default

Acabamiento de un desgobierno


Hace unos tres años, en un artículo señalábamos: "En tanto que una inmensa gloria de progreso iluminaba la esperanza de una apreciable mayoría de panameños y panameñas, con motivo de la transferencia del Canal y la recuperación de la soberanía total en todo el territorio nacional el 31 de diciembre de 1999, en cumplimiento de los Tratados Torrijos-Carter de 1977, el Gobierno que vino (llamado irónicamente "Unión por Panamá"), tuvo la osadía de formar un equipo de hombres y mujeres, muchos de ellos de lo más ineptos, incapaces y ambiciosos que pudiera reclutarse jamás".
Desde que asumió las riendas del país este desgobierno (hace 51 meses de horrible pesadilla) hasta el día de hoy, se ha preferido vivir bajo una ficción de organización nacional, sin atacar seriamente ningún problema de gobierno; sin asegurar a las instituciones cierto mínimum de prestigio, dejándolas corromperse en manos de individuos desahuciados del respeto público, gentes mediocres y con almas desiertas, faltas de unción social y de elegancia ética, profesionales livianos de paso que han llegado al poder sin más bagaje que la osadía del ignorante servil y el aplomo del aventurero.
¡Mal pueden, pues, ciudadanos y ciudadanas de tales cataduras realizar esa síntesis de generosidad, previsión, continuidad y competencia que es en serio el gobernar! No gobiernan, porque no han sido capaces de organizar la nación; pero en cambio, han aniquilado el prestigio de las instituciones, y sobre todo, han desmoralizado al pueblo panameño. Porque, quiérase o no, los gobernantes, aparte de su labor de tales, ejercen sobre los gobernados un influjo de ejemplaridad. Si son virtuosos, propagan virtudes, y si son ruines, contaminan el aire con su ruindad. Esto último viene aconteciendo en nuestro Panamá, lamentablemente, ¡y aún habrá quienes extrañen la inercia, el abandono, la falta de patriotismo y de coraje, de esperanza y de constancia en el pueblo!.
Cuando los gobernantes no han sabido interpretar a la masa o la han aprovechado para sus fines particulares (junto con sus colaboradores serviles) y la satisfacción de su apetencia de poder y de codicia, entonces se ha caído en la demagogia absoluta, en la traición al soberano, en los regímenes personalistas. Pero también se ha caído en ellos cuando el pueblo no ha sabido distinguir entre el falso y el auténtico paladín, entre él (o la) ignorante osado(a) y ha rechazado a este último y los puros valores en él (o ella) encarnados, para dejarse engañar por el fanatismo, la adulación, la mentira y la bajeza del primero. En este caso, la masa no sólo se esclaviza sino que se envilece por el servilismo hacia el jefe de turno del Ejecutivo.
Cierto es, las masas sumidas en la ignorancia son fácil presa de cualquier demagogo o aventurero político aspirante al poder que se presente ante ellas con la apariencia de un mesías. Pero lo que las echa en brazos de hombres y mujeres incapaces (como ocurrió en 1999), pero atrevidos y osados, es tanto la ignorancia como la desesperación nacidas de la extrema miseria, del resentimiento y del desengaño. La miseria representada por la escasez de los medios disponibles para subsistir, la falta de trabajo, la carencia de vivienda decorosa, las enfermedades, el hambre, la desnutrición. El resentimiento, despertado en hombres, mujeres y niños por su condición de parias, por no tener acceso al disfrute de las comodidades y conquistas de la vida civilizada, por su vivir con una sensación de una angustiosa inseguridad y no divisar en el sombrío horizonte la más lejana luz de esperanza. El desengaño, provocado por los gobiernos que permanecen insensibles a tales sufrimientos y se muestren incapaces de aliviarlos. ¡Es el caso lamentable que vive Panamá¡ Pero ya se aproxima el acabamiento de este desgobierno.
El gran problema del desgobierno mireyista no radica precisamente en que tenga muchas fallas, sino en la falta de capacidad para corregirlas o, al menos, tener el valor y moral de reconocerlas. Además, jamás este régimen se acostumbró a tratar al pueblo como adulto, es decir, diciéndole la verdad en todos los casos, como corresponde en una democracia.
Tomando como referencia la crisis institucional por la que atraviesa el país, conviene reiterar una vez más al régimen mireyista, que la mejor política es la honradez, la claridad, y la franqueza. Todo lo que sea diáfano es productivo desde el punto de vista político y eficiente desde el punto de vista social. Presidenta Moscoso: ¡Los panameños queremos que en Panamá habite la inteligencia y reine la justicia!

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América