Abuso de bocinas
La ciudad de Panamá ha de ser la más ruidosa capital del Continente, merced el abuso de las bocinas de los vehículos. No nos damos cuenta del infierno en que vivimos hasta que nos toca viajar. Y conste que no hablamos de Europa, por no mencionar a algunas capitales de Asia, donde pese al intenso tráfico, no se escucha ni un solo pito, salvo el silbato de agentes de policía que lo dirigen a la hora de entrada o salida de escuelas o sitios de espectáculos públicos. En algunas ciudades norteamericanas y canadienses, a veces, hasta da la impresión que hubieran suprimido las bocinas de los autos. Puede haber un gran congestionamiento, pero nadie pita. El silencio en las calles es total, salvo por el ruido natural de los motores. E igual ocurre en Santiago de Chile e incluso, hoy día en Bogotá. Y en ambas urbes hay mucho más vehículos que acá.
En contraste, pocas capitales, creemos, tiene un tránsito más loco y pesado que México D. F. Los taxis amarillos y verdes andan como locos, como tratando de arrollar peatones. Y al que no alcanzan, lo asaltan o secuestran. Pero en medio de ese caos, ¡no pitan! Nuestra capital, en cambio, tiene el peor de los mundos; porque al lado de un tránsito intenso y desquiciado, en calles estrechas, escasas y en mal estado, soporta un infierno de bocinas y troneras que alteran los nervios y contaminan.
Así, en hacer ruido, nadie nos supera. Incluso, cambiamos las bocinas originales por unas más ruidosas; y los diablos rojos añaden poderosas cornetas. Nadie respeta la tranquilidad ni el sueño de los demás. Se pita a cualquier hora de la noche, en vez de llamar a la puerta, sin importarnos con los demás. Aún así, seguimos teniendo una ciudad bella, a pesar nuestro. Claro, podría ser mejor si abusáramos menos y las autoridades cumplieran con su deber.
En contraste, pocas capitales, creemos, tiene un tránsito más loco y pesado que México D. F. Los taxis amarillos y verdes andan como locos, como tratando de arrollar peatones. Y al que no alcanzan, lo asaltan o secuestran. Pero en medio de ese caos, ¡no pitan! Nuestra capital, en cambio, tiene el peor de los mundos; porque al lado de un tránsito intenso y desquiciado, en calles estrechas, escasas y en mal estado, soporta un infierno de bocinas y troneras que alteran los nervios y contaminan.
Así, en hacer ruido, nadie nos supera. Incluso, cambiamos las bocinas originales por unas más ruidosas; y los diablos rojos añaden poderosas cornetas. Nadie respeta la tranquilidad ni el sueño de los demás. Se pita a cualquier hora de la noche, en vez de llamar a la puerta, sin importarnos con los demás. Aún así, seguimos teniendo una ciudad bella, a pesar nuestro. Claro, podría ser mejor si abusáramos menos y las autoridades cumplieran con su deber.