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¿Accidentes de tránsito o asesinatos?


Suele decir, quien se pasó una luz roja y ocasionó una colisión que mató o hirió a alguien, que fue un accidente. Igual el conductor de diablo rojo que, a toda velocidad, embistió una caseta de peajes en un corredor y aplastó un auto particular cuyos desprevenidos ocupantes aguardaban turno; mientras otro embistió a un grupo que aguardaba bus en una caseta. Lo mismo dijo, suponemos, el joven que voló en su automóvil y cayó sobre un recién graduado de Odontología que usaba una caseta de teléfonos al final de la 12 de Octubre. Y no menos inocente se piensa el que, como un proyectil, se introdujo en una pizzería de calle 50, matando a un infortunado.
¿Son realmente accidentes? Hasta ahora, la opinión de los jueces dice que sí. Habla de homicidio involuntario. Pero la involuntariedad es cada vez más cuestionada por los modernos estudios. El conductor de camión que mató a un conocido radio comentarista en la Ricardo J. Alfaro hace unos pocos años, sabía que su vehículo era un arma y que si no bajaba la velocidad en la intersección con la vía del Ingenio, podría herir o matar a alguien. Pero con todo y eso, lo hizo. ¿Accidente?
Quien a sabiendas mata a un semejante, es un homicida. Esa es la regla. Obviamente, hay atenuantes y excluyentes tales como la locura y la legítima defensa, entre otras. Pero en principio es homicidio. Quien pasa una luz roja en un bólido sabe perfectamente que el azar puede ponerle a un pobre cristiano en el camino. Y si lo hace no es menos asesino que quien toma un arma de fuego y le dispara.
Hay conductores, incluso, que aceleran para desalentar a otro que los adelanta. El último, que asume una velocidad constante de quien marcha al frente, puede ser sorprendido al pasar, si el rebasado acelera imprevistamente. Si el último ocasiona un accidente y algún herido, es culpable. Y si hay un muerto, peor. Hay un elemento de innegable mala fe y voluntariedad en su proceder, que lo hace responsable.
Todos los conductores de vehículos debiéramos tener esto presente. No es un decir, es realidad. Manejamos armas en potencia. Y lo mejor es conducirnos con prudencia y cortesía.

101 años de Panamá América

 
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