Abogados: las tres culturas
HACE 2, 500 años, en la democracia ateniense, quienes tenían que recurrir a un tribunal de justicia para dirimir una disputa buscaban el auxilio de unos individuos que les formularan los argumentos que luego pronunciarían ante los jueces. El oficio de estos individuos consistía en manejar la palabra y la razón con el propósito de defender los intereses de su cliente.
Hace 900 años en las primeras universidades del mundo occidental, los jóvenes podían dedicarse al estudio de la teología, la medicina, y el derecho, las tres ramas en las que la humanidad había acumulado un saber milenario. A través de comentarios marginales a los textos jurídicos de la Roma clásica, los glosadores y los posglosadores dieron inicio a un nuevo tipo de conocimiento que consistía en métodos de interpretación de las reglas del derecho.
Hace poco más de 200 años que los abogados jugaron un papel clave en las luchas políticas que siguieron al avance del pensamiento iluminista, defiendieron una concepción del mundo basada en la dignidad de la persona y contribuyeron a formular declaraciones de derechos y Constituciones como los instrumentos esenciales de toda República en la que se respetase la dignidad del ser humano.
¿Qué son los abogados hoy? Son una mezcla de estas tres culturas, de raíces antiguas, de raíces modernas, pero, al fin y al cabo, culturas que modelan las actividades que identificamos con el ejercicio del derecho. El abogado litigante, el profesor de derecho, el defensor de causas políticas y sociales, son todos legítimos herederos de un legado humanístico que data de siglos y que tiene referentes de mucha actualidad.
El litigante es la figura que primero roba la atención del público; aunque, en cierto sentido, es la más privada. Brillan en las audiencias penales, o en sus escritos, con la fuerza de quien está poseído por la fuerza misteriosa de la verdad, aunque detrás de cada actuación, subyacente a cada alegato, solo se encuentre un contrato por servicios profesionales bien remunerado.
El docente dedicado es conocido por una multitud de profesionales, que siempre lo recordarán como la persona que les ofreció las primeras luces y trató de alimentar en ellos la llama de la conciencia, pues no hay conocimiento jurídico que despierte admiración si al mismo tiempo no ofrece una motivación de carácter afectivo que ayude a conectar los medios con los fines, las normas jurídicas con el ideal de justicia.
El político o estadista que ha hecho su camino en la vida pública a través de una comprensión del derecho, que lucha por mejores leyes y una Constitución democrática, no es menos abogado que los otros. Tiene el ingenio y la creatividad de los procesalistas, y ha aprendido a beber de las fuentes de la ciencia. Su compromiso social lo releva entre sus colegas y su labor enaltece el derecho.
Estas tres figuras revelan la riqueza del derecho, como arte, como ciencia y como práctica social, y entendidas sanamente pueden hacer de los profesionales del derecho, verdaderos agentes de renovación moral de la sociedad y de cambio en sus estructuras e instituciones. Eso no quiere decir que haya garantías de que la sociedad encontrará un punto de apoyo en cada abogado, pues con tristeza hay que reconocer que la realidad nos muestra, a veces con desagradable frecuencia, que hay abogados que defraudan a sus clientes, con dolo o por descuido; profesores que no leen y no están al día de los avances de la ciencia jurídica y que con el tiempo han perdido la levadura moral que se necesita para inspirar a los más jóvenes; y farsantes que se hacen pasar por tribunos del pueblo, causando confusión y daño a las instituciones y a la sociedad.
¡Pobre sociedad la que no puede distinguir los buenos abogados de los malos! ¿Quién dijo que un apoderado judicial tiene que recurrir a actos de deshonestidad procesal para defender los intereses de su cliente? Recuerdo que hace dos años, en un evento internacional organizado por la Corte Suprema para analizar la mora judicial, un abogado panameño, maestro de excelsa categoría, pero antes litigante infatigable, afirmó que el principal problema de la justicia panameña radicaba en el gremio profesional. Algunos abogados, dijo, han secuestrado la administración de justicia a través de tácticas dilatorias que son totalmente deshonestas y punibles, pero que los jueces las permiten. Cuando el arte del litigio no se apoya en el estudio y se ejerce sin limitaciones éticas, se convierte en una profesión vergonzosa, que justamente se percibe como una lacra social.
¡Pobre sociedad la que no ha desarrollado una ciencia del derecho! ¡Qué cosa más terrible es el ejercicio de la autoridad desnudo de fundamentación! ¿En qué momento olvidaron los abogados que el derecho es una ciencia, y no la repetición diaria de actos formalísticos? Para saber derecho hay que estudiarlo, con método y sistema, y como una parte de las ciencias humanas, pues el derecho, en la realidad, está conectado con otros saberes, sin el aporte de los cuales la ciencia jurídica es una ciencia vacía y el pretendido jurista un mercachifle. Sólo la ciencia puede hacer del derecho una disciplina para la libertad.
¡Pobre sociedad la que no ha aprendido a valorar el Estado de derecho, la que no cree en que las leyes deben estar bien escritas y diseñar técnicamente las instituciones de la democracia! En la dura actualidad de los tiempos que corren, se necesita al frente de los procesos de cambio social hombres y mujeres que conozcan la dinámica del derecho. Abogados comprometidos con la democracia y la lucha por los derechos humanos han hecho en todas partes una contribución insustituible y duradera a la sociedad. Sólo el compromiso con la transformación democrática de la sociedad hará de la profesión del derecho una práctica de libertad.
