Abya Yala
Primero, la parte de la historia que todos conocemos. América, como se llama nuestro continente, corresponde al nombre (ni siquiera el apellido) del cartógrafo y navegante italiano Américo Vespucio nacido en 1454. Se incorpora a la expedición de Alonso de Ojeda, conociendo así las costas de Venezuela, Brasil y el Río de la Plata.
Su único mérito fue elaborar y enviar a Europa cartas geográficas que describían el continente, esto le proporción tal notoriedad y fama que el geógrafo Martín Waldseemüller propuso en 1507, que se nombrara al “nuevo” mundo el nombre de América en homenaje a Américo como verdadero descubridor de este continente. Vespucio lo aceptó sin empacho alguno quitándolo el honor a Don Cristóbal Colón. Siglos después para reivindicar al almirante Colón, Francisco de Miranda inventa la palabra Colombia, como un homenaje a para bautizar a los territorios independizados de España. Bolívar acoge esa iniciativa y le pone Colombia a la república que fundó en 1819, integrada por Venezuela Nueva Granada y Ecuador, a la que luego se integró Panamá.
Bonita historia ¿No? Europa invade un continente y lo llama “descubrimiento” desconociendo que estaba plenamente habitada y culturizada por grandes civilizaciones. Lo hace a sangre y fuego, desarticulando pueblos enteros y a un costo de millones de vidas tanto de los pueblos originarios y después de los que fueron arrancados de su hábitat, como es el caso de los africanos. Genocidio y etnocidio.
Ahora, la parte de la historia que pocos conocen. Este continente ya tenía nombre, pues el pueblo Kuna le llamó Abya Yala desde mucho antes de la llegada de Colón y sus huestes, El nombre también fue adoptado por otras etnias americanas, como los antiguos mayas. Abya Yala quiere decir tierra grande, tierra madura, tierra viva o tierra en florecimiento, en sus diversas acepciones.
Hoy es el nombre es recuperado por diversas personas y sectores sociales, a través de editoriales, congresos, discursos, y movimientos sociales a lo largo y ancho de esta Nuestra América, como la llamó apasionadamente José Martí.
En Abya Yala la realidad de los pueblos indígenas sigue siendo la exclusión y marginación de siglos se suma la discriminación y el racismo. La invisibilización es una de las formas que reviste esta discriminación. Los Nasos ignorados en su legítimo reclamo por sus tierras ancestrales. Las marchas indígenas que caminan cientos de kilómetros sin respuesta concreta a sus reclamos. La permanencia de la pobreza extrema y las amenazas contra sus autonomías.
La realidad es que no hay solución a esta situación sin o contra los pueblos indígenas, pues se trata de avanzar en un desarrollo con identidad y sostenibilidad ambiental que reclaman, en el marco del respeto pleno a su cosmovisión. Y si creemos que los indígenas son “ellos” o “aquellos” miremos nuestro propio genotipo panameño, pues en nuestra sangre navegan abundantemente los genes aborígenes y negros.
Creanle a Benedicto XVI que al referirse a Panamá afirmó el 30 de octubre: “animo a todos sus compatriotas a trabajar por una mayor igualdad social, económica y cultural entre los distintos sectores de la sociedad, de manera que renunciando a los intereses egoístas, afianzando la solidaridad y conciliando voluntades se vaya desterrando, en palabras del Papa Pablo VI, “el escándalo de las disparidades hirientes” (Populorum progressio, 9)” (raúlleisr@hotmail.com)