9 de Enero, ecuación de patria
LA DIGNIDAD DE LAS naciones encuentra su asidero en los sentimientos y los propósitos compartidos por un pueblo. Ese es el reconocimiento que llevan implícitas las celebraciones que hacemos en Panamá el 3 de Noviembre, o el 10 de Noviembre, o el 28 de Noviembre. La celebración del 9 de Enero es la reafirmación de la dignidad, de la identidad de la nación panameña y no podría dejar de tener un puesto de honor en la memoria de la patria; ser una referencia concreta, tangible, que encuadra en la vanguardia del proyecto nacional de soberanía y de integridad territorial que ha animado a los panameños desde 1903.
El 9 de enero de 1964 hizo posible la realización de las reivindicaciones que se concretaron el 31 de diciembre de 1999. Muchos fuimos sorprendidos por el silencio oficial acerca del 7º aniversario del total cumplimiento de los Tratados Torrijos-Carter a través de la transferencia del Canal a manos panameñas. Fue un silencio cubierto por las algarabías propias de fin de año y que debería ser remediado con medidas oficiales que asegurasen la celebración cívica de un hecho tan importante, impidiendo la indiferencia que suele dar pie al olvido.
Hay aspectos en la historia de las naciones sobre los cuales no puede haber controversias. En Panamá no es posible ignorar las relaciones -que son genésicas- entre el 9 de enero de 1964 y el 31 de diciembre de 1999. Resulta incomprensible que mientras las autoridades consideran al Canal como la gallina de los huevos de oro, dejen pasar inadvertida, la efemérides del 31 de diciembre de 1999, la fecha en que esos huevos de oro patrióticos empezaron a tener el sello nacional, el timbre de la identidad nacional.
Por décadas creímos que nuestras aspiraciones a ser soberanos sobre el Canal y la zona contigua se cumplirían algún día y que cuando eso sucediera todos seríamos felices. El capital de esperanzas y de expectativas que invertimos en este asunto fue grandioso. El 9 de enero de 1964 sonó la hora en que fuimos llevados a decidir que había que hacer -pronto y bien- todo lo que fuera necesario para que nuestras aspiraciones se cumplieran. En otras palabras, el 9 de enero de 1964 es una fecha clave que le dictó una agenda concreta a todos los panameños y panameñas: la agenda de las acciones precisas.
Quienes creemos firmemente en las potencialidades de nuestra posición geográfica, no comprendemos que se pongan todos los esfuerzos y las expectativas en la simple ampliación del Canal actual, que aún tiene que cumplir con la etapa de preparación de diseños y planos durante los próximos 2 ó 3 años. Tampoco comprendemos que se promueva la creencia de que un Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos es la panacea de nuestro desarrollo económico y comercial. Menos aún comprendemos que se trate de convencer al pueblo panameño de que nuestro ingreso al primer mundo es inminente cuando tenemos ingentes problemas insolutos de pobreza, de educación, de salud, de transporte público y de desempleo.
El 9 de enero de 1964 sembró en el alma del pueblo panameño la fe en nuestro poder de modificar el curso de la historia y conseguir de la potencia más grande del mundo la atención a nuestras reivindicaciones. Una clara palpitación en el corazón nos indica que debemos seguir luchando con el espíritu indomable y la fuerza nacionalista del 9 de Enero, para conseguir lo que aún no hemos logrado, lo que puede ser alcanzado en el orden de nuestras necesidades y de nuestros anhelos. En Panamá debemos volver a tener el espíritu del 9 de Enero, cuando se juntaron en nuestros corazones por la acción de los adolescentes y las adolescentes del Instituto Nacional, el coraje, la voluntad de actuar y el amor desinteresado por la patria, quienes superaron los complejos mezquinos de una minoría de panameños ganados por la mentalidad de sometimiento y de dependencia colonial que consideró utópica la acción heroica de los protagonistas de las jornadas reivindicadoras del 9 de enero de 1964.
No pretendo que mi señalamiento en cuanto a que la negligencia en celebrar debidamente el 31 de Diciembre pueda ser reparada por razón de mis palabras. Claro que me alivia expresar mi decepción y no pierdo la esperanza de que la recordación de la fecha sea materia de una seria y responsable consideración oficial en el futuro.
Durante muchos años he dedicado en esta misma columna al 9 de Enero un homenaje a la memoria de los protagonistas de esa jornada heroica. He enfatizado su valor de fecha cumbre; he insistido en la importancia de retener a través de los años y de las generaciones, la memoria de los jóvenes que ofrecieron sus vidas en un estallido heroico de veneración de nuestra bandera y de amor a la patria. He expresado mi convicción de que el 9 de Enero es un hito histórico en el que convergieron, convocados por el destino nacional, los sentimientos y los ideales de todo el pueblo panameño.
Han transcurrido 43 años en que el sacrificio de los institutores y las institutoras, y los esfuerzos reivindicadores que encendieron con su heroísmo, han tenido una recompensa que para la mayoría de sucesivas generaciones es una recompensa espiritual. ¿Cuándo se convertirá en una recompensa que ayude a satisfacer las necesidades y las expectativas de esa mayoría en sus múltiples y crecientes aspectos materiales? La pregunta ha estado y sigue presente en la mente de todos los que pensamos que el legado del 9 de Enero es un patrimonio histórico colectivo de la nación panameña, que no puede ni debe ser usurpado por ninguna minoría ni por intereses individuales, corporativos, sectarios o ajenos al interés nacional.