Hace 900 años en las primeras universidades del mundo occidental, los jóvenes podían dedicarse al estudio de la teología, la medicina, y el derecho, las tres ramas en las que la humanidad había acumulado un saber milenario. A través de comentarios marginales a los textos jurídicos de la Roma clásica, los glosadores y los posglosadores dieron inicio a un nuevo tipo de conocimiento que consistía en métodos de interpretación de las reglas del derecho.
Hace poco más de 200 años que los abogados jugaron un papel clave en las luchas políticas que siguieron al avance del pensamiento iluminista, defiendieron una concepción del mundo basada en la dignidad de la persona y contribuyeron a formular declaraciones de derechos y Constituciones como los instrumentos esenciales de toda República en la que se respetase la dignidad del ser humano.
¿Qué son los abogados hoy? Son una mezcla de estas tres culturas, de raíces antiguas, de raíces modernas, pero, al fin y al cabo, culturas que modelan las actividades que identificamos con el ejercicio del derecho. El abogado litigante, el profesor de derecho, el defensor de causas políticas y sociales, son todos legítimos herederos de un legado humanístico que data de siglos y que tiene referentes de mucha actualidad.
El litigante es la figura que primero roba la atención del público; aunque, en cierto sentido, es la más privada. Brillan en las audiencias penales, o en sus escritos, con la fuerza de quien está poseído por la fuerza misteriosa de la verdad, aunque detrás de cada actuación, subyacente a cada alegato, solo se encuentre un contrato por servicios profesionales bien remunerado.
El docente dedicado es conocido por una multitud de profesionales, que siempre lo recordarán como la persona que les ofreció las primeras luces y trató de alimentar en ellos la llama de la conciencia, pues no hay conocimiento jurídico que despierte admiración si al mismo tiempo no ofrece una motivación de carácter afectivo que ayude a conectar los medios con los fines, las normas jurídicas con el ideal de justicia.
El político o estadista que ha hecho su camino en la vida pública a través de una comprensión del derecho, que lucha por mejores leyes y una Constitución democrática, no es menos abogado que los otros. Tiene el ingenio y la creatividad de los procesalistas, y ha aprendido a beber de las fuentes de la ciencia. Su compromiso social lo releva entre sus colegas y su labor enaltece el derecho.
Estas tres figuras revelan la riqueza del derecho, como arte, como ciencia y como práctica social, y entendidas sanamente pueden hacer de los profesionales del derecho, verdaderos agentes de renovación moral de la sociedad y de cambio en sus estructuras e instituciones. Eso no quiere decir que haya garantías de que la sociedad encontrará un punto de apoyo en cada abogado, pues con tristeza hay que reconocer que la realidad nos muestra, a veces con desagradable frecuencia, que hay abogados que defraudan a sus clientes, con dolo o por descuido; profesores que no leen y no están al día de los avances de la ciencia jurídica y que con el tiempo han perdido la levadura moral que se necesita para inspirar a los más jóvenes; y farsantes que se hacen pasar por tribunos del pueblo, causando confusión y daño a las instituciones y a la sociedad.
¡Pobre sociedad la que no puede distinguir los buenos abogados de los malos! ¿Quién dijo que un apoderado judicial tiene que recurrir a actos de deshonestidad procesal para defender los intereses de su cliente? Recuerdo que hace dos años, en un evento internacional organizado por la Corte Suprema para analizar la mora judicial, un abogado panameño, maestro de excelsa categoría, pero antes litigante infatigable, afirmó que el principal problema de la justicia panameña radicaba en el gremio profesional. Algunos abogados, dijo, han secuestrado la administración de justicia a través de tácticas dilatorias que son totalmente deshonestas y punibles, pero que los jueces las permiten. Cuando el arte del litigio no se apoya en el estudio y se ejerce sin limitaciones éticas, se convierte en una profesión vergonzosa, que justamente se percibe como una lacra social.
¡Pobre sociedad la que no ha desarrollado una ciencia del derecho! ¡Qué cosa más terrible es el ejercicio de la autoridad desnudo de fundamentación! ¿En qué momento olvidaron los abogados que el derecho es una ciencia, y no la repetición diaria de actos formalísticos? Para saber derecho hay que estudiarlo, con método y sistema, y como una parte de las ciencias humanas, pues el derecho, en la realidad, está conectado con otros saberes, sin el aporte de los cuales la ciencia jurídica es una ciencia vacía y el pretendido jurista un mercachifle. Sólo la ciencia puede hacer del derecho una disciplina para la libertad.
¡Pobre sociedad la que no ha aprendido a valorar el Estado de derecho, la que no cree en que las leyes deben estar bien escritas y diseñar técnicamente las instituciones de la democracia! En la dura actualidad de los tiempos que corren, se necesita al frente de los procesos de cambio social hombres y mujeres que conozcan la dinámica del derecho. Abogados comprometidos con la democracia y la lucha por los derechos humanos han hecho en todas partes una contribución insustituible y duradera a la sociedad. Sólo el compromiso con la transformación democrática de la sociedad hará de la profesión del derecho una práctica de libertad.