debilidad y responder, como merecen nuestros hijos y como esperan nuestros nietos".