El 9 de enero de 1964 hizo posible la realización de las reivindicaciones que se concretaron el 31 de diciembre de 1999. Muchos fuimos sorprendidos por el silencio oficial acerca del 7º aniversario del total cumplimiento de los Tratados Torrijos-Carter a través de la transferencia del Canal a manos panameñas. Fue un silencio cubierto por las algarabías propias de fin de año y que debería ser remediado con medidas oficiales que asegurasen la celebración cívica de un hecho tan importante, impidiendo la indiferencia que suele dar pie al olvido.
Hay aspectos en la historia de las naciones sobre los cuales no puede haber controversias. En Panamá no es posible ignorar las relaciones -que son genésicas- entre el 9 de enero de 1964 y el 31 de diciembre de 1999. Resulta incomprensible que mientras las autoridades consideran al Canal como la gallina de los huevos de oro, dejen pasar inadvertida, la efemérides del 31 de diciembre de 1999, la fecha en que esos huevos de oro patrióticos empezaron a tener el sello nacional, el timbre de la identidad nacional.
Por décadas creímos que nuestras aspiraciones a ser soberanos sobre el Canal y la zona contigua se cumplirían algún día y que cuando eso sucediera todos seríamos felices. El capital de esperanzas y de expectativas que invertimos en este asunto fue grandioso. El 9 de enero de 1964 sonó la hora en que fuimos llevados a decidir que había que hacer -pronto y bien- todo lo que fuera necesario para que nuestras aspiraciones se cumplieran. En otras palabras, el 9 de enero de 1964 es una fecha clave que le dictó una agenda concreta a todos los panameños y panameñas: la agenda de las acciones precisas.
Quienes creemos firmemente en las potencialidades de nuestra posición geográfica, no comprendemos que se pongan todos los esfuerzos y las expectativas en la simple ampliación del Canal actual, que aún tiene que cumplir con la etapa de preparación de diseños y planos durante los próximos 2 ó 3 años. Tampoco comprendemos que se promueva la creencia de que un Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos es la panacea de nuestro desarrollo económico y comercial. Menos aún comprendemos que se trate de convencer al pueblo panameño de que nuestro ingreso al primer mundo es inminente cuando tenemos ingentes problemas insolutos de pobreza, de educación, de salud, de transporte público y de desempleo.
El 9 de enero de 1964 sembró en el alma del pueblo panameño la fe en nuestro poder de modificar el curso de la historia y conseguir de la potencia más grande del mundo la atención a nuestras reivindicaciones. Una clara palpitación en el corazón nos indica que debemos seguir luchando con el espíritu indomable y la fuerza nacionalista del 9 de Enero, para conseguir lo que aún no hemos logrado, lo que puede ser alcanzado en el orden de nuestras necesidades y de nuestros anhelos. En Panamá debemos volver a tener el espíritu del 9 de Enero, cuando se juntaron en nuestros corazones por la acción de los adolescentes y las adolescentes del Instituto Nacional, el coraje, la voluntad de actuar y el amor desinteresado por la patria, quienes superaron los complejos mezquinos de una minoría de panameños ganados por la mentalidad de sometimiento y de dependencia colonial que consideró utópica la acción heroica de los protagonistas de las jornadas reivindicadoras del 9 de enero de 1964.
No pretendo que mi señalamiento en cuanto a que la negligencia en celebrar debidamente el 31 de Diciembre pueda ser reparada por razón de mis palabras. Claro que me alivia expresar mi decepción y no pierdo la esperanza de que la recordación de la fecha sea materia de una seria y responsable consideración oficial en el futuro.
Durante muchos años he dedicado en esta misma columna al 9 de Enero un homenaje a la memoria de los protagonistas de esa jornada heroica. He enfatizado su valor de fecha cumbre; he insistido en la importancia de retener a través de los años y de las generaciones, la memoria de los jóvenes que ofrecieron sus vidas en un estallido heroico de veneración de nuestra bandera y de amor a la patria. He expresado mi convicción de que el 9 de Enero es un hito histórico en el que convergieron, convocados por el destino nacional, los sentimientos y los ideales de todo el pueblo panameño.
Han transcurrido 43 años en que el sacrificio de los institutores y las institutoras, y los esfuerzos reivindicadores que encendieron con su heroísmo, han tenido una recompensa que para la mayoría de sucesivas generaciones es una recompensa espiritual. ¿Cuándo se convertirá en una recompensa que ayude a satisfacer las necesidades y las expectativas de esa mayoría en sus múltiples y crecientes aspectos materiales? La pregunta ha estado y sigue presente en la mente de todos los que pensamos que el legado del 9 de Enero es un patrimonio histórico colectivo de la nación panameña, que no puede ni debe ser usurpado por ninguna minoría ni por intereses individuales, corporativos, sectarios o ajenos al interés nacional.