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Absurda realidad


La literatura puede ser enriquecida si quienes se activan en este noble oficio explotan la inagotable cantera de temas vinculados a la absurda realidad nacional, más rica que la del realismo mágico, cultivado con elegancia y originalidad por excelentes autores panameños, como el inolvidable maestro de las letras, ya desaparecido, Don Rogelio Sinán y el polifacético escritor colonense de proyección internacional, Enrique Jaramillo Levy.
No pocos istmeños evidencian un crónico subdesarrollo espiritual debido a factores que empezaron a gestarse a mediados de la década del 60 y se consolidaron en las siguientes de la última centuria del siglo pasado, mientras que, a la inversa, ha sido notable el crecimiento material del país a lo largo de sus 96 años de existencia. Este es un tema propicio para que germine en numerosas obras sobre la absurda realidad panameña.
Nadie puede dudar que Panamá ha alcanzado un desarrollo material extraordinario y que sus habitantes se han incrementado en forma sostenida a través de los años, según lo demuestran los Censos Nacionales realizados desde los años iniciales de la república, cifras que también muestran que el país, con una población millonaria, tiene la mayor parte de su espacio geográfico prácticamente despoblado. Por ello y por otras causas de peso, las condiciones de vida del ente nacional han registrado un notorio retroceso, sobre todo, por la pésima distribución de la riqueza causante de que haya más de un millón de ciudadanos que sufren de pobreza y pobreza extrema. Por lo tanto, mayor cantidad significa en nuestra sui géneris república menor calidad en todos los aspectos, contradicción que también se erige en magnífico argumento para obras de cualquier género literario.
La educación formal, lo mismo que el avance progresivo del conocimiento científico y las nuevas herramientas tecnológicas creadas, han permitido en otras latitudes formar ciudadanos eficientes, honestos y productivos, conscientes de sus deberes cívicos y sociales. En esta tierra ha ocurrido el fenómeno contrario, debido a los traumas que padece la familia panameña, que incluye la pérdida de la autoridad de los padres de familia (con fundamento en "innovadoras" tesis), desintegración familiar y paternidad irresponsable.
Esa contradictoria realidad obedece, igualmente, a la falta de apóstoles de la educación como los que existían en el pretérito, quienes, a diferencia de lo que se da en la actualidad, ejercían por vocación la profesión y no para obtener sustantivos dividendos económicos, ni fueros o privilegios al margen de la Constitución Nacional. Además, su labor la desarrollaban a tiempo completo, en jornadas dobles; es decir, cuando aún no se había implantado, por injustificadas pero convenientes excusas, la media jornada en el proceso educativo, todo lo cual incentiva la deserción y fracasos escolares, lo mismo que la frecuente, peligrosa e incontrolable violencia, los embarazos precoces y no deseados y la proliferación de los delitos. Nadie puede dudar que los aspectos citados constituyen terreno abonado para el desarrollo literario de lo absurdo.
Otro elemento que suma contradicciones en este renglón y que también sirve para discurrir en el terreno de nuestra absurda realidad, es sin lugar a dudas, el alejamiento de su verdadero rol informativo, orientador y educativo, por parte de ciertos medios de comunicación social, en los que cualquier producto tiene cuerpo de mujer y donde se promueve el vicio, la vulgaridad y la violencia, aspectos que cuentan con amplio y permanente patrocinio, mas no así el aspecto cultural. No pocas personas muestran total desprecio por los valores éticos y cívicos que nos legaron los fundadores del país, mientras que otras hagan gala de doble moral en esta materia, pues por un lado se definen como sus defensores y, por otro, contribuyen a su deterioro mediante mecanismos diferentes, siendo un rico filón para ser explotado con obras sobre la absurda realidad nacional.
También lo es la práctica habitual de exigir la construcción de pasos peatonales, estructuras que se convierten en monumentos inútiles, ya que ni los propios interesados los utilizan (bajo la mirada distraída de los responsables de hacer cumplir las leyes y las ordenanzas municipales respectivas), por lo que son candidatos voluntarios al suicidio. Es, por lo tanto, excelente argumento para obras literarias de cualquier género, al igual que el conocido juega vivo que se practica en todos los niveles sociales, así como la nociva costumbre de arrojar desperdicios por doquier y exigir después que el gobierno limpie (calles, alcantarillas y ríos, por ejemplo), lo que propicia las comunes inundaciones anuales y los eternos damnificados, sin contar que así contribuyen a la contaminación ambiental y a la proliferación de enfermedades, las cuales, por cierto, no las inventan las autoridades de Salud, sino quienes jamás practican hábitos higiénicos.
Ciudad sin aceras, porque las mismas son utilizadas por quienes venden cualquier cosa y peatones a la vía, a jugarse la vida con los diablos de cualquier color, son dos temas de nuestra realidad absurda dignos de ser inmortalizados en obras literarias. Inagotable es la cantera de absurdos que presenta nuestra realidad, material que está visible y reta a quienes tienen vocación literaria, para que escriban numerosas obras sobre este vasto campo, a imagen y semejanza del realismo mágico, aunque éste, afortunadamente, únicamente retrata la fértil imaginación de autores consagrados.

101 años de Panamá América

 
